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El escritor, letras y sobrevida

Una reflexión, porque el arte es más que sueños.


El escritor, letras y sobrevida.

 

Ante la página en blanco el escritor ensaya sus primeros rituales, estira los músculos, se concentra, repasa los movimientos y se apertrecha para la verdadera batalla, esa que llega cuando el manuscrito reverbera en sus manos y llega la hora de salir al ruedo editorial, al circo romano donde se corporiza la incógnita de resistencia. Pero, mientras, ¿de qué vive un escritor? (y asumiendo que, definitivamente, no vive de los premios). Nos vemos obligados entonces a hurgar en la herida, ¨neuronizar¨, profundizar en el pantanoso territorio de los vínculos a menudo nada felices (asunto de vieja data) entre cultura y comercio.
De un lado el apasionante acto creativo: actividad idílica de libre interpretación de la realidad.
De otro lado, la retribución económica: realidad nada idílica que obliga a interpretar libremente cualquier actividad.
Como es de suponer, aunque no sea ocioso aclararlo, una vez que dejamos aparte los casos en que lo artístico es asumido como mero pasatiempo -terapia ocupacional, le llamábamos en la oficina-, o aquellos en que, por uno u otro motivo y ante una tardía iniciación, el individuo se resigna a las ensoñaciones nada saludables de pensar en lo pudo ser, lo más lógico sería que cada escritor pretendiese vivir de lo que hace y disfrutarlo: ¨vivir del cuento¨, o de la novela, o de la poesía…, disfrutarlo en grande, no desdoblarse ante el espejo en eterna batalla consigo mismo.
Resulta muy excepcional ver a un pintor, un escultor, un bailarín, un músico, un actor… (ejemplos facilistas, cierto, pero que ayudan a graficar la idea con mayor facilidad) dividiendo su jornada entre esa actividad en cuestión y otras profesiones que garanticen el ¨sustento diario¨. Aclaro, no digo con esto que la generalidad de los artistas cubanos -tampoco en el resto del mundo es así- logren ingresos sustanciosos, ni que gracias al arte puedan transitar con desahogo el accidentado camino de las cuentas mensuales. Me refiero a que, al menos, cuentan con la posibilidad de, con mayor o menor acierto y fortuna, ¨profesionalizar¨ sus aptitudes, vivir de su ejercicio creativo. En ese punto, ¿dónde quedan los escritores?
Tal vez porque los escritores son todos de formación autodidacta (más allá de talleres ocasionales o la nunca bien ponderada oportunidad que significa el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, no existe en nuestras universidades ningún curso de escritura creativa, como si ocurre en otros países); tal vez por las características propias de la creación literaria; quizás porque se estima, desconozco bajo qué parámetros, que la literatura no es Arte (recordemos que la UNEAC significa Unión de ¨Escritores¨ y ¨Artistas¨ de Cuba. No sé, lo cierto es que, en toda esta vorágine de actualizaciones, adaptaciones y/o nuevas percepciones a las que el país se encuentra avocado, la literatura parece haber quedado bien abajo en la cadena alimenticia.
Todavía el escritor ve ancladas sus retribuciones, en lo que a publicaciones nacionales se refiere, a la vetusta Ley No. 14 del año 1977, ¨Ley de Derecho de Autor¨.
Sí, no se preocupen, la matemática no les falla, el texto legal tiene 42 años -mi misma edad, de hecho- y ya sabemos cómo han cambiado el mundo y nuestro pequeño archipiélago de entonces a esta fecha. En el supra mencionado texto legal se establecen tarifas que no se corresponden en absoluto con la realidad (si es que alguna vez lo hizo) y que van en contra de lo que expresamente establece la ley en uno de sus Por Cuantos: [… “Cuba, que está dispuesta a conceder el acceso a la creación de su pueblo a los demás pueblos del mundo, considera justo retribuir adecuadamente a los creadores los frutos de su trabajo intelectual”]. Aspiración esta que, contradictoriamente, se torna infructuosa si nuestros intelectuales no cuentan con la motivación suficiente para llevar a término su labor. Falta mucho, sin dudas, para que los escritores reciban una justa remuneración por su trabajo intelectual.
En materia de alternativas podemos hablar también del sistema de becas, muy escasas y que priorizan en lo fundamental a los creadores más jóvenes. Podemos hablar, además, de la posibilidad de colaborar con algunas publicaciones impresas o digitales (donde los pagos, además de exiguos por lo general, en no pocas ocasiones demoran meses en ser cobrados). Podemos mencionar aquellos casos de quienes logran un puesto laboral ¨estable¨ dentro del entramado institucional de la cultural. Del resto, no mucho más, y por lo general producto de gestiones personales.
Cómo se mide el trabajo de producir un libro. Cómo se cuantifican las ¨horas nalgas¨. Hay escritores prolíficos que terminan uno y hasta varios libros por año, mientras que otros pueden tardar varios años en llevar término un solo proyecto. Cómo se mide ¨la calidad y cantidad del trabajo¨, para hablar en términos constitucionales.
En nuestro país no existe un mercado del libro, no está concebida en esos términos nuestra política cultural, encaminada, de manera manifiesta, a potenciar el crecimiento espiritual y el conocimiento para todos los cubanos. Ello implica que la publicación de los libros -al menos en su mayoría- no se prevé con fines lucrativos.
Pero regreso entonces a lo antes esbozado: para el resto de las manifestaciones se han encontrado mecanismos de comercialización artística, lo hacen los bailarines, los músicos, los pintores… Cuántas veces no nos encontramos ante la situación de que no hay presupuesto para pagar una lectura pública, y sin embargo, se pagan miles de pesos a una orquesta por un concierto al aire libre. ¿Es acaso más enriquecedor bailar que leer? ¿Cuándo cambió de tal manera la idea de tener un pueblo cada vez más culto y, por tanto, más libre? No se trata de poner una por encima de la otra, sino por el contrario, que todas se exterioricen ante la sociedad en igualdad de condiciones, con todo lo que ello implica.
El escritor (y hablo de manera genérica, dejemos para otro momento los excesos contemporáneos con el discurso anti sexista) es un ser sui géneris, un suicida, en cierto modo, un artesano con la cabeza llena de esa materia prima que son las palabras, tratando de darles la mejor forma posible para construir un mundo mejor, alguien que nos incita a ¨leer y luego a creer¨. Pero también es una persona con problemas terrenales, con familia, con necesidad de poner la comida sobre mesa.
Dado que no es probable en Cuba, al menos a corto plazo, un cambio que indique hacia la descentralización en materia editorial, los autores están alejados de toda autogestión. Lo que significa que en la práctica se mantienen a expensas de todo el aparato burocrático, por lo sigue correspondiendo exclusivamente a las instituciones estatales encontrar las fórmulas, los resortes para conseguir que el esfuerzo de nuestros intelectuales encuentre justa recompensa, se potencien el talento y la voluntad creativa para un pueblo que necesita bailar, pero también pensar.
Sea como sea, el escritor es paciente, ya lo he dicho, suicidamente calmado. Vomita sus palabras y ante el espejo se prepara para el boxing, el kumité, el shime-waza. El escritor es un gladiador que, esperanza en mano, se arriesga al circo editorial mientras sobrevive en la azarosa veleidad del día a día: Ave, César -parece decir-, los que van a escribir te saludan. Y los decisores alzan o bajan sus pulgares, mientras al fondo del Coliseo se amontonan cuerpos y manuscritos.