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La ley del más fuerte

La ley del más fuerte


El director paró la grabación con suma brusquedad, alegando la inutilidad de los actores y, dicho fuera de paso, de la mayoría del personal allí presente.

            ―¡Corta, corta! ―dijo, con un soplido de impaciencia―. Por Dios, ¿es que no sabéis hacerlo mejor? Llevamos  casi dos horas con esta escena, y me estáis sacando de quicio.

            La cara de los dos actores, que protagonizaban una secuencia en la que debían pelearse, revelaba que ya no sabían cómo afrontar las exigencias de quien debería ser su guía, y por el contrario llevaba días comportándose como su verdugo.

            ―¡Tu actitud no es creíble! ―le espetó al chico―. ¡Estás discutiendo con tu futura esposa, y la situación es tan grave que peligra hasta la misma boda! ¡Más acritud! ¡Más agresividad! ¡Y tú…! ―se giró de golpe hacia la chica, que no pudo evitar sobresaltarse― ¿Te crees que eres Cleopatra? ¡Deja de fijarte en cómo quedarás ante la cámara y céntrate en tu actuación! ¡No se puede ser más patético, claro está!

            Los pobres protagonistas no sabían ni dónde mirar. Él, Mateo, lo estaba dando todo, y tenía el apoyo del resto del equipo, ya que todos estaban de acuerdo en que su actuación era espléndida; y ella, Lorena, humilde en todas las facetas de su vida por extrema convicción, nunca se habría imaginado que llegaría el día en que la tildarían de engreída. Además, ¿por qué daba el director por supuesto que se iba a obsesionar fijándose en su imagen? ¿Por misoginia? Probablemente, pero como en tantas otras facetas de la vida, aquella vez optó por callar injustamente por el miedo a no poder labrarse un futuro si no lo hacía.

            El director, que al parecer vivía una realidad retorcida y distinta a la del resto de los mortales, había diseñado su apariencia deliberadamente a semejanza del estereotipo de director de cine de Hollywood de los de antes. Ajeno por completo a los comentarios, se paseaba por los sets de grabación con pretenciosos aires de diva, y menospreciando al prójimo. Bautizado como José Enrique, se hacía llamar Francesco por aquello del caché internacional, y vestía mocasines italianos a diario, combinados con un traje completo sin corbata, o bien con polos a rayas de colores llamativos y tejanos. Lo que nunca faltaba en su atuendo era la típica boina roja de pintor francés, que hacía juego con su barba milimétricamente recortada y engominada, y un tedioso tic lingüístico que consistía en acabar la mayoría de las frases con un “claro está”.

            ―Vamos, repitámoslo por enésima vez ―dijo, sin ninguna piedad.

            Los protagonistas intentaron concentrarse tras aquella, también enésima, salida de tono de Francesco.

            ―¿Por qué me hablas así? ―De esa forma empezaba la discusión de Lucía y Martín, los dos personajes protagonistas, que ya tantas veces habían intentado grabar. Era ella quien hablaba―. ¿Por qué, si tengo razón, tienes que hablarme de ese modo?

            ―¡Porque no tuve otro remedio! ¡Siento que me acusas de algo que no pude evitar! Era una inversión segura, ¿qué culpa tengo yo de que saliera mal?

            ―¿Pero tú te escuchas cuando hablas? ¡No es que tengas o no la culpa, es que no podías estar seguro de que saldría bien!

            ―¡Me dijeron que sí!

            ―¡Y tú fuiste un ingenuo y te lo creíste! ¿Dónde están tus amigos ahora? ―Hizo una pausa dramática para que la cámara pudiese coger un primer plano de la expresión atónita de Martín―. ¡Ese dinero lo necesitábamos!

            Martín no se dejaba amedrentar y volvía a la carga.

            ―¿Para qué? ¿Para la universidad de unos hijos que no sabemos siquiera si tendremos? ¡Estás obsesionada en ahorrar!

            ―¡Y es gracias a eso que nosotr…!

            ―¡Corta!

            Se hizo el silencio. Todo el equipo se quedó mirando a Francesco, que estaba sentado en su silla de tela que se había hecho bordar con su nombre por detrás, con el ceño fruncido y apretándose los ojos con dos dedos.

            ―Vamos a ver ―dijo con una calma inusitada, a la vez que inquietante―, esto no se parece en nada a lo que yo tengo en la cabeza, claro está ―hizo un largo y exasperante suspiro, y se levantó―. ¿No entiendes lo que te digo o soy yo que no me explico bien? Mateo, te llamabas, ¿no? Bien. Tienes que ser más mezquino con ella. Te sientes por encima, crees que has hecho bien y que ella está equivocada. Demuéstralo ―se giró para dirigirse a Lorena, dejando como prólogo un eterno minuto en que se quedó mirándola fijamente―. A ti, es que ya no sé qué decirte. Te quiero sumisa. Le respondes con una agresividad que no te pertenece. Lucía no es así. Venga, vamos a intentarlo otra maldita vez.

            Hubo quien dejó un momento sus quehaceres para revisar el guion, porque no daban crédito a lo que oían. La interpretación sexista de Francesco no se percibía en ningún rincón. Se trataba de un corto romántico sin más pretensiones que las de mostrar la vida de una pareja con sus más y sus menos. No había indicaciones que dieran a entender que los personajes debían reflejar una relación problemática, y aún menos, retrógrada. Pero Francesco lo quiso así, y así es como se hizo. O se intentó.

―¿Por qué me hablas así? ¿Por qué, si tengo razón, tienes que hablarme de ese modo?

            ―¡Porque no tuve otro remedio! ¡Siento que me acusas de algo que no pude evitar! Era una inversión segura, ¿qué culpa tengo yo de que saliera mal?

