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Noche de Jazz

Parte sin título Para los amantes de la música. Un buen jazz y un buen café


Noche de Jazz


A Chouza,
Por los primeros acordes, los mejores.


A este rhythm infinito.

If you have to ask, you'll never know.
Louis Armstrong. “Sobre el Jazz”.

 

El negro acaricia con manos inseguras el sucio esmalte de la trompeta, la recoge de la barra y la acomoda sobre sus piernas, se humedece los labios.
—Quiero que esta noche nos hagas flotar, cariño –le murmura–. Que retumben las paredes como en los viejos tiempos. Recuerda que él nos está mirando.
Baja la voz y achica los ojos hacia uno de los afiches que cubren las paredes del pequeño escenario. Desde allí, Louis Armstrong le regala su amplia sonrisa. Justo debajo, Eddy afina el piano para su última función.
En la marquesina de la entrada el gerente coloca una pancarta donde se anuncia el cambio del show para la próxima semana: de club de Jazz a típica disco, música electrónica y luces inteligentes. Cuando termina, entra y empieza a organizar el espectáculo nocturno. Al pasar cerca del negro le pregunta de nuevo:
—¿Estás seguro?
—Tan seguro como que aquellas letrinas no irán pa’ ningún lado, jefe –contesta el negro, señalando a la entrada del baño.
El gerente mueve la cabeza de un lado a otro y frunce la boca. Se pasa una mano por el rostro. Se aleja rumbo a la puerta
—Ponme un cubalibre, chama –le dice el negro al barman, un joven de pelo engominado que se mueve con sutileza tras la barra, como si del otro lado de aquellos tres metros de madera el suelo estuviera lleno de cristales rotos.
El muchacho lo ignora. Termina de pulir una copa y se pone a acomodar algunas botellas.
—¡Eh, flaco! ¿No escuchaste? –le grita Eddy–. Sírvele uno anda. Esta noche es especial –dice después, ya con voz más suave.
El muchacho mira a Eddy, otra vez al negro, hace un gesto de resignación. Prepara la bebida. La deja sobre la barra.
—Aquí tienes –dice, antes de seguir en lo suyo–. Allá tú.
El negro sonríe al aire. Empina el vaso. Cierra los ojos. Echa hacia atrás la cabeza. Paladea el trago y deja luego que descienda garganta abajo. Aleja el vaso, sopesa el contenido con la vista. Mira al muchacho. Flojo, muy flojo, piensa. Ahora la mayoría es así, jovencitos inútiles, tiesos, faltos de carne. De seguro igual a los que en unos días inundarán este lugar. Deja correr la vista por las paredes e imagina cómo en la mañana los obreros de mantenimiento pondrán aquello al revés, arrancarán los discos de vinilo, las fotos, los afiches; matarán ese espacio íntimo e inigualable. Sufre el destrozo, el silencio forzado hasta que lleguen la estridencia absurda y el desenfreno.
Se da otro trago.
Desde alguno de los afiches Armstrong parece observarlo, labios gruesos enmarcando su inmensa dentadura.
—Na’ ma’ que uno, Satchmo, pa’ calentarme el pecho –se justifica el negro. Pero sabe que más tarde llegará el inevitable otro y luego otro, cuantos quepan.
En el escenario, el pianoman se frota las manos y ensaya unos acordes.
Tres o cuatro noctámbulos entran al club, se acomodan alrededor de una mesa. Son de los pocos que se mantienen fieles al espíritu de aquel lugar que, quién sabe si por cambios errados o desidia, ha visto pasar sus mejores años. O quizá solo fuera porque al final es lógico que todo vea pasar sus mejores años, en algún momento. Al negro le sucedió también, no hace mucho, después del primer infarto. Incluso puede que desde antes, cuando el alcohol comenzó a hacer lo suyo y aparecieron los temblores en sus manos, cuando la trompeta dejó de ser la hembra gozadora a la que él seducía con el roce de sus dedos.
