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El hombre parsimonioso

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            Tardaba algunas horas en despertar realmente. Tenía los ojos abiertos,    andaba y respondía algunas preguntas cortas como si estuviera despierto, pero aún no era él. En esos instantes se movía por inercia, en un modo automático que lo arrastraba lentamente desde el sueño hacia la vigilia. Las tareas matutinas eran mecánicas: ducha, ropa, café, espejo, llaves y buenos días al conserje del edificio. Nada muy elaborado, y si por alguna razón debía responder una llamada telefónica, trataba de evadir cualquier palabra comprometedora y terminaba prometiendo a su interlocutor que lo llamaría más tarde. «Déjame pensarlo», era una respuesta neutra que lo eximía de tener que salir de golpe de ese estado difuso.

            Recorría las calles del barrio con paso cansino. Siempre pegado a la parte interior de la acera, para que la muchedumbre que venía detrás lo pudiera adelantar sin problemas. Miraba todo a su alrededor con particular curiosidad, tomándose todo el tiempo del mundo si algo le llamaba la atención, como ese gato plomizo que acechaba a una paloma desde el borde de una ventana, un cachorro, se veía, por los manotazos juguetones que le lanzaba al ave, viéndola más como entretención que como un festín. Estudiaba las formas y las maneras de las cosas y de la gente, percatándose de detalles que la mayoría presurosa pasaba por alto, como el vagabundo de la esquina del metro, que siempre sostenía su cigarrillo con la mano izquierda y guardaba en su abrigo una libreta con sus dibujos.

            Me atrevo a aventurar que nadie más que él conocía la forma de todos los árboles de la plaza, y a veces pronosticaba la próxima canción que tocaría el músico callejero. Usted podría afirmar que solo se trata de un buen observador, pero hay más que eso. Con las pocas frases que alcanzaba a escuchar cuando pasaba gente a su lado podía construir una teoría sobre los argumentos previos que llevaron a esa persona a decir lo que había dicho, o comprender la emoción desde la que hablaba. Además de la elección de las palabras, había un tono e intensidad que las definían.     

            Sus maneras a veces exasperaban a los demás. Ceremonias pausadas precedían a tareas sencillas y rápidas, algo que la cultura de lo instantáneo no tolera. Abrocharse los zapatos requería perfecta simetría en el largo de ambos cordones, lo que conseguía levantando los extremos y comparando sus puntas; si la longitud era dispar soltaba el más largo en cada uno de los ojales y estiraba el desfavorecido hasta igualarlo. Luego los cruzaba y apretaba para darle la vuelta necesaria para formar una mariposa armónica. Sentía una afición por las formas sutiles, las trivialidades que apenas se destacaban dentro de un todo eran para él esenciales.

            Se regía por las leyes del equilibrio, entendiendo que su esencia reposada compensaba la celeridad de la gente apresurada. Para llegar a una cita sin retraso salía horas antes de lo señalado, dejando tiempo suficiente para ocuparse del camino, que a menudo era más placentero que la finalidad del mismo compromiso. Prefería siempre caminar que tomar locomoción colectiva y las escaleras por sobre los ascensores. Iba por la vida paso a paso, lo importante no era andar más rápido si no llegar más lejos. En el trayecto olía la estela del perfume que las mujeres dejaban al pasar, el tabaco de los oficinistas mesurados y el café recién colado que servían las muchachas en las terrazas del centro. La lentitud le permitía estirar la percepción del tiempo, capturar el alma esquiva de lo que se mueve y no caer en la trampa de la inmediatez. No tenía ninguna hostilidad hacia el reloj, era absurdo emprender una quijotada contra un poder inevitable, así que había decidido abordarlo por la tangente, no dejando que su andar determinara el ritmo de sus pasos.

            En las charlas era uno de los predilectos. Pese a que no se consideraba un conversador muy interesante, todos se le acercaban queriendo contarle algo; sabían que siempre estaba dispuesto a escuchar, fuera quien fuera y tuviera lo que tuviera que relatar. Si alguien le pedía consejo, eso sí, tardaba un rato largo en dar una respuesta, probablemente porque cuando el hablante enunciaba el ¿Qué cree usted que debo hacer?, él recién estaba procesando el ¡No sabes lo que me pasó! Y mientras le hablaban, él se empeñaba más en descifrar los gestos y las inflexiones de voz antes que las palabras, ¿Me está escuchando?, Sí, claro; aunque a veces su atención flotaba a la deriva con ideas y fantasías que iba construyendo a partir de lo que oía.

            Cuando regresaba a casa por las tardes, el hombre parsimonioso calentaba la comida a fuego lento, bebía una copa de vino a sorbos breves y masticaba trozos pequeños de su cena. Esto incomodaba a sus eventuales acompañantes, que ya iban por el postre cuando él recién comenzaba a cortar la carne en pedazos diminutos. Luego se arrellanaba en el sillón y abría el libro de turno, leyendo no más de diez páginas cada noche, y volviendo a releer cuantas veces fuera necesario hasta lograr desentrañar la quintaesencia de la obra.

            En noches melancólicas recordaba viejos amores, tardaba meses en enamorarse, pero demoraba años en olvidar. Del rencor se olvidaba más rápido, por lo que procuraba anotar el nombre de sus enemigos en una lista negra que mantenía en su libreta. En una de sus tantas libretas y cuadernos donde anotaba impresiones y frases que se le venían a la cabeza, y que desparramaba por la casa en lugares predecibles, como el escritorio y la mesa de luz, pero también en sitios insólitos como en la ducha y sobre el fogón de la cocina.

            El hombre parsimonioso gustaba de escribir, y cuando lo hacía, sus movimientos eran curiosamente rápidos. Y era prolífico (no confundir parsimonia con flojera), acumulaba pilas de hojas mecanografiadas con poemas, novelas, ensayos y cuentos. Todas las noches escribía, escarbaba en los detalles recopilados hasta encontrar la punta de un hilo que pudiera tirar y hallar alguna historia que contar. Claro que también había noches en que la inspiración le era más esquiva, y decidía hablar un poco de sí mismo, a pesar del pudor, que pronto superaba y se arrojaba contra las teclas a contar de sus miedos, esperanzas y certezas. Sus dedos frenéticos advertían que el estado de alerta que alcanzaba por las noches era una excepción al resto del día y lo debía aprovechar, pues sabía que a la mañana siguiente tardaría algunas horas en despertar realmente. Machacaba las teclas con fervor antes que la vigilia lo abandonara. No había tiempo que perder, tac-tac-tac, sonaban los pequeños cuadrados negros cuando los golpeteaba con fuerza. Debía intentar meter un universo en un relato, que valiera la pena desafiar a la página en blanco. No apartaba la vista de la pantalla, no despegaba los dedos del teclado, no había tiempo para tomar un café o ir al baño, solo escribir, solo traspasar las impresiones capturadas. Apurar la palabra, acelerar la frase, apretar el párrafo, estrujarlo todo hasta que sangrara, hasta dejar el alma en esa carrera vertiginosa. Debía apresurarse, no le sobraba el tiempo. Era imperativo que acabara antes que  los párpados se le desplomaran y ya fuera demasiado tarde. Esa noche escribiría una historia que no podía escribir nadie más que él, la historia del hombre parsimonioso.