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Clowns

Clowns


  La decoración de la habitación es ridícula, al menos así le parece. El empapelado tiene grabado globos de todos los colores, la ropa de cama también tiene globos y más globos colgados en una esquina. Saca del bolsillo el manojo de llaves y los explota. Entonces lo ve. Era imposible no haberlo visto desde el primer momento. Sobre la cama, colgado en la pared, está el payaso. La boca abierta en círculo y los ojos de un negro brillante. Parece de verdad.

Se acerca con un poco de recelo y levanta el teléfono. El recepcionista debía estar durmiendo, o drogándose, o haciendo cualquier cosa menos atender a los huéspedes. ¿Te piensas que soy marica?, pregunta una vez le contestan. ¿Cómo dices? Era evidente que dormía o se estaba drogando, o algo, porque su voz tenía ese tono apagado. ¿Cómo se te ocurre ponerme en semejante habitación? Y el payaso aterra. La comunicación se corta, o el recepcionista cuelga abruptamente, así le parece.

Intenta desprender al payaso. Lo hala con toda la fuerza, pero el payaso está incrustado, o peor, es parte de la misma pared.

Vuelve a levantar el teléfono y llama a casa. Patti responde; él se queda en silencio escuchándola maldecir. No puedo creer que seas tú, Michael, llamando a estas horas. Voy a matarte, imbécil. El niño no quiere verte. Ni se te ocurra pasar por aquí en unos días, imbécil, y cuelga, abruptamente, como lo había hecho el recepcionista antes; o la comunicación se cortó. Había escuchado un ruido, la palabra imbécil se había alargado y luego dejó escuchar lo que se decía del otro lado. Pero conociendo a Patti estaba seguro de que había sido ella quien había cortado la comunicación.

¿Por qué lo trataba así? Habían armado un ciclón de algo que no debía trascender. La verdad es que ella lo molestaba, siempre lo hacía. Tienes problemas con el alcohol, acostumbraba a decirle cuando solo tomaba unas copas. Para relajarme, cariño, las necesito para relajarme. Ella insistió en ir al cumpleaños del hijo de Oliver, lo obligó a ponerse el smoking.  ¿Por qué no llevas al niño, a que juegue con otros niños y coma tarta, y yo me quedo descansado? Bebiendo, querrás decir.

La sala de la casa de Oliver estaba decorada con cintas y globos, demasiados para su gusto. Los niños jugaban en el jardín y Oliver le pidió que lo acompañara a la cocina. ¿Wisky?, le preguntó. ¿Por qué no? Ahora no me vendría mal un poco de wisky.

Todo estuvo bien hasta que apareció Patti y lo arrastró a la sala. ¿Qué te dije de beber? Unas copas nada más, cariño, solo para relajarme.

Los niños estaban sentados en el suelo, en el centro un payaso torcía globos: un perrito, una jirafa… Desde el círculo el niño le hizo señas y levantó el gato rojo que el payaso le había hecho. Observó en silencio al payaso; era gordo. Miraba sus gestos, la forma de ubicar las manos. Rompió en una carcajada, al mismo tiempo que gritaba. ¡El payaso es marica! Hubo un silencio seguido por su estridente risa. ¡Mírenlo! Junto a él su esposa lo halaba del brazo. Michael, por favor, no empieces. ¡Míralo, míralo bien, y dime que no lo es! Todos lo miraban consternados. Michael, por favor, contrólate. Él reía y señalaba con el dedo al payaso al mismo tiempo que le gritaba marica. La mujer le dio un bofetón, o quizás el payaso-marica le había dado un puñetazo en el ojo. No recuerda la razón exacta por la cual le molesta el rostro y siente la hinchazón alrededor del ojo derecho.

Ahora te buscas dónde dormir, le había dicho Patti. Vio la mirada del niño desviarse, y los brazos abrazar fuerte al gato rojo hasta escuchar el sonido que produjo al explotarse.

 

 Le duele la cabeza, se siente mareado, deben ser tantos globos a su alrededor. Busca con la vista la botella de wisky; está sobre la mesa, justo donde la había dejado. Pero no hay hielo.

