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Walking on sunshine

Walking on sunshine


Era la canción que más odiaba y ahora la ponían en la radio. Odiaba el verano, la playa. La madre trabajaba los sábados; el padre le ponía el traje de baño y lo llevaba a la playa. Odiaba la arena metiéndose entre los dedos de los pies, odiaba el sol. Pero lo que más odiaba era a los muchachos musculosos que iban a jugar pelota, broncearse, a buscar muchachas. Los odiaba porque al padre se le iban los ojos. Lo sentaba en un montículo de arena. Ponte a hacer castillitos, y se iba detrás de algún muchacho que estuviera seguro no venía buscando muchachitas.

A veces aparecían mujeres que no eran precisamente lo que aparentaban. Entonces tenía que quedarse más tiempo, aburrirse de hacer castillitos, de ver a las olas derrumbarlos, de esperar al padre, ahí, frente al mar, cuando comenzaba a apagarse el sol.

De aquello habían pasado muchos años ya. Ahora vestía uniforme y esperaba sentado en la patrulla fuera del motel en las afueras de la ciudad, justo dónde comenzaba La Autopista 8.

Las dos de la madrugada, anunció el locutor radial después de explicar que hasta el amanecer tendrían éxitos de los ochenta.

Entonces la vio. Era blanca, muy blanca. Usaba un vestido negro y caminaba con soltura a pesar de llevar unos zapatos que él consideraba demasiado altos.

Se bajó del carro para acercarse. ¿Qué oficial, me va a arrestar?, le preguntó con la voz falsa. No, pero daremos una vuelta. Le habían dicho de un pervertido que andaba por La Autopista 8 ofreciendo sexo por dinero.

Dieron vueltas alrededor del desierto, más allá de la autopista. Si vas a matarme hazlo ahora, no dilates el momento. No tengo miedo.

Decidió regresar al motel, pedir una habitación.

En la recepción el recepcionista dormitaba. Quiero una habitación, le dijo. El recepcionista levantó la cabeza; lo miró utilizando una mueca. No es lo que imagina. La sonrisa en el rostro del recepcionista aumentó. Lo agarró por el cuello de la camisa. ¡No soy un puto marica, ¿oíste?! ¡¿Acaso quieres dormir en una celda?! Los ojos del recepcionista se abrieron de manera descomunal. Si yo no he dicho nada, yo no he dicho nada.

 

 El empapelado de la habitación tenía camelias o peonías, la cama estaba casi en una esquina; un enorme espejo cóncavo dominaba la habitación.

Ponte cómoda, si eso quieres. Descorrió la cremallera del vestido, era delgada, el cuerpo desprendía un brillo plateado que hizo que él no dejara de mirarla mientras terminaba de desvestirse. Le pareció linda, quizás demasiado, los ojos eran de un negro intenso, y el rostro no tenía ni una marca o cicatriz. Solo la sonrisa y la boca le parecieron pura falsedad.

¿Entonces?, le preguntó él. ¿Entonces qué? Se llevó las manos a la cabeza. ¿Qué tienes para decir, para defenderte? Se alisaba el cabello. Odias el verano, la playa, los muchachos musculosos bronceándose al sol. Nos odias a nosotras porque no somos precisamente lo que aparentamos. Le parecieron demasiado cínicas sus palabras. ¿Y tú qué sabes? En sus labios apareció la falsa sonrisa de falsa mujer. Todo, a fin de cuentas yo no existo más que aquí. Se acercó y le puso un dedo en la cabeza. ¿Estás diciéndome que solo eres producto de mi imaginación? Se llevó las manos a la cabeza. Bueno, al menos eso parece. ¿Qué tú crees? Con un dedo extendido dio vueltas a un lado de la cabeza. Qué estás bien loca, solo eso. La sonrisa volvió a aparecer.

¿Sabes que todo ese odio podía desaparecer? Toda la roña y la infelicidad de las tardes de sábado ante el mar podían esfumarse como la brisa en la mañana, si solo te lo propones. Se sentó en la cama. ¿Cuánto haces que no lo ves? Se refería al padre. Estás mi cabeza, debías saberlo, ¿no? La miraba esperando una respuesta. Por alguna razón, está vez no lo sé. Le mintió. Desde que era niño. Nos dejó un día. No volvimos a saber de él.

