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SUDOR NOCTURNO

Parte sin título


Indiscutible es el hecho de que cuando se conoce con intimidad a la soledad, ésta termina impregnando a su víctima de todas sus formas, de sus más refinados modales que la sitúan en el más sublime pedestal de lo atractivo. Y donde quiera que se encuentre ese podio, propicio que será un lugar de entrada selectiva, inaccesible e inalcanzable para una tosca generalidad.

Su firme presencia logra confortar desde el espíritu más vagabundo y miserable hasta el más íntegro y dichoso. Solo ante ella lo que en un principio se mantuvo oculto prescinde de su timidez o de su apatía; se desentierra y se revela sobriamente.

Originariamente, dentro de sus entrañas encontré un agradable y sereno cobijo en donde los sonidos del exterior se armonizaban con los míos, del interior. No me cuestioné en ningún momento si fui yo quien la había escogido como mi acompañante o si fue algún otro ser – que me es imposible recordar –quien me la había impuesto como un obsequio privilegiado o un castigo mesurado, sin atender a las calamitosas ulteriores consecuencias.

Y digo lo anterior porque hoy en día, aquel soplo de incesante estabilidad que me había abrigado con gran intensidad, se transformó en un aura inestable en donde ocasionalmente mis sentidos se veían comprometidos. Con gusto les daría mayores precisiones temporales —días, meses, años— pero me es imposible ya que no poseo noción alguna del tiempo.

Ahora bien, quiero dejar en claro y no tengo dudas al respecto de que la negación y la despreocupación pueden llegar a ser muy perjudiciales. Demasiado diría yo…

 

Hace mucho que no duermo apropiadamente, mis ciclos de sueño se ven alterados e interrumpidos en altas horas de la madrugada de manera súbita y mi mente ofrece resistencia a conciliarlos nuevamente. Había leído en cierta revista ya en antaño que en tales situaciones es recomendable levantarse y realizar alguna que otra actividad calmada hasta que el cuerpo vuelva a sentir el irrefutable deseo de dormir.

Sin embargo, mi situación presenta determinadas particularidades que conciben a esa consiguiente “actividad calmada” poco más que imposible. Es verdad que no fuerzo a mi intelecto a ingresar en el mundo de los sueños, sino que me empeño por mantener simultáneamente un estado de sensatez y vigilia.

Con respecto a la primera, no puedo garantizar que la he conservado indemnemente, y en cuanto a la segunda dejaré que les responda — de modo que, saquen sus propias conclusiones — esta somnolencia que pesa sobre mis hombros y que me empuja hacia mi lecho. 

A menudo mis descansos cesan con la brusca apertura de mis ojos, que se alivian al percibir como primera imagen el elevado e inclinado techo que me hospeda. Al mismo tiempo, una rápida y profunda inspiración involuntaria rellena mis pulmones hasta sus límites para luego abandonarlos progresivamente.

Pero, en otros casos —que se están presentando con más frecuencia — aquella respiración se torna agitada y temblorosa cuando mis ojos al abrirse se encuentran con una oscuridad asfixiante. Al cabo de unos segundos, dicha negrura desaparece y permite que recupere mi respiración habitual.

Mayor es mi tranquilidad cuando compruebo, afirmativamente, mediante la flexión de los dedos de mis manos y de los dedos mis pies que soy capaz de controlar mi cuerpo. De manera, que para mi fortuna consigo desviar mi visión de esas enormes y gruesas telarañas que se suspenden sobre mí, para terminar vislumbrando la tenue luz de una antigua lámpara que, a mi lado y sobre una mesa, me concede una pizca de calidez.

Lo que tienen en común ambos estados es ese breve, pero intenso dolor que se concentra en determinadas partes de mi complexión. Y a pesar del ambiente gélido que me rodea, esa abundante e inexplicable sudoración susurrante que me compele a salir de la cama.   A partir de ese momento, comienzo una especie de batalla interna por conservar minuciosamente cada una de a mis acciones.

Al apartar con pesadez mi cuerpo empapado de las sábanas y al sentarme sobre ellas, innumerables gotas de sudor salpican las superficies aledañas mientras me acaricio la frente con mi pegajosa mano y empujo mis cabellos hacia atrás. Seguidamente tras un largo suspiro me incorporo sobre una desgastada alfombra cuadrada de pelo largo — que apenas alcanza a cubrir mis pies — y me dirijo al baño integrado a la habitación.

En mi breve marcha tambaleante controlo cuidadosamente, que cada una de mis pisadas no resbale en la superficie rechinante y polvorienta mientras que no dejo de atisbar hacia mi cama para capturar en mi cabeza una detallada espontánea de tal y como la dejé arreglada al abandonarla temporalmente.

Al llegar al pie de la entrada del cuarto de aseo, haciendo uso de mi antebrazo empujo sigilosamente la puerta astillada para abrirla solo unos pocos centímetros, eludiendo la frialdad de su cerradura y pomo de bronce. Sin adentrarme, asomo mis dedos y empiezo a palpar el sector de la pared cercano al marco en busca del interruptor, que encendía un pequeño foco que se posicionaba por encima del lavabo de manos.

Solía confeccionar una nota mental en la que escribía que debía dejar encendida dicha luz, — al menos cuando sabía que iría sumirme en los sueños — y, asimismo despejar la puerta para divisar sin problemas el interior. Cosa que doy por sentado realicé antes de ir a la cama, no obstante, aquí me encuentro pulsando el diminuto botón de la bombilla que me ofrece una iluminación penumbrosa.

