My Stories

De tarde a las tres, el mar y dos vestidos blancos

luego de algunos días desconectado, regreso con está pequeña historia.


Mi madre de pie en la terraza, más abajo la ancha franja de arena y luego el mar de domingo, tan sereno en verano como sus ojos. Así la recuerdo aquella última tarde, hermosura-silencio y jarra de té entre las manos, pelo castaño dejándose enmarañar por la brisa, vestido blanco dibujando sus pechos, las curvas de su cuerpo, pensamientos extraviados tan lejos, en algún húmedo lugar cerca de la vida o de la muerte. El resto pudo ser simple decorado: yo desde la puerta de cristal envidiando su perfección, un par de maletas en la sala, mi padre que intenta disimular su nerviosismo y dice, vámonos, Esther llegará en cualquier momento. Lo dice con aparente normalidad, como si solo se prepararan para salir a un paseo. Despedidas. Ella se acerca y promete que todo saldrá bien, que en unos días estará de nuevo en casa.
Media hora después está el auto devorando quilómetros en la autopista Monumental y yo todavía en la terraza, justo en el lugar que ocupaba mi madre media hora antes.
A mi entera disposición quedó el closet lleno de ropas y zapatos, los perfumes, los cosméticos, el bendito espejo-dime-ahora-quién-es-la-más-hermosa. Me dejé caer en el sofá y traté de imaginar cómo sería sentirme triste. Era de suponer que me sintiera triste. Pero no pude, la tarde estaba radiante y mi madre prometió que todo saldría bien, era cuestión de esperar un par de semanas; esas cortas vacaciones que nunca están de más.
Esther llegó con retraso, como siempre que debía cuidarme. De haberme preguntado les hubiera dicho que mejor la soledad. Mejor la casa toda para mí, desde al baño a la cocina, de la terraza al comedor, de mi cuarto al de mi madre y allí cada espacio para inventarme una vida usurpando un poco la suya. Sí, mejor el espejo y los vestidos blancos. Mejor no pensar en la operación y los sueros, en la ausencia de la única persona capaz de comprender, de aceptar. Pero entonces Esther que llega y revienta la burbuja, reparte órdenes, horarios; organiza de manera distinta pues se supone que en lo adelante todo será distinto. Tienes que obedecer y dejar las boberías, dice. Es hora de que comiences a ser menos egoísta, ya estás bien grande. Tu madre está muy enferma y todos tenemos que ayudarla, así que compórtate, recuerda que la abuela Alba murió de eso. Gracias dios contigo será distinto.
Esther habla con morbo, pero también con miedo. De todas maneras te equivocas, mi madre no es la abuela Alba, eso quise decirle. Sin embargo me conformé con bajar la cabeza y regresar al balcón para no remarcar lo evidente. El mar seguía tranquilo, con un azul que se iba degradando a gris con el avance de la tarde. Las olas llegaban hasta la orilla para depositarse mansas, aguardando por la siguiente. Así imaginé los días por venir. Días de espera en paciente mansedumbre. Volví a pensar en la belleza de mi madre con su vestido blanco, la tela ajustando las formas de su cuerpo, en el pelo amielado y muelle rodándole por los hombros, risos vivos como oleaje de otoño.
Han pasado seis meses. Entro a la casa y voy hasta el cuarto de mi madre. Cierro la puerta, me desnudo y me pruebo alguno de sus vestidos. Me miro al espejo. Estudio mi silueta. Pongo unos rellenos y disimulo unos pechos desafiantes. Los saco, los pongo: tres, cuatros veces. Finalmente me desnudo y levanto el brazo izquierdo. Con el derecho me palpo la tetilla, aprieto con suavidad toda la zona. Por suerte conmigo será distinto. Eso dice Esther y repite a veces mi padre. Pero en realidad el alivio me llega a medias. Demoro todavía un poco en decidir con cuál ropa salir a la sala: vestido blanco o pantalón. Lo que equivale a decidir, tal y como ellos lo ven, quién los acompañará esta noche a la hora de la cena. Sería lindo que mi madre regresara. Sería lindo estar los dos en la terraza una tarde cualquiera de domingo, a las tres, la hora perfecta, el sol llegando de frente y nosotras de blanco, su pecho tan plano como el mío, pero los dos felices de tenernos, hablar de las cosas que nunca hemos podido, de esas que nunca podré hablar con mi padre porque él no comprende. Nunca lo hizo.