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Quinientas formas de morir

Quinientas formas de morir


Quinientas formas de morir

Desde el televisor llegaba la voz de un tipo claramente excitado. Trasmitían un documental sobre la pesca de cocodrilos al sur de la Florida. Hasta el momento no sabía que en el sur de la Florida hubiera cocodrilos y muchos menos tipos dispuestos a pescarlos.

Claudia me pidió que le preparara un té de manzanilla. Dijo que tenía deseos de morirse y creí que no existía nada mejor para espantar los deseos de morirse que un té de manzanilla. Fui hasta la cocina, coloqué la tetera sobre el fogón y registré toda la alacena en busca de una bolsa de té.

Como sucede casi siempre que reviso la alacena, encontré algunas cosas que creía perdidas o que no recordaba haberlas comprado. Le pregunté a Claudia si aún conservaba la lista de la compra, pero ella no hizo otra cosa que