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La otra muerte

La otra muerte


—Estás muerto y no lo sabes. De esta noche no pasas —me dije.

Era la tercera vez que lo encontraba con la misma rubia, con un montón de latas de cervezas delante y esa beatitud de santo en el rostro. Hoy no llegaré, no tengo intenciones de formar un escándalo como el otro día. Suficiente con la que se armó: gente corriendo, el camarero vuelto loco porque comencé a tirar cosas, los llené de salsa de tomate y después me senté con ellos:

—Dos cervezas porque ella se va —le indiqué la salida. La rubia lo miró, el bajó la vista y señaló la puerta.

—Ahora sí te pasaste.

—No —sorbí lo que quedaba en la lata—. ¿Quién fue el que prometió que no la vería más? Ahora, quien se pasó, y bien pasado, fuiste tú.

Dejamos el bar. El Chuli se dio una ducha y apenas cayó en la cama, comenzó a roncar. Aproveché para ir a casa de Gudelia y ratificarle que era cierto, sus sospechas estaban basadas en hechos reales y, claro, disculparme.

—Todos los hombres son iguales. Caen una y otra vez —Ella no estaba ofendida, solo satisfecha

—Se la hice buena. Ella todavía debe estarse quitando salsa de tomate del pelo.

Eran diez años de matrimonio, de aguantarle llegadas tardes, alguna que otra infidelidad; pero se había pasado: era la tercera vez, en el mismo lugar y con la misma rubia. Gudelia lo había visto, siempre por el día, en horario de trabajo, como para que yo no sospechara. Llegaba a casa muy cariñoso, con bolsas llenas de las chucherías que me gustan, y siempre platanitos, para congraciarse, es mi fruta preferida. Y le daba por cocinar.

—Te haré una comida de chuparse los dedos.

Y el muy cabrón cocina bien, las gambas le quedan jugosas, suaves, el olor adormece. Esas cosas es mejor no recordarlas.

—El Chuli está loco —dije en voz alta, como para creérmelo.

—Él lo que está buscando es parecerse a sus amigotes —interrumpió Gudelia.

Dejé a Gudelia. Entré despacio en el cuarto, encendí la lamparita y descubrí al Chuli en la misma posición, pero ya no roncaba. Un hilillo de baba se escapaba de entre sus labios. Sentí asco, busqué un pañuelo y lo limpié.

Estuvimos de puro amor, pero al otro día vino Kike a buscarlo y llegó tarde. El olor a alcohol emborrachaba. Me hice la dormida, así evitaba una discusión: un problema tras otro, un pleito tras otro mata y ellos se aburren. Y yo estoy aburrida.

La rubia le pasa la mano por la cabeza, ronronea en su oído y él ríe. Se levantan, casi la arrastra hasta la pista de baile, se hacen uno.

—Hijo de puta, que te jodan —salgo, me voy hacia la noche, a respirar—. Hijo de puta —grito.

Alguien tiene que oírme. ¿Y sus palabras, quién las oye, quién las graba para restregárselas en su cara? ¿Quién? Por la tarde me había dicho:

—Cariño hoy tengo un negocio muy importante y no sé a la hora que llegue.

—Pero...

—¿Tú no querías un viaje por las islas griegas? Si todo sale bien, mañana tendrás tu crucero.

Le busqué su mejor ropa, debía causar buena impresión, que pensaran que era alguien que sabe llevar la vida. Al principio no sospeché, pero cuando se echó el frasco de perfume encima, aquello empezó a apestar.

Esperé a que oscureciera, me puse el vestido negro de tirantes, Gudelia me ayudó a recogerme el pelo en el centro de la cabeza y me estrené los zapatos altos. Estaba increíble ni yo misma me lo creía.

—Provocativa —aclaró Orlando, el esposo de Gudelia.

Pedí un taxi, no estaba acostumbrada a esos tacones tan finos. Faltaban unos cincuenta metros cuando lo detuve y bajé. Un Mercedes blanco pasó a mi lado y el chofer tocó el claxon:

—¿Quieres dar un paseíto?

No me atreví a mirarlo, pero el hombre insistía.

—No.