La tarde anterior, en una gasolinera lo vio. Traía una peluca y un vestido negro. Habían pasado muchos años desde la última vez que lo vio, pero a través del maquillaje reconoció la manera de arrugar la frente, de empinar la nariz. Las piernas perfiladas, sostenidas por los zapatos altos, se movían con dificultad, en los brazos las manchas habían tomado su lugar.

¿Y qué muchacho, vienes a ver actuar a esta drag queen?, le preguntó apenas lo vio. Una sonrisa antes de comenzar a cantar: I used to think maybe you loved me now baby I'm sure…
Recordó las mañanas de sábado, cuando la madre se iba al trabajo y el estéreo reproducía Walking on sunshine y el pomo de desodorante se convertía en micrófono. Eran los mismos gestos, el mismo baile y el odioso tarareo. Recordó la playa, los muchachos musculosos y las caderas contoneándose a cada paso.

Recogió un tubo del suelo y lo golpeó en las costillas. ¿Por qué me golpeas, muchacho, si yo no te hice nada? Lo miraba a los ojos. Quería contarle todo. Por tu culpa odio el verano, la playa, el sol y la arena metiéndose entre los dedos de los pies. Por tu culpa mi madre se mató.

El ruido del tubo al golpear el suelo lo sorprendió. Entonces tuvo que reconocerlo. Porque tenía esa mirada, como si aún estuviera esperándolo, sentado en el montículo de arena, mientras el sol se ocultaba en el horizonte. Vio la mano ir hasta la boca, como si estuviera recibiendo la sorpresa del siglo. Dio la espalda, sin darle tiempo a pedir perdón por ser el hazmerreír del colegio, por las amigas de la madre, siempre recordándole quien era su padre, por los sábados.

Llevas demasiado tiempo con eso en la cabeza. Es hora de dejarlo ir. Caminó al espejo, veía su cuerpo reflejarse en la superficie cóncava. Se giró, detrás estaba la voz, y la mujer, pero en el espejo solo estaba él, y el resto de la habitación en penumbras. ¿Ahora me crees? Volvió a llevarse las manos a la cabeza.

¿Me lo harías? ¿Acaso estás loca? ¿Cómo podía pedirle semejante cosa? Recuerda, todo está en tu cabeza, y podía desaparecer si te lo propones.

La tomó por la cintura y la colocó de espaldas. Por momentos le parecía incorpórea, como si no pudiera tocarla del todo. La tiró en la cama y la penetró brutalmente; con la mano ahogaba sus gemidos. Más fuerte, gritó. Redobló el trote. Ahora bésame, pidió. Le mordisqueó los labios, la lengua. Más fuerte, por favor. Las embestidas de pelvis se hicieron más fuertes, casi brutales. Cerró los ojos y sintió algo explotarse en su interior. El primer chorro se disparó; sentía aquello en su interior dispararse también. Un suspiro le anunció que era el fin.

 

 

Cuando abrió los ojos se descubrió  en la habitación, frente al espejo revisaba su cuerpo desnudo; sobre la cama estaba el vestido negro cuidadosamente doblado.

Se vistió despacio, acomodó la peluca y puso maquillaje ligero en su rostro.

I'm walking on sunshine (Wow!), I'm walking on sunshine (Wow!) And don't it feel good, tatareaba cuando salió de la habitación.

Paró un minuto, cerca de la máquina de hielo había un niño usando una cazadora roja con el eslogan de los Red Sox. Luego continuó por la autopista.

Un auto venía; el conductor debía estar demasiado borracho porque avanzaba en zigzag y no lo vio; con el auto se le abalanzó encima.

 

El conductor detuvo el auto. ¡Oh mi Dios!, creo que maté a alguien. Se llevó las manos a la cabeza mientras bajaba del auto. Minutos después el conductor continuaba inmóvil, con las manos todavía en la cabeza. Sobre el pavimento continuaba el par de zapatos altos; a lo lejos, el viento arrastraba el vestido negro.

En la radio, volvían a poner la canción.