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Los ojos del amor

Los ojos del amor


Apenas traspasó la puerta de su departamento la empujó con el talón del pie para cerrarla.  Muerta de calor, sacudió una pierna y luego la otra para deshacerse de las sandalias que llevaba puestas; se sacó también el pantalón y la blusa, que dejó tirados en el living.  Descalza y en ropa interior se dirigió a la cocina para hacerse un café antes de comenzar a preparar la cena.

            Instintivamente miró a través de la ventana de su cocina, que daba en línea recta a una ventana del edificio de enfrente.  No entendía porqué la luz siempre estaba apagada, deducía que, si vivía gente allí, encenderían la luz en algún momento y, si no hubiera nadie, estaría la ventana cerrada.  Ese día en particular, le dio la sensación de que, desde la oscuridad, alguien la miraba.  Sintió un injustificado pudor, por lo que dejó inmediatamente la cocina, antes de servir el café, y fue a ponerse una bata.

 

            Al día siguiente, cuando llegó al departamento después del trabajo, siguió la rutina del día anterior, pero se puso la bata antes de ir a la cocina. Se sintió tentada a mirar hacia la ventana de enfrente y notó que, nuevamente, estaba abierta y a oscuras, lo que atrapó su mirada y comenzó a tener la sensación de que alguien, en la penumbra, la observaba.

 

            Tres días después, repitiendo la rutina de los otros días, fue hacia la cocina con la bata entreabierta, permitiendo ver su ropa interior.  Miró de reojo el cuarto oscuro del edificio de enfrente y se sintió mirada otra vez.  Sin embargo, en esta ocasión sintió un estremecimiento que le duró mientras preparaba la cena, la que le llevó más tiempo del habitual (o ella tardó más adrede).

 

            Noche tras noche, cada vez que regresaba del trabajo, el preparar la cena se había convertido en un ritual  placentero.  Ya no se ponía bata, la  preparaba en ropa interior, casi no miraba hacia la ventana de enfrente, pero la fantasía de que estaba siendo observada desde la oscuridad se hacía presente cada vez, produciéndole un placer que no interrumpía ni cuando oía sonar el teléfono, ya que no respondía hasta que hubiera salido de la cocina.

            Un día su madre, que vivía en el mismo edificio y la había estado llamando sin poder comunicarse, decidió ir personalmente para asegurarse de que su hija estaba bien. Tocó tres veces seguidas el timbre, el código compartido entre ambas para identificarse, y, para su sorpresa, su hija le abrió la puerta solo con una panty y ropa interior, de esa que uno ve en algunos escaparates de zonas de reputación dudosa. Le preguntó si estaba acompañada, ante lo cual Diana tomó conciencia de cómo estaba vestida y le dio pudor; no porque su madre la viera así, sino porque no supo qué decir.  La hizo pasar, se fue a poner una bata y comieron juntas.

 

            Los días subsiguientes transcurrieron de igual manera.   Para quienes la conocían, Diana estaba cambiada, se había vuelto más reservada y distraída, como si estuviera en otro lado cuando se le hablaba.  Hasta su extrema dedicación al trabajo mermó y ya no se quedaba después de hora como antes.  Ansiaba llegar a su casa y repetir el ritual que tanto placer había comenzado a darle.

            Sin embargo, un jueves, después de llegar del trabajo agotada y de sacarse toda la ropa (hacía ya un tiempo que se quedaba desnuda para cocinar) no lo disfrutó como otras veces.  Quizás porque debía cambiarse antes de que llegara Ignacio,  un compañero de trabajo que hacía tiempo que la venía invitando a salir y ella no aceptada, hasta que le  ganó una apuesta y se vio obligada a cumplirla, invitándolo a comer algo preparado por ella.  Esa noche se sintió medio tonta por haberse quitado la ropa y volvió a vestirse.

            Al día siguiente, aunque no esperaba a nadie, le pasó lo mismo.  Se quedó desnuda mientras cocinaba, pero lo único que sintió fue un escalofrío por tener la ventana abierta y la cercanía del otoño le hizo sentir el cambio de temperatura.  Hacía mucho que no miraba hacia la ventana de enfrente, pues no lo necesitaba  para sentirse observada.  Pero ese día optó por mirar y, para su sorpresa, la persiana estaba baja.  Le llamó la atención, se inquietó, de repente sintió un vacío interno que le hizo doler el estómago.  No terminó de preparar la cena y se fue a acostar.

            En el trabajo, al día siguiente, no podía concentrarse en ninguna tarea.  Se preguntó si estaría volviéndose loca, pero por momentos –al recordar lo de la ventana cerrada la noche anterior- le parecía encontrar una justificación a la falta de “sensaciones” a las que estaba acostumbrada cuando se sentía observada.

            Esa noche tampoco se sintió con ganas de cocinar sin ropa.  Miró la ventana vecina y nuevamente la encontró cerrada.  No sabía qué pensar y no cesaba de hacer conjeturas.  Si el departamento hubiese estado siempre desocupado, la ventana debió haber estado siempre cerrada, si durante más de dos meses la ventana estuvo abierta y ahora no, algún cambio se había producido.

            Pasaron dos semanas y Diana trató de volver a su rutina, no la del ritual nocturno, sino la de antes de sentir que alguien la miraba.  Le era difícil: echaba de menos a su observador invisible y, cada vez que miraba al edificio de enfrente, sentía una punzada en el estómago, como extrañando algo de lo cual nunca tuvo certeza de que existiera.

            Un día que regresó tarde del trabajo (nuevamente volvió a ser una devota  empleada) encontró que el cuarto que siempre había estado oscuro estaba iluminado.  Por primera vez vio luz en el departamento que la había apartado, por casi tres meses, de su vida monótona.

 

            Un sábado por la mañana, mientras hacía las compras en la verdulería, se encontró con el encargado del edificio de al lado.  Se vio tentada a preguntarle por los vecinos del sexto piso, o algo parecido, pero no tenía ni la confianza ni sabía cómo encarar la pregunta.  No obstante, la verdulera se adelantó y le preguntó por los nuevos vecinos.  El hombre respondió que era una pareja joven, próximos a ser padres.

            Diana no aguantó más y aprovechó para comentar:

-Estuvo mucho tiempo vacío ese departamento.  Durante meses las luces estaban siempre apagadas.

            A lo que el encargado del edificio vecino respondió:

-¡Ah! No, no estaba desocupado, al contrario, entre el propietario anterior y los nuevos solo pasaron unos pocos días. Antes había un matrimonio que tenía un único hijo.

-¡Pobre, muchacho! -acotó la verdulera.

-Sí, pobres también los padres -dijo el encargado del edificio-.  Se había tomado la costumbre de encerrarse con llave en su cuarto todas las noches, antes de la cena.  Cuando los padres le preguntaban porqué lo hacía, decía que iba ver a su novia.  Por eso los padres, finalmente, decidieron mudarse.  Me da mucha pena, me enteré de que ahora está en tratamiento psiquiátrico porque sigue insistiendo en lo de la chica que cocinaba desnuda.  Una locura pensar que fuera cierto y mucho menos que, siendo ciego, pudiera verla.