Llama al recepcionista y pregunta por la máquina de hielo. Al final del pasillo, le dice. Pero no le especifica, eso hace el recepcionista, no atender a los huéspedes como se debe.

Camina en círculos durante minutos. Estuvo a punto de ir a la recepción y agarrar por el cuello a ese imbécil. A la mañana se reunirá con el dueño, para quejarse de la mala atención, es seguro que lo hará.

De regreso tropieza con un niño, trae puesta una cazadora roja con el eslogan de los Red Sox. De niño tuvo una parecida, o igual. Descubrió que la del niño tenía una mancha en el hombro izquierdo. Pudo jurar que la suya también estuvo manchada en el mismo sitio. Pero han pasado ya tantos años; a lo mejor lo imaginó.

Se vuelve para preguntarle algo al niño, pero no lo ve. Busca detrás de un bloque de habitaciones, pero ya no está. A lo mejor también lo imaginó.

 

Escucha una música, es la música del carro de los helados. Se asoma por la ventana delantera y allá, en la autopista, está el niño de la cazadora roja junto al carro de los helados. El heladero es gordo, y tiene la nariz roja, y roja también es la boca que se tuerce en una amplia sonrisa. La peluca es de color verde, con destellos azules y amarillos. Señor, ¿me puede dar uno de chocolate? No es la voz del niño la que se escucha, es su voz, y suya es la cazadora, también es su cuerpo el que se pierde dentro del carro de helados cuando el heladero asiente con la cabeza y le hace gestos para que entre.

Ve al heladero descorrer la cremallera del pantalón, mientras él toma helado y la sonrisa roja se deforma a todo lo que da la boca.

Después todo es muy difuso: un portazo, el sonido de golpes y aquella voz. ¿Qué coño le hacías a mi hijo, pervertido? Siente frío cuando el hombre lo viste y ve la mancha negra en la cazadora roja. La voz del hombre, sus palabras. Ya pasó todo, ya. Las lágrimas, el abrazo, el frío.

En su cabeza martillea el sonido de la pala al impactar contra el desierto, el agujero y los flecos verdes-azules-amarillos, filtrándose a través del montículo de tierra.

 

 Un ruido lo sorprende. Corre a la ventana. La autopista está completamente desierta. No hay señal del niño, ni del carro de los helados. Otro trago de wisky. Tuvo que haberlo imaginado todo.

Sobre la cama, colgado en la pared, lo mira el payaso. Se acerca y lo hala con todas las fuerzas, pero el payaso parece ser parte de la misma pared. Busca la navaja y desprende trozos del empapelado junto al payaso. Detrás hay otro empapelado, y otro y otro y otro; más globos aparecen. ¡Oh, Dios mío, debo estar volviéndome loco!

Escucha otra vez la música, pero esta vez no corre a la ventana. Le parece que el payaso se ríe de él; el círculo de su boca se deforma aún más. ¡¿Qué coño miras, payaso-chupapenes?! Los ojos negros le brillan. Parecen reales. Descorre la cremallera del pantalón, se sube en la cama e introduce el pene dentro de la boca del payaso. Embiste con bruscos movimientos. ¡Eso, maldito marica! ¡Eres un jodido payaso-chupapenes! La estridente risa, el mareo, la cabeza a punto de explotar, la fatiga se apodera de él.

 

 

A lo lejos siente la música; unos brazos lo sacuden. Abre los ojos con dificultad; le pesan los párpados.

Ante él, descubre la inmensa sonrisa roja, los brillantes ojos negros, los flecos verdes-azules-amarillos. Intenta gritar, pero algo alargado se filtra hasta su garganta, ahogándole el grito. La música se hace más fuerte, como si estuviera encerrada en su cabeza. La risa estridente; no es su risa la que escucha. El cansancio y la fatiga vuelven a envolverlo; siente su cabeza a punto de explotar.

 

 La muchacha vuelve a tocar en la puerta. ¡Limpieza!, repite y utiliza la llave para abrir la habitación. Le parece raro que esté vacía y la cama hecha, como si nadie hubiera dormido en ella, como si nadie haya estado ahí en un buen rato. Solo está la botella vacía de wisky y un vaso con un trago a medio beber.

Sobre la cama, colgados en la pared, están los payasos.