Mejor algo que nada, pensó en ese entonces, hace más de diez años. Mejor que estar en casa, asediado por la soledad, el silencio que enmascara el segundo infarto, la casi muerte. Y fue el negro con su hembra a ocupar un lugar a la entrada del baño para caballeros.
Allí están cada noche, junto al plato de las monedas: dinero desecho en menudos pedazos: un peso, dos, a veces nada; ofreciendo papel higiénico; mirando por el filo del pasillo a los músicos que se suceden por semana sobre el escenario. Ninguno dura mucho. Muy mala paga, dicen. Cogen algunos tragos gratis, algunas mujeres gratis y luego, bien, adiós. Solo Eddy y Louis permanecen. Louis con su bocaza y sus dientes blanquísimos desde cada afiche. Eddy en su piano, añejo como un objeto más de la decoración.
El negro los ve desde su puesto a la entrada del baño, desde el retiro de su silla plástica y su plato de monedas.
Metal contra metal, papeles estrujados, líquidos.
Acordes sanitarios que se funden con la música que escapa del stage. Lejos de Armstrong. Tan lejos como siempre.
Pero este sábado se prometía distinto. Allí estaba Eddy desde las seis y no apareció ningún otro músico para hacer el show, el último espectáculo de jazz que vería el club Mon Señor. El gerente pegado al teléfono, una maldición tras otra, a punto de perder la recaudación de la noche, el dinero sonante en su bolsillo.
Y el negro que se acercó con cara de carnero degollado y dijo, yo puedo, jefe, mire, las manos están bien, mire. Y estiró los brazos para que el gerente viera esas manos huesudas que no dejaron de temblar ni un instante, lo observara con lástima, mirara al reloj, a la puerta, de nuevo al negro, de arriba a abajo, dijera:
—Qué cosa, viejo, si tú no puedes ni con tu alma. Quédate tranquilo allá en tu rincón, no sea que te nos partas aquí mismo.
Se fue el gerente rumbo a la puerta y el negro quedó de pie. Ante nadie, observando sus díscolas manos. Regresó luego al baño, cayó sobre la silla. Sacó la trompeta del estuche. Una caricia leve antes de llevarla a sus labios. No se atrevió a soplar. Volvió a guardarla.
No era la primera vez que pretendía un regreso, pero siempre es la misma respuesta (siempre desde hace tres años, desde que llegó el gerente nuevo, para quien el negro es alguien sin historia, apenas ese que cuida el baño, que limpia, que recibe las monedas).
Era ya tan evidente. Pero hasta hoy nunca aceptó que es un viejo, un puñetero negro de casi setenta años en esta ciudad que devora a cualquier negro viejo, lo tritura, lo despulpa, luego lo aparta, le deja bien claro que el tiempo no perdona, sobre todo si son viejos y negros y músicos y no tocaron nunca con Armstrong.
En el club, el silencio se rompe sólo con el sonido de las botellas sobre la única mesa ocupada, algunos chistes subidos de tono. Todos esperan algo. Pero falta el qué, el cuándo, el cómo.
Y una hora más tarde es el gerente quien se acerca. Su ancho cuerpo atraviesa el pasillo dando grandes zancadas, el sudor le empapa la camisa. Eddy lo sigue a un par de pasos. Se detienen en la entrada, frente al negro.
—¿Qué tú crees, Eddy, puede? –dice, sin mirarlo siquiera.
El negro mira a Eddy, los ojos bien abiertos. Eddy responde que es la última noche, de seguro no vendrá casi nadie. Nada que perder. Y levanta el pulgar de la mano escondida tras el pantalón.
El negro lo ve, sonríe
El gerente se pasa ambas manos por la cabeza, suspira. Va hasta la entrada del pasillo. Busca de nuevo hacia la puerta. Pasea la vista por el salón. Los de la única mesa ocupada parecen borrachos de aburrimiento. Por fin regresa al baño.
—Parece que estás de suerte, negro –dice–. Prepárate. De todas maneras vamos a esperar media hora a ver si entra alguien más.
Sí, esta noche ha sido distinta. Ya las once y apenas son tres las mesas ocupadas. Eddy tenía razón, poca gente. El negro sigue en la barra. Apura el tercer cubalibre y pide otro. Estira los dedos.
