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Mi experiencia fantástica

Mi experiencia fantástica


Supongo que no soy el único que tiene interés por viajar para conocer otros lugares, en mí esta  ha sido siempre un inquietud que mi madre llamaba shpilkes in tujes.
La cuestión es que con mi título y un muy buen trabajo pude hacerlo en muchísimas ocasiones, tenía muy claras mis preferencias y también sobre cuáles eran los países que no me despertaban ningún interés, incluso pese a la buena fama que tuvieran, entre ellos estaba Uruguay, quizás por estar tan cerca, eso de “cruzar el charco” hacia que lo sintiera casi como seguir en Argentina.
Pero todo cambió cuando leí el cuento de Cortázar “La puerta condenada”  y recordé haber leído antes el de Bioy Casares “El viaje o el mago inmortal” que fue escrito seis años después de aquel.
Me quedé reflexionando mucho sobre hasta qué punto lo fantástico solo ocurre en las ficciones literarias.
¿Qué líneas de tiempo, esas que quizás desconocemos, las que no son cronológicas, se pudieron haber cruzado en un espacio también desconocido, para coincidir en un mismo instante inspirando a los dos?
Por supuesto que no tenía ninguna respuesta para ese interrogante, pero todo eso me despertó intriga y la necesidad urgente de viajar a Uruguay y por supuesto hospedarme en el hotel Cervantes, pero únicamente si lograba hacerlo en la habitación del segundo piso, esa, separada de la de al lado por una estatua de la Venus de Milo.
Fue fácil porque elegí un día lunes de invierno alejado de cualquier festividad, y en el tablero de las llaves no faltaba ninguna cuando me registré. No me atreví a preguntar si había alguna otra persona hospedada.
Lo primero que hice al entrar a la habitación, seguramente ya lo imaginan, fue comprobar si efectivamente el armario estaba tapando una puerta anulada. No había tal puerta y pensé: “Ah pícaro Julio, ¿cómo me hiciste caer eh?”.
Decepcionado y pensando en que hubiera podido ir a Mar del Plata que en invierno es hermosa, decidí salir a caminar y por lo menos comerme algún buen chivito, esos maravillosos sándwiches que han dado fama al país.
Hacía un frío de locos, así que entré al primer lugar que los ofrecía, no había muchas personas, tampoco mucho espacio, pero se sentía confortable, atendido por el dueño, un joven muy amable que inmediatamente me reconoció como porteño y quiso charlar un rato, así lo hicimos y entonces cuando ya había aumentado la confianza le pregunté qué fama tenía allí el hotel Cervantes. Su cara cambió inmediatamente, la amabilidad se esfumó más rápido que el mordisco de chivito en mi boca, se disculpó por tener que volver a atender, dio la vuelta y desapareció en la cocina. No lo volví a ver, al rato apareció detrás del mostrador una joven que fue la que posteriormente continuó atendiéndome.
Sonreí internamente y pensé seguro que este tipo también leyó a Cortázar o está harto de que le pregunten lo mismo.
Terminé el vino que había pedido para por lo menos calentarme por dentro y me fui directo al hotel, el frío ya estaba en yunta con un viento que me envolvió y dejó en mis oídos palabras incomprensibles de voces que se escuchaban distantes pero humanas.
Bueno bueno, me dije, ¿no era que el viento solo silbaba?, el vino, el frio y el cansancio seguro forman un trío que solo voy a combatir con un buen descanso.
Cuando me acerqué al conserje para solicitar la llave pude observar que faltaban unas pocas del tablero pero si estaba la de la habitación contigua a la mía.
Mientras me desvestía pensaba: ni llantos, ni niños, ni mujeres, ni madres ni un corno, hoy dormiré como un bebé, y si se escucha llorar a alguien seré yo mismo soñando. Claro que no estaría demás que alguna peruana se me apareciera a hacerme un poco de compañía, ay Bioy mujeriego, no tengo tu pinta así que dormiré solo.
Era temprano, apenas las diez de la noche, pero la cama seductora prometía envolverme en sus brazos y darme su calor.
El silencio en el hotel era tan espeso y pesado como lo describió don Julio, pero no ocurría lo mismo en el cuarto, un murmullo de voces se podía oír como si ingresaran a través del vidrio de la ventana y resbalaran una tras otra por las paredes, a veces más intensas otras apenas audibles, por momentos de hombres discutiendo, luego de mujeres asustadas, voces temblorosas, suplicantes. Quise ignorarlas, atribuyéndolas al viento y también, ¿por qué no? a la sugestión, caramba, no era fácil estar en el mismo cuarto del cuento en el que una apenas imperceptible línea separaba lo real de lo fantástico. No soy un tipo fácil de impresionar, ni mucho menos de atemorizar, pero cuando ya había pasado calculo que hora y media tratando de interpretar racionalmente lo que estaba sucediendo, salté de la cama horrorizado, y así cómo estaba, solo con el pantalón pijama, bajé volando la escalera, tomé al conserje por la solapa y le dije: ¡Hay tiros, escuché disparos, había voces, alguien cometió un crimen, yo escuché todo!!
¡Qué ridículo me sentí después, cuando el hombre riendo me dijo: yo le hubiera dado otro cuarto pero usted quería justo ese y ningún otro, es que allí no hay modo de que no entren los sonidos de la película del cine de al lado, la ventana del cuarto da justo justo sobre la azotea de la sala!