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El terror del olvido

El Terror del olvido


Despertó en medio de un angustioso sopor, un dolor cervical le impidió mover lateralmente el cuello, no le quedó más remedio que asumir su indefensión en la oscuridad y tratar de adivinar de donde provenía la tenue luz, que en vano intentaba luchar contra la opresiva tiniebla. No se desesperó.

“Me quedé dormido en mi sillón, y estoy soñando que desperté, mi mente crea estas agobiantes imágenes, la preocupación es inútil, en minutos mi conciencia escapará de la onírica realidad.”

El tiempo transcurría mientras el descuidado ser, sentado en una cómoda silla comenzaba a preocuparse, sus circunstancias se negaban a cambiar, y él, seguía en la penumbra con dolores en el cuello, en un lugar, que de cierta forma le era familiar, sin llegar a reconocerlo. Sus sentidos se fueron agudizando y comprendió que no deambulaba por los dominios de Morfeo, consciente de su vigilia, tétrica y subyugante, dejó que el miedo lo invadiera, un sudor frío le acarició la piel, quiso salir corriendo, demasiado tarde, el cerebro aterrado dio la orden de paralizar los músculos.

Un sentimiento de profunda soledad se apoderó del pobre hombre, incluso superior al pavor que lo estremecía, como si el universo hubiese desechado la vida, una fuerte sensación de abandono se incrustó en su pecho, sintió que uno a uno y paulatinamente sus semejantes lo habían dejado solo.

“Triste es mi destino, ser el último destello inteligente, el aliento final de la existencia, el compañero postrero de Caronte. ¡Ay de mí! ¿Acaso aún existirá un Dios que se apiade de mi alma?”

Se encontraba ensimismado en sus lúgubres reflexiones, cuando una potente voz le gritó a su espalda:

—¡Oye tú, sal de la sala, la película terminó!—