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Jack O Lantern

Jack o Lantern


JACK O LANTERN
 

Por Margarita Borrero

 

Tres Cruces. El barrio de invasión donde nos corresponde enseñar normas básicas de salud e higiene se llama Tres Cruces. Podrían ser trescientas; una por cada habitante del vecindario. Está al final de una cuesta muy empinada, como si fuera el camino hacia el Gólgota.

 

Mis compañeros de bachillerato y yo hemos de cumplir varios requisitos antes de graduarnos; uno de ellos es completar el programa del vigía de la salud. Consiste en ir a barrios marginales y enseñarles cosas de este tipo: nunca poner telarañas en las heridas, hervir el agua que se vayan a tomar y lavarse bien las manos con jabón antes de las comidas. Estas últimas instrucciones parecen una burla cruel porque en aquel vecindario las personas ayunan con frecuencia por falta de un bocado que echarse a la boca. No hay acueducto ni agua corriente. A nuestros supervisores les da lo mismo. Lo importante es ceñirse al programa.

 

La psicóloga del colegio nos prepara para nuestra misión. Advierte que son muy precarias las condiciones en que vive esa gente, pero nunca debemos dejarles ver el pesar que sentimos. Nada los insultaría tanto como nuestra lástima. Nos dice: «los pobres tienen una sola posesión de valor aparte de sus vidas y es su dignidad. Si ustedes les quitan eso, los van a despojar de algo precioso». Enseguida interviene la profesora, que es la encargada de acompañar nuestras visitas semanales. Su lista de instrucciones es la siguiente: que mantengamos las distancias; que las alumnas nos recojamos el pelo para evitar que se nos peguen los piojos; que no recibamos nada de comer o de beber; que seamos en extremo correctos y que no convirtamos nuestra labor en algo personal. De ninguna manera. Lo que pase en Tres Cruces, ha de quedarse en Tres Cruces. Como si se tratara de Las Vegas.

 

A mi compañero Manu le corresponde ser vigía de una familia donde hay tres niños quemados. Hace un par de años su casa se incendió cuando el mayor de ellos –que sólo tenía siete años entonces– fue a prender la estufa de queroseno. Le estalló encima. No pudieron huir del fuego porque la puerta estaba cerrada. Con candado. La madre los había dejado solos y bajo llave para que estuvieran protegidos mientras ella iba trabajar. Sus rostros no tienen cejas ni pestañas. Las pieles parecen moldeadas con plastilina por unas manos torpes e infantiles. Presentan un comportamiento errático y resulta muy difícil enseñarles las nociones básicas de salud e higiene. Manu cuenta que, en cualquier momento, uno de ellos grita: ¡fuego, fuego! Los tres huyen despavoridos y ya no hay manera de encontrarlos.

 

En algún lugar de esas cabezas tan pequeñas ya se ha fijado el In

                                                                                                                      fier

                                                                                                                              no.

 

La fisonomía de Tres Cruces cambia constantemente. Tras un fuerte aguacero desaparecen puñados de viviendas y surgen otras nuevas. Son como la mala hierba; frágiles pero obstinadas. Lo normal es que las casas empiecen por ser de cartón, madera y plástico y que luego les pongan paredes de ladrillo y tejas de zinc. Los perros se echan sobre el suelo como puños, con arrinconada pesadumbre, indiferentes a las goteras que intentan acribillarlos desde los techos. La lluvia reblandece la tierra del único camino de acceso a Tres Cruces. Nuestros zapatos se hunden en un lodo pestilente, blando, de color marrón rojizo. Eso ralentiza la subida. Los del barrio saben que en cualquier momento la lluvia arrancará sus viviendas de cuajo y entonces se deslizarán como un ataúd sobre una montaña de fango. Con ellos adentro.

 

Todo lo que veo en este vecindario aprieta mi corazón y lo deja convertido en una uva pasa. La profesora repite las mismas instrucciones antes de cada visita: mantener la distancia. Una actitud correcta. No convertir nuestra labor en algo personal. ¿Qué significa eso? Tal vez que la miseria ajena no nos concierne.

