My Stories

Leo, por lo tanto gozo

Parte sin título


Son días ventosos, las reparaciones en los techos del complejo residencial están suspendidas, uno más de los tantos trabajos que me ha tocado desempeñar después del exilio, en él, ayudo a los “techeros”. Centroamericanos que con grandes sombreros desafían el inclemente sol de la Florida. Más de una semana parados, cosa que a ellos le horroriza, sin embargo, a mí, a pesar de que merma sustancialmente mis ingresos, no me causa ningún tipo de preocupación o disgusto, es más, hasta me parece disfrutarlo, es que he tenido la fortuna de aprender a gozarme la vida aun en las peores circunstancias.

Me encuentro en la cafetería del supermercado Sedanos, a la altura de la John Young y la 192, uno de mis lugares preferidos en la ciudad de Kissimmee, disfrutando de una “colada”, es decir, un café expreso al estilo cubano, una delicia que me reconcilia con la estupidez desmedida que profesan los esclavos del tiempo y el dinero, cuando veo acercarse a mi mesa un conocido, que al igual que yo, es un héroe anónimo de la supervivencia urbana. Me saluda, y de inmediato a quemarropa, como un autómata programado por el asfixiante sistema, me dispara la pregunta:

—¿Como va el trabajo hermano?

—Excelente, tengo más de una semana que no hago nada—. Por la expresión de su rostro pude notar que mi respuesta lo desubicó, le pareció increíble, que en este país alguien pudiese alegrarse por estar parado. En su mirada encontré cierta molestia, y optó por cambiar de tema bruscamente.

—Me alegra verte tomándote una colada, eso significa que has vendido uno de tus libros.

—Así es amigo mio—. Respondí con naturalidad, como si la cuestión no tuviera importancia, cuando en realidad es una de las cosas más importantes del mundo para mí.

Después de haber leído una infinidad de libros, decidí, que ya era tiempo de expresar mis ideas a través de la escritura. Aquí estoy, convertido en escritor independiente, y todas las personas que se relacionan conmigo lo saben, aunque ninguno lea mis libros. Por extraño que parezca, amazon, la plataforma con la cuál publico, por cada libro vendido, me da un importe en dolares igual al precio de una colada. Con un placer, me procuro otro placer. Mis exiguas ventas me aseguran que por sobredosis de cafeína no moriré.

Mi amigo intervino, sacándome de la ironía en que se sumían mis pensamientos.

—Me gustaría leer tus libros, pero la verdad es que no tengo tiempo, ese es el problema—. No pude evitar reírme en su cara, para luego rebatirle su pobre excusa.

—Mi estimado, ese es un problema que no existe, cuando te planteas el problema del tiempo para leer, significa simplemente que no tienes ganas, admítelo eres flojo para la lectura.

—No es eso, yo leía, pero desde que llegué a este país ya no lo hago, bueno tu sabes como son las cosas aquí—. Por su voz trémula, percibí su molestia. Continué con mi explicación.

—El tiempo para leer, al igual que el tiempo para amar, dilatan el tiempo para existir, la lectura y el amor, solo se practican cuando se tienen ganas, y no tiene nada que ver con la organización del tiempo social, la lectura, como el amor, son un placer, el que se priva de ellos niega la curiosidad y el goce que son partes del ser, y el ser es atemporal, es decir, fuera del tiempo “my friend”.

—Ya me vas a venir con tus teorías de filósofo mojado, como si no conociéramos tus locuras—. Replicó disgustado, intentando ofenderme llamándome mojado, es así como llaman a los clandestinos que llegan a este país atravesando el gran río a nado. Con voz calmada reforcé mis argumentos.

—Si dices que necesitas tiempo para los placeres, los conviertes en deberes, y decir que la lectura o el amor es un deber, más que contraproducente es un sin sentido—. Me callé, dejando que mi amigo reflexionara, y ya más tranquilo me propuso:

—Vamos al “downtown” a tomarnos un par de cervezas.

—¡Que bien! Entendiste lo que quise decirte.

Por supuesto que acepté.