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Cómo leer un gato

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     Lo primero es acercarse a la biblioteca felina, no es imprescindible, pero sí es aconsejable. A menos que cuente con una casa lo suficientemente grande para ir comprando y acumulando gatos, lo mejor es tomarlos en préstamo. Si usted ya tiene uno de mascota, lo podrá leer cuantas veces quiera. Yo tuve uno años atrás, pero lo presté y nunca más me lo devolvieron, por lo que me sigo inclinando por la biblioteca como mejor opción.

     Luego debe pasearse por los pasillos, como lo haría en una biblioteca  convencional, hasta encontrar el gato que le llame la atención o que previamente le hayan recomendado. A veces me paso horas mirando a un gato a los ojos, tratando de decidir si llevarlo o no, ya que por la ausencia de reseñas escritas en la solapa u otras referencias, es difícil saber a priori de que se tratará. Aunque para sortear este enigma se han propuesto algunas teorías que más o menos le apuntan, por ejemplo, los gatos negros generalmente narran historias de misterio y a veces de terror; los siameses, novelas románticas; los angora relatos, policiales y los gatos egipcios, ficción histórica. Recalco lo de “teoría”, porque a ciencia cierta nadie sabe de qué se va a tratar un gato hasta que comienza a leerlo. Además, rara vez un mismo gato repite la misma historia, lo que significa que la mayor parte de la aventura de escoger queda amarrada por las cuerdas del azar.

     Cuando uno ya se ha decidido debe acercarse al bibliotecario e indicarle la letra del pasillo y el número del estante del gato que desea llevar, pero a los parroquianos más asiduos nos es más fácil identificarlos por el nombre. Yo los conozco a casi todos, al menos a los más antiguos, que según sean gatas o gatos llevan nombres de escritoras y escritores famosos, lo que nada tiene que ver con que narren historias de dichos escritores (para eso están los libros ordinarios). Poe es pálido y tiene una mancha en la cara, como un pequeños bigote; Woolf, pareciera siempre tener la mirada perdida; Tolstoi, lleva la barbilla peluda y abundante; Borges, ya casi no ve de lo ciego que está; Christie tiene el pelaje rizado; y Bukowski fue rescatado de las calles, donde perdió un ojo en una riña. El encargado le anotará el gato que lleva en el sistema, lo meterá dentro de una jaula de transporte y le entregará un paquetito de alimento de cortesía (del resto se debe encargar uno, bajo pena de suspensión por devolver un gato hambriento). Así parte uno con la caja del asa y al llegar al hogar libera al gato en la sala o en la habitación, según el lugar en que se habitúe leer. Luego uno se sienta o se acuesta, cómodamente, cuidando de evitar cualquier distracción, y espera a que el gato se digne a subir a su regazo. Este punto es importante, todo depende de la voluntad y ganas que tenga el gato de hacerlo, porque si no tiene interés no hay nada más que hacer, la lectura forzada no resulta. El gato vendrá cuando quiera y pueden pasar días sin que se anime a subir o simplemente no lo hace durante todo el período del préstamo y ahí debe uno levantar el teléfono y pedir una prórroga, sin que haga falta detallar las razones, el personal de la biblioteca ya está acostumbrado.  

     Si logra que el gato se suba a sus piernas hay que estar dispuesto a que pase unos minutos amasando la barriga para acomodarse. Hay veces que en el ímpetu por amoldarse sacan sus garras y se la entierran a uno, no se asuste, los lectores de gatos empedernidos solemos llevar varias marcas en nuestro abdomen o piernas y eso, créame, lo hace a usted más interesante a la hora de querer participar de un club de lectura de gatos, por ejemplo. Sabrá que el felino está a gusto cuando comience a ronronear, señal de que usted está listo para comenzar la lectura. No es necesario que el gato tenga una posición determinada, éste puede estar con la cabeza apuntando hacia sus pies o con ella sobre su regazo, lo importante es que esté ahí. Entonces debe cerrar los ojos, sí, me oyó bien; recuerde que un gato no se lee como cualquier libro. Si gusta puede acariciar su pelaje, así van entrando en confianza y puede que la historia sea mejor. El principio de la narración se le revelará cuando usted roce suavemente sus bigotes con un dedo, con mucho tino cuidando de no disgustarlo. Toda la lectura se desarrolla en un terreno difuso, un ensueño en que las imágenes, sonidos y sensaciones le serán narradas solo si se logra sintonizar con esa misteriosa intimidad que poseen los felinos. La mayoría no ha podido nunca leer un gato, imagínese, y no hablo de personas sin hábitos de lectura o poca afición a la literatura, esto no se trata de cultura sino de sensibilidad. Son más los lectores decepcionados que regresan a la biblioteca a devolverlo, alegando que no funciona, que está averiado, que los que logran leer uno.

     Durante la narración el gato lo puede sorprender con alguna teatralidad para exacerbar alguna impresión, por ejemplo, si el protagonista besa a su prometida, el gato puede que le lama la mano; si hay una conversación entusiasta, un maullido podría venir a reforzar la imagen del diálogo; y si de las palabras se pasa a una contienda, el felino crispará su lomo y lanzará un chillido destemplado. Mientras dura la lectura, debe ser cuidadoso con los movimientos y cambios de posición, para que el gato no se espante y se vaya. Y si la quiere dar por terminada, basta con acariciarle la cola, funciona como un marca páginas para que luego la retome donde la dejó.

     En el intertanto, el gato queda libre de ir por donde le plazca, ninguna novedad para un gato, claro. Pero probablemente buscará quedarse sobre un mueble o alguna altura donde pueda permanecer vigilante. Al llegar a su casa por la tardes sentirá usted la presencia lejana de unos ojos que lo miran con indiferencia. O aparecerá inesperadamente desde algún lugar de la casa y se acercará a usted frotando su peludo cuerpo contra sus piernas, buscando que lo acaricie.

     Esta tarde fue distinto. Afuera llovía persistentemente cuando de pronto oí los rasguños en la puerta. Me levanté a abrir y el gato entró completamente empapado, tiritando de frío. De inmediato lo tomé en mis brazos y me acomodé en el sillón con él. Poco a poco me fui quedando dormido y comencé a experimentar la sensación de que esto ya había sucedido antes, no a mí precisamente, sino que le había pasado a otros, a lo largo de la historia. Comprendí entonces el secreto más profundo del cosmos felino, la historia de este gato me reveló el misterio. Por más que uno lo intente y haya algunos que estén convencidos de haberlo logrado, jamás nadie podrá leer un gato.