—Tal vez sea mejor así linda, por si acaso –dice el negro, acariciando la trompeta–. Sin que te ofendas, lo digo por mí.
Listo o no, es hora de empezar. Cuando Eddy le avisa asciende lentamente los cuatro escalones del escenario. Las luces lo ciegan por momentos. El temblor no da tregua, pero los primeros compases del pianoman parecen tener un efecto mágico. La música es mágica. El negro se da un último trago, largo trago y deja el vaso sobre la cola del piano.
—Vamos, negro, demuéstrales que todavía nos queda –le dice Eddy.
El negro devuelve la sonrisa al pianista, o a Armstrong, o a ambos.
—Sí, mi hermano, poco, pero nos queda –murmura para sí.
Su sonrisa se confunde con la de ese Armstrong que tiene en la pared de enfrente, al tiempo que sus manos agarran con fuerza la trompeta. Se pasa el pañuelo por el rostro y sopla un par de veces. Lanza a Eddy una última mirada, casi de súplica, el otro asiente. Armstrong, ahora con un cigarro entre los dedos, le guiña un ojo desde otro afiche, necesitas una fumada, le dice, eso resuelve cualquier problema.
Por fin el ritmo se apodera de él, los nervios se aplacan. Respira profundo, gira despacio, encara al escaso público. A un costado de la barra está el gerente. Alcanza a ver la pequeña silla que le aguarda al final de pasillo, el plato vacío, mudo. Hoy no, piensa el negro, hoy no. Llena sus pulmones, sopla un par de veces más y cuando el agudo ritmo de Melancholy comienza a brotar, inseguro al inicio, luego potente, vivo, algo cambia.
Jeepers Creepers, se escucha después, y Hello Dolly. En las mesas, doce personas, doce almas perdidas en este lugar perdido. Apenas doce aplausos y ese negro que ya toca como un poseso, que suda los minutos, el alcohol, que delira, que trata de recuperar la vida en cada tema que brota de su instrumento.
Y el negro, que nunca salió de este país, vuela de Nueva Orleans a Nueva York y de allí a París y de regreso para enloquecer al mundo. Lo miran como si fuera otro a quien tuvieran delante. Nunca antes tocó así. No que alguno recuerde.
Eddy marca el compás con sus zapatos sobre el tablado. Golpea las clavijas del piano cuando el ambiente se llena de la cadencia contagiosa de I'm a Ding Dong Daddy From Dumas, y los minutos se dilatan y ya Satchmo no es solo sonrisas colgadas en las paredes, pañuelo blanco, ojos inyectados de buena hierba, es ahora toda la Hot Five que acompaña al negro cuando Potato Head Blues se revuelve sobre el escenario, se desborda.
Escapa el jazz, se escurre bajo las mesas, repta por las faldas para besar los muslos, las nalgas de las mujeres, golpea en el pecho de los hombres, sube, rueda luego junto al alcohol garganta abajo, rompe los vasos contra el suelo, rebota en las paredes, estremece las sillas, cae, se levanta, envuelve, estalla y Muggles, Muggles perfecto destila el negro a través de la trompeta que ya no es trompeta, sino otra vez cuerpo hirviente pegado a su cuerpo, que evapora el chorro de sudor desde los parpados mientras las arterias de su cuello se hinchan descomunales a mitad de I’ ve Got a Heart Full of Rhythm.
Eddy grita algo, el negro no alcanza a escuchar y cuando se extinguen los últimos acordes advierte de lejos la muchedumbre que fue llenando el club, atraída por la ovación, la euforia. Armstrong sonríe a su lado, también aplaude y le pone un brazo sobre los hombros.
—Son para ti –le dice– Esta noche ha sido por todo lo alto, brother, mejor que en el Carnegie Hall.
—Ni que lo digas, Satchmo –contesta el negro, secándose el rostro–, ni que lo digas.
Y ambos marchan a la deriva entre la marea de aplausos.
Su corazón da todavía un salto lleno de swing, el último. Cuando cae, la gente, las luces, la música, son apenas destellos que se extinguen en la distancia.