 

La vivienda que me asignan como vigía forma parte de un semicírculo de casuchas, todas construidas alrededor de un patio. Visto desde la entrada, al fondo, a la derecha, hay una construcción cúbica hecha de ladrillos que mide unos dos metros de alto. Es el baño. Huele a orín y a estiércol. En su interior hay un agujero rodeado por un cilindro de plástico que levanta unos treinta centímetros del suelo. Lo comparten seis familias. Me explican que solo un puñado de las viviendas de Tres Cruces puede presumir del lujo de una letrina. Comienzo a entender de qué está hecho el lodo rojizo en el que se hunden nuestros zapatos cuando subimos al barrio.

 

El insulto más frecuente entre los niños de Tres Cruces es llamarse unos a otros «muerto de hambre». La mayoría come una única vez a lo largo de la jornada. Si hay suerte. Los perros pasan semanas sin comer. Tienen el pellejo tan pegado a los huesos, que parecen modelos dotados de movilidad para estudiar la estructura ósea de los canes. Son figuras tétricas enganchadas al garfio de la muerte.

 

La familia que me han asignado está compuesta por una madre, llamada Marta, –a quien veo solo la mitad de las veces– y su hijo, Orlando. Acaba de cumplir once años. Huele a polvo compacto y viejo, lleva raídas las mangas de su uniforme escolar. Es buen estudiante. Su perra se llama Candy. Es de raza indefinible y de color canela, aunque está tan sucia, que quizás en origen fuera blanca. 

–Candy significa dulce en inglés –le digo a Orlando una tarde.

–Umjú.

Me muerdo la lengua por mi estupidez, como un castigo brutal; aprisiono la punta entre mis dientes hasta hacerme daño. Candy estira el pescuezo, me dedica su mirada llena de compasión y menea la cola.

 

Al fin llega octubre. En nuestro colegio privado, en mi aula, los adornos de las distintas fiestas de fin de año han acabado por mezclarse en las cajas: en vez de haber una para la decoración de la Noche de brujas y otra para Navidad, hay dos cajas con adornos de las dos fiestas. Aborrezco ese desorden, pero no tengo ganas de separar sus contenidos. Mis compañeros y yo colgamos en el techo varias ristras de murciélagos de cartón negro. También tallamos una calabaza –su versión criolla se llama ahuyama– hasta dejarla convertida en un Jack O Lantern. Uno de mis compañeros toma la gorra de San Nicolás y se la arroja a otro. Y ese a otro y ese a otro, hasta que acaba sobre la cabeza de Jack en medio de un concierto de risas. Cuando encendemos la vela en su interior, no conseguimos que sus ojos ígneos y su boca hecha toda de colmillos provoque miedo. Nadie se asusta ante una cara horrorosa si lleva puesto un gorro navideño. Nadie. Lo fundamental en esta fecha es ver películas de terror y empacharse de dulces. Para los niños de los barrios de invasión, lo que importa son los dulces. Sobre todo los dulces. Más que cualquier otra cosa en este mundo. La noche de brujas es la única fecha del año en que pueden comerlos hasta el hartazgo. Matizo. Es el único día del año en que pueden comer algo hasta hartarse.

 

En cada una de nuestras visitas a Tres Cruces, llevamos una bolsa con paquetes de lentejas, arroz, café, garbanzos y latas de atún. Cada quien carga solo lo que puede, que no es mucho, pero las familias nos dan muestras de gratitud desproporcionadas. Noto que Candy se ha puesto gorda y hago un comentario alegre sobre su buena salud. Orlando aclara enseguida que «la muy puta se ha dejado preñar». Su rostro se tuerce en una mueca iracunda. De repente, se dirige a la perra y expulsa sus insultos con un odio feroz: «puta, puta, puta». Candy agacha las orejas en señal de vergüenza. Me dedica su mirada de color ámbar; tan cargada de congoja que me hace añicos el corazón. Las lágrimas se le han cristalizado bajo los ojos en forma de surcos mugrosos. Procuro no convertirlo en algo personal.

