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El hombre del espejo

El hombre del espejo


El hombre del espejo por fin se ha vuelto un extraño, ya no me representa a mí, sino a un ser irreconocible abandonado desde otro tiempo, alguien enloquecido por un ayer incierto, tan fuera de su alcance que en sueños lo añora sin apenas saberlo.

 

Al margen del presente, que le repudia como si no pudiera digerirle, y frente a un turbio mañana que aguarda desencantado, ¿por qué intentar asomarse, una y otra vez, a aquel reflejo vacío que le rehúye?

 

Pues por los instantes que compusieron una vida, por la melodía añeja de aquel baile eterno, por ese petricor estival con sabor a nostalgia, por el regusto inmarcesible de tal beso, por cada recuerdo, todos veleidosos e imprevisibles aunque mágicos a su peculiar manera, como un céfiro helado fundiéndose en la vieja luz de aquella farola de barrio, con esa anaranjada calidez tan familiar, donde el parque de siempre, cuando la felicidad se antojaba profundamente inevitable...

 

Sin embargo, hoy languidecen los retales de aquello: la nada. El vitrificado azogue le escupe reverberante hacia lo desconocido, ante un enjambre de rostros llorosos y ajenos que alguna vez pudieron significar algo:

 

—¿Quiénes sois?

 

—Somos nosotros, papá...