Con recelo me dirijo hacia el lavamanos a fin de pulsar la manivela de la canilla y mientras contemplo caer el turbio chorro de agua que desciende desde su oxidado pico reflexiono y me lamento sobre el día en que —por razones que soy incapaz de recapitular— destruí salvajemente el único espejo con el que contaba mi lúgubre hospedaje. Por si fuera poco, de su existencia solo quedaron una borrosa huella negra contornada en la pared y los milimétricos cortes cicatrizados que decoraban mis manos.

Aquellas que ahora sostienen mi enflaquecida cabeza, nariz puntiaguda, pómulos prominentes y hasta donde llegan mis memorias, ojos negros hundidos y contorneados por unas ojeras marrones. Al menos, aún puedo contemplar el recipiente que alberga mi deprimente ser, un recipiente esquelético, insípido, cubierto de magulladuras y quebrajado por todas partes.

Al higienizar mi rostro para despabilarme, no puedo evitar degustar la terrible mezcla del agua terrosa con aquel líquido viscoso y agrio que ingresa por equivocación y descuido en mi boca a través de mis agrietados labios. No niego que quizás haya gesticulado una expresión de disgusto, pero aquel sabor ya estaba tan integrado en mí, que la influencia ejercida sobre mis papilas gustativas era prácticamente nula. Entonces el gesto, es bien por la mera costumbre de hacerlo, o bien por la textura arcillosa del fluido.

A un lado, se encuentra una bañera que procedo a llenar con agua hervida que previamente había colocado a fuego lento en una gran cacerola. En ese proceso de descarga, el vapor me transporta por unos segundos a unos lugares atiborrados en los cuales yo solía compartir una deliciosa taza de café en compañía de aquellos que afortunadamente, ya no estimo. Dicha imagen se esfuma ni bien recuerdo el retumbante sonido de sus carcajadas, la desarmonía de sus voces y la inmundicia de sus rostros.

Paso seguido, me despojo de mis espesas y chorreantes prendas arrojándolas dentro de un cilíndrico canasto de mimbre que ya se encontraba cercano a su límite de capacidad. Con delicadeza, sumerjo enteramente mi cuerpo en aquella calidez viendo flamear mi fina y escasa cabellera, en tanto que incontables partículas fosforescentes se despegan de mi pálida epidermis, combinándose con el agua y contaminándola.  

De ese contenedor de turbias impurezas renazco, dejando nadar en su superficie un engrudo grisáceo que parece caminar por sus paredes hasta terminar dentro del desagüe al haber retirado el tapón. Al partir del cuarto de baño aparento ignorar el hecho de haber encontrado mi lecho completamente desarreglado.

Aunque, la verdad es que presencio esto con una gran angustia, el ver mis sábanas arrugadas, las plumas que hacen a mi almohadón dispersadas por el suelo del recinto y el tapizado de las paredes con marcas de rasguños bestiales. Y a pesar de que, todavía me siento con un poco de náuseas, no me queda más remedio que resignarme una vez más y ordenar este desastroso escenario.

Hecho lo anterior, frente a las llamas danzantes de la fogata que me brinda el hogar de la pedregosa chimenea me refugio aun sin vestirme y espero pacientemente a que el agua se evapore de mi piel. Sin notarlo, el último rayo de luz solar se adentra silenciosamente en mis aposentos a través de la pequeña buhardilla, —protegida con anchos barrotes— informándome de que la noche se acerca.

Mis ojos ya empiezan a cerrarse, pero el reclamo de un cuervo postrado sobre el alfeizar hace que me exalte. El ave parece indignarse ante la impresión que yo le ofrezco y huye perdiéndose entre los hermosos y abundantes cipreses que sobresalen a través de la ventanilla. Ahora,  entre mi agonía y los diversos sonidos nocturnos, la noche se digna a golpear a mi puerta, al igual que la pesadez de los sueños…

 

Recuerden con atención mi testimonio cuando me declaro, si es siquiera un delito, culpable de haberme recluido por voluntad propia en estas fúnebres paredes; porque prefiero mil veces soportarme a mí que a los demás, y porque ante estos delirios y alucinaciones no me avergüenzo ni siento la necesidad de mentir ni ocultar nada. Y si acaso es un pecado, les devuelvo los beneficios que ofrece la redención, pues son irrelevantes e innecesarios para mí.

 

Lo dicho viene a que tal y como ha sucedido veces anteriores, mi cuerpo es hechizado por una terrible parálisis que solo me permite mover limitadamente los ojos. Pero, esta vez mi aflicción aumenta porque tomo consciencia de una vez por todas de la procedencia de aquel líquido viscoso que había inundado muchas de mis noches.

En consecuencia, ahora no puedo hacer otra cosa que gritar en mi interior mientras lágrimas rojas emanan de los bordes de mis ojos que, semicerrados advierten borrosamente a través de mis alargadas pestañas, que este inmenso dolor, este dolor en el pecho que amenaza con quebrarlo lentamente no es otra cosa que el peso que infringe una grotesca y deforme criatura.

De aquella masa burbujeante de sonidos guturales, se desprenden partes grumosas y barrosas que caen en mi boca mientras que sus extremidades desproporcionadas y alargadas terminadas en garras afiladas y sucias, comprimen mis hombros, mis muslos y rodean mi cuello. Su pegajosa, prolongada y amplia lengua unta lentamente toda mi complexión, desde las puntas de mis pies hasta el último de mis cabellos

Su aroma putrefacto penetra mis orificios nasales y me impide respirar, me ahogo en él. Sin nada más que hacer, solo puedo observar y sentir como esta entidad me devora, se adentra en mí y succiona lo que me resta de vitalidad. El buscar auxilio no se encuentra entre mis opciones y el único interrogante en el que puedo pensar en este momento, es que si esto es otro más de los encantos de la soledad.

Si tal solo pudiera decirles…que nunca abandoné la bañera...