Seguí hasta la esquina y cogí una vía trasversal, el Mercedes tuvo que continuar. Dejé pasar unos minutos y regresé a la calle. El bar estaba en penumbras, los grandes ventanales abiertos y la pista de baile vacía. El Chuli estaba en la misma mesa, la rubia se le encimaba con un tenedor, él abría su boca y ella le introducía el pedazo de carne y luego chupaba el tenedor con lascivia, provocativa. No les había importado para nada el escándalo de la otra noche. Y ahora, seguían allí, melosos de tanto manoseo por debajo de la mesa.

He visto más de lo que debía. El bolso cuelga de mi mano, barre el pavimento, nunca antes había tenido tantas ganas de morir, de lanzarme delante de un coche, como ese que hace guiños con las luces y se detiene a mi lado.

—Vamos, te llevo donde quieras.

—Al Infierno —le digo.

—Siempre que vayamos los dos —dice y deja escapar un suspiro largo, mil veces ensayado, actuado, sin apasionamiento.

Y nos vamos a la discoteca Infierno. La música que sale del reproductor no permite que escuche las palabras, resbala por nuestros tímpanos, se instala en el cerebro. Me tomo la segunda cerveza. Esa noche comprendí por qué la gente utiliza el alcohol para olvidar, perderse en los laberintos de la mente, listo para que una mano cubra tus hombros y te lleve hasta la pista de baile, pegue su cuerpo al tuyo y no te sientas molesta. Todo  lo contrario, esos dedos que resbalan por las nalgas te recuerdan al Chuli, al hombre que durante diez años ha descorrido tus cortinas y que ahora intenta deshacerse de la ventana que eres.

—Soy una ventana —le susurro al oído.

—¿Una ventana? —se extraña él.

—Sí, y estás descorriendo mi cortina.

—Qué rara eres —me pega su boca al cuello, vuelve a escapársele un suspiro, de esos, teatrales.

Tiene unos treinta años, alto, labios gruesos, carnosos, con el pelo castaño recortado al punk, el gel se lo mantiene intacto. Mis manos tratan de acariciarlo, perderse entre los caminos de su cráneo, pero resbalan por una superficie dura, grasosa.

Sonrío. Hasta hace tres horas quería matar al Chuli y ahora estoy haciendo exactamente lo que él.

—Esto es traición —le susurro.

—No te preocupes, yo sé quién tú eres.

—¿Sí?

—Nunca pasó.

—¿Qué no pasó?

—El Chuli anda con mi mujer, así que estamos vengados los dos. Es también tu venganza —alza la lata de cerveza y brinda a su salud, a la de ella, a la del Chuli y, por supuesto, a la de esta bella dama que tiene al lado.

—Quiero otra cerveza.

—La que más te guste —aclara.

—Heineken —Cierra la puerta del Mercedes y destapa la última cerveza de la noche.

—Llévame a casa.

El aire de la Autopista me despeina. Dormito un poco, todo da vueltas, quizás por eso no me percato que se ha desviado, estamos en un camino en medio de la oscuridad.

—¿Qué pasa?

La autopista se vislumbra a lo lejos como una larga serpiente llena de escamas de luces.

Él ríe, me toma por la barbilla y se pierde en mis ojos, se introduce en mi cerebro. Tiene unos ojos hermosos que entrecierra por momentos. Habla en un susurro. Hurga en mi pecho, en el vientre. Mi asiento cae hacia atrás. Su lengua busca en mis orejas, mientras las manos se deslizan por el vestido, van rasgándolo. Se me encima, lo empujo porque no entiendo qué pasa. Me aplasta. Siento su verga empujando mi ropa interior. Lo sostengo un poco por los hombros, trato de decirle que se espere, de negarme; pero en sus ojos hay un brillo animal. Entonces, salva el obstáculo y me toma por asalto y duele. Grito. Me ahogo en su abrazo. Empujo sus hombros, le araño la cara. Me golpea el rostro y el pecho. Su verga desgarra mi interior.

Trato de escurrirme, me sujeta con fuerza. Vuelvo a empujarlo; golpea mi cara y continúa con sus movimientos bruscos, me estruja.

 Desesperada, busco algún objeto debajo del asiento, mi mano siente la frialdad del metal, lo agarro y golpeo.

—Estás loca —intenta quitarme el destornillador, pero se lo encajo en el costado, una y otra vez, hasta que se desploma, cae sobre mi cuerpo y exhala un último suspiro, uno de esos ensayados, teatrales.