 

La fiesta de brujas coincide con una de nuestras últimas jornadas como vigías de la salud. Uno de mis compañeros de clase propone una idea; como cada quien tiene un Jack O Lantern en su casa, en lugar de tirarlo a la basura –que es lo que hacemos todos los años–, sugiere que los regalemos a las familias del barrio: son cinco kilos de comida para ellos. La profesora que nos acompaña aprueba la iniciativa.

 

Octubre es sinónimo de lluvias torrenciales e inundaciones en Bogotá, lo que hace que el ascenso de la cuesta enlodada se haga más duro, sobre todo por el peso adicional de aquellos cinco kilos. La madre de Orlando llega justo cuando él y yo estamos a punto de concluir la lección. Descubre el Jack O Lantern sobre su lecho.

–¿Y eso? –pregunta.

–!Ah!, pues que nos dieron ahuyamas, mamá.

–Calabazas –corrijo yo. Y maldigo mi imprudencia.

–¡Nos dieron calabazas! –repite la madre.

Siento tanta vergüenza que me gustaría poder agachar las orejas.

 

Un trimestre es poco tiempo para que las familias aprendan todo lo que necesitan sobre salud e higiene. Es insuficiente para ahuyentar a escobazos el fantasma del hambre. Pero es el periodo que exige el programa. Ni un día más. Coronamos la cima por última vez para repartir un mercado grande en cada casa; es nuestro regalo de despedida. También, para decir adiós a las familias. Cuando llego a donde vive Orlando, lo encuentro con su madre y percibo en la habitación un leve aroma a leche tibia. Candy acaba de parir. Sonrío al ver con cuánta ternura lame a sus cachorros mientras ellos maman de sus tetas flacas, sucias y alargadas. Son cinco, todos de un color imposible de clasificar; a medio camino entre la ceniza y el cieno. Orlando y su madre reciben el mercado y me dan las gracias. Ella dice que espera con ansiedad las jornadas del año siguiente. Sin dejar de hablar conmigo, abre un costal y mete en su interior a los cachorros, uno por uno. Ya debo irme, pero me retiene la curiosidad. En la penumbra, veo que Marta cierra el bulto, se lo lleva afuera y lo estrella con violencia contra la pared. Una, dos... hasta siete veces. La tela se llena de aullidos de dolor y de sangre. Después solo queda silencio y sangre. Silencio y sangre. Permanezco inmóvil. Candy, de pie y junto a mí, también está quieta; la cola entre las piernas, las orejas tan agachadas que parece que le pesaran y le hundieran la cabeza. La gira despacio para clavar en mí su mirada de alma rota. Ambas ahogamos un aullido de dolor. Tardo infinitos segundos en lograr que mi voz obedezca, que suba a mi garganta, pero entonces apenas si alcanzo a balbucir: «¡Cómo puede... Usted... Cómo puede!». Marta tira el bulto al suelo y le da un puntapié. Me enfrenta con los brazos en jarras, levanta la cara de forma altanera y dice: «¿Y con qué se supone que los alimente cuando ustedes se vayan? ¿Con ahuyamas?».

 

A ciertos recuerdos es preferible quitarles el sonido. O apagarlos del todo. Igual que se hace con algunas películas de terror en las escenas más atroces.

 

Quitamos los adornos de Halloween del aula y los reemplazamos por los de Navidad. Mis compañeros y yo recogemos los murciélagos de cartón y los metemos en una caja que cierro con mil vueltas de cinta para que todo el horror quede atrapado en ella. Entonces nos concentramos en la Navidad. Hay un san Nicolás bondadoso y gordo, un ángel dorado y risueño y un ambiente alegre, lleno de color. Nos reímos inmersos en un ataque colectivo de amnesia, listos para la fiesta que se avecina. Buñuelos, natillas y pavo relleno sobre un mantel inmaculado y blanco.

 

Pero yo me acuerdo de Candy todos los días y no puedo comer dulces sin llorar. He sido desobediente. La miseria ajena se ha convertido en un asunto personal.