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Ingratitud

Ingratitud


Ya le había pasado otras veces: con el detective infalible, con el pintor talentoso aunque no reconocido, y con todos los que lo persiguieron incansablemente hasta lograr la fama. Pero esta vez era distinto.

Cuando nadie conocía a la princesa Suhaila, él le dio vida, la pulió, fue su Pigmalión y el artífice de su destino.  Ella entonces lo perseguía hasta en sueños, contándole sus anhelos para que él la ayudase a realizarlos.

Pensó que una princesa sería distinta, que alcanzado el final feliz seguiría contándole cosas de su vida, pero nunca más volvió. Decepcionado, tomó una drástica decisión: abandonaría la escritura, harto de la ingratitud de sus personajes.