            ―¿Pero tú te escuchas cuando hablas? ¡No es que tengas o no la culpa, es que no podías estar seguro de que saldría bien!

            ―Vale, para, para, para ―interrumpió Francesco―. Esta frase no me gusta nada. Eso de si se escucha al hablar y tal, suprímelo. Vete directamente a la siguiente.

            Por suerte para su amor propio, los guionistas no se encontraban presentes, porque si hubieran sido conscientes del trato que dispensó Francesco a su trabajo, habrían tardado tiempo en despegarse la frustración de encima.

            ―Venga, tirad.

―¿Por qué me hablas así? ¿Por qué, si tengo razón, tienes que hablarme de ese modo?

            ―¡Porque no tuve otro remedio! ¡Siento que me acusas de algo que no pude evitar! Era una inversión segura, ¿qué culpa tengo yo de que saliera mal?

            ―Agh… ―se quejó―. Estáis sobreinterpretaaando… ―dijo, con un tono irritante de padre condescendiente aleccionando a sus hijos―. De verdad que esto me está cansando, ya. Vamos, otra vez.

―¿Por qué me hablas así? ¿Por qué, si tengo razón, tienes que hablarme de ese modo?

            ―¡Porque no tuve otro remedio! ¡Siento que me acusas de algo que no pude ev…!

            ―Evitar, evitar, sí, lo que tú digas. A ver, basta de ademanes. No quiero todas esas florituras y movimientos raros de brazos. ¡Fijaros en el texto, diablos! ¿Esto lo dirías con tantos gestos? No, hay que ser más seco, claro está. Repetidlo, y dejaos ya de tonterías.

―¿Por qué me hablas así? ¿Por qué, si tengo razón, tienes que hablarme de ese modo?

            ―¡Porque no tuve otro remedio!

            ―En serio, ¿se puede ser más inútil? Otra vez ―Lorena, un poco abrumada por la situación, tardó unos segundos más de lo esperado en volver a empezar, lo cual se convirtió en su sentencia―. Mira, ¿sabes qué? Lo vamos a dejar. ¿¡Me oís todos!? ¡Lo vamos a dejar! ―vociferó, pataleando como un niño chico, y señalando a todo el equipo, como si de la gran escena final de una película se tratara―. ¡Se acabó! ¡Esto no lleva a ningún lado! ¡Me estáis haciendo perder el tiempo, y yo no estoy para bromas! ¡Vosotros dos, os podéis dar por apartados! ¡Buscaremos otros protagonistas, no servís para actuar! ―Ante la mirada atónita del equipo, aún se reafirmó―. ¡Sí, me da igual volver a empezar desde cero y repetir hasta los castings! ¡Así que ya podéis prepararlo todo!

            Sin mirar atrás, salió dando un portazo tremendamente ruidoso.

           

 

Unos cinco años más tarde, Lorena y Mateo se encontraron por casualidad en una cafetería, de buena mañana. Ella escribía guiones, y le gustaba llevarse su portátil para inspirarse mientras se tomaba su café con leche, y él era el camarero que servía en ese local que había descubierto Lorena recientemente después de mudarse.

            Se saludaron efusivamente mientras de fondo se oía la televisión con las noticias, ya que aunque el tiempo en qué coincidieron fue breve, guardaban un bonito recuerdo el uno del otro.

            ―Pues ya me ves ―dijo Lorena sonriendo y mostrando su portátil, después de que Mateo le preguntara sobre sus actividades―, escribo guiones.

            ―¿Y eso? ―preguntó Mateo, con admiración.

            ―Tuve que reinventarme. Aunque lo probé hasta el agotamiento, no conseguí entrar en el círculo. Nunca me llamaban. Así que, como me encanta escribir, contacté con unos amigos que hice en uno de los pocos proyectos en los que trabajé, que formaban parte del equipo de guion, y les enseñé unas ideas. Les gustaron, y muy resumidamente, aquí estoy.

            Como aún era muy temprano y no había mucha gente en la cafetería, Mateo se sirvió un café para él y se sentó en la mesa con Lorena.

            ―¿Y tú? ¿Ahora eres camarero? ―le dijo, con mucha curiosidad.

            ―Así es la vida ―respondió, con cierto amargor, y encogiéndose de hombros―. Me cansé.

            ―¿Por qué? ¡Si eras muy bueno!

            ―No sé, por el ambiente del gremio. Demasiada hostilidad. Todo eran rivalidades, malas caras, y poco compañerismo. Hablaban por detrás, y a veces te enterabas de cada cosa…

            ―Pero eso pasa en todas partes, ¿no?

            ―Bueno, sí. Pero hubo algo que colmó el vaso. Me pusieron laxante en el café el día antes de un estreno teatral ―Lorena iba a dar un sorbo del suyo, pero el subconsciente la detuvo de forma cómica―. Poco después, mis padres se jubilaron, así que decidí quedarme con el negocio familiar.

            ―¿Y qué tal te va? ¿Estás contento?

            Mateo usó su tono más solemne:

            ―Te lo diré con toda la sencillez del mundo ―dijo, con una amplia sonrisa―. Soy feliz.

            Lorena no pudo evitar sonreír con complicidad, dando a entender que ella también lo era.

Y así, se enzarzaron en una conversación con tanto entusiasmo que no se enteraron de la noticia de la televisión de fondo, pero hablaban de una nueva figura en el mundo del cine que se encontraba en pleno ascenso, un director llamado Francesco Vergara, que acababa de ganar un premio del cine europeo, y se postulaba como la gran apuesta nacional a los Óscar.