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El ojo descifrando la tiniebla

El ojo descifrando la tiniebla


Tenía comezón en las manos. Tirado bocabajo, sentí la humedad del pasto en el cuerpo incluso a través de la ropa. Olfateé la fragancia de algún manojo de hierba recién  arrancado. En mi espalda se hundía la suela de una bota industrial. Dos voces murmuraban. A juzgar por su tono, el de la bota en mi espalda era un hombre maduro, también era fuerte. El otro era más joven. Esa voz me resultaba familiar.

 

  Por miedo no podría reproducir el diálogo. No recuerdo haber visto el sol ese día. Levanté la cabeza. Traté de apuntar la vista al zénit, buscando no sé qué entre las manchas grises y el cielo. La Estrella del Norte no estaba.

 

  La suela en la cabeza me regresó la vista al pasto enlodado. Detrás de mí; un diálogo intraducible. ¿Cómo me las arreglé para llegar aquí? Trataba de reconstruir los hechos. Imposible. No tenía recuerdos. Era como si todo empezara a partir de ese momento. Respiraba con dificultad. Me miré las manos; húmedas, sucias, picazón entre los dedos, cada uña delineada con una franja de mugre, ardor en los dorsales. Por la presión en la espalda casi podía adivinar el dibujo de la suela. Descifré algunas cruces de poliuretano.

 

  La voz joven se acercó. Confirmé de reojo el arma, negra, metálica, que asomó su mirada por mi costado. El hombre me jaló del cabello.

 

  «No se te ocurra mirar».

 

  Lo escuché con los ojos cerrados. La temperatura del aire cambió cerca de la oreja, sentí ese frío de cuando el viento se estrella contra el sudor sobre la piel. Se alejó. Sus movimientos se reflejaban muy cerca de mí, en la alfombra de luz y pasto adelante, generada por los faros del automóvil. Las sombras movían con violencia sus brazos armados. Negaron, asintieron, dudaron. Se tranquilizaban de pronto. Bajaron las armas y me asusté. Si se detona, me pegaría en la pierna. Me encomendé a las cruces de poliuretano hundidas en la espalda.

 

  No lograba reconstruir. ¿A dónde se fueron los recuerdos? El motor del auto estacionado detrás, licuado con grillos y mosquitos fue lo único que oí cuando callaron las sombras. Había en mi boca un sabor metalúrgico, miedo y tierra mojada.

 

  ¿Llegarían a un acuerdo? La sombra mayor hizo una seña con el brazo armado. Me apuntaba. La nada se tragó la otra sombra. El viejo carraspeó y arrojó hacia mí un gargajo. El cuajo flemático cayó al lado de mi mano. Tiene mala puntería, dije para mí. Me serené un poco. La suela se hundió más. Trataba de no moverme, de no mover ni un milímetro la mano para no tocar el gargajo. La sombra joven regresaba. Apareció primero la cabeza y luego, lento, el resto del cuerpo desproporcionado, negro, cónico, prismático. Hablaron. No entendía nada como si hablaran otro idioma.

 

  Por el surco subnasal resbalaba lo que pensé sería moco líquido, transparente, al pasar por el labio me di cuenta; era sangre. La sombra-voz conocida se acercó a mí, se inclinó. Con la palma abierta abarcó lo que pudo de mi cabeza y la estrelló en el lodo. «Feliz cumpleaños», escuché otra voz adentro. Traté de recordar la fecha. Sin éxito. Sentí ardor en la cara y comezón. No pude evitar mover las manos. Toqué el escupitajo en su plenitud, espeso, tibio. Vino la náusea y luego una arcada. Embarré la mano en el lodo. 

 

  La sombra puso su rodilla detrás de mi cuello y comenzó a hurgarme en la nuca como quien espulga a un niño. Apartó el cabello pero este no tardaba en volver a su sitio. Puso el dedo en un punto dado. «Aquí», pensaría. Separó el cabello con dos dedos. De manera ascendente encajó una aguja. Imposible gritar. Era como si nunca hubiese tenido voz. Volví a apretar los ojos.

 

  Dejé de sentir la suela en la espalda. Intenté levantarme. Abrí los ojos y las sombras se alejaban, desaparecían detrás de mí. No quise voltear. El motor del auto dejó de sonar. Siguió el escándalo de moscos y grillos. Solo vi la oscuridad que se formaba total sobre el pasto, el lodo, el mareo, la distorsión. Luego el rostro frío, duro, el labio inferior pesado.

 

  Se encendieron pequeñas luces como focos incandescentes, uno a uno, azules, rojos, verdes, amarillos, principalmente rojos. Logré coordinar un poco y gateé babeando en abundancia. Chorros de saliva y sangre regaban el césped. Creí escuchar palabras muy lejos, entrando por el agujero de la nuca; palabras sin sentido que no decían nada.

 

  ¿Cómo llegué aquí? Era como estar encerrado dentro de mí con todo aquel terreno negro, y ese ardor y las voces y la aguja en el cabeza. Me puse de pie después de mucho esfuerzo. Adormilado. Viendo algunas luces apagarse mientras otras se encendían, principalmente rojas.  

 

  Caminé sin guía, sostenido solamente de la oscuridad y las luces intermitentes. La Estrella del Norte no estaba. Después de un fragmento de tiempo que recorrí haciendo estallar con mis pasos segundos valiosos, golpeando con los pies minutos y piedras, tropezando cada tanto con las manecillas retorcidas de un arbusto, distinguí, a distancia, entrecerrando los ojos, una hilera insomne de árboles. Resplandores en movimiento horizontal en ambos sentidos más allá de las ramas desnudas. ¿Una carretera? Una esperanza débil. Rumbo a aquellas luces hay que ir, pensé entre el frio pegajoso de la noche. Un presentimiento. Hacia allá están la muerte o la vigilia, pude al fin oírme decir y hacia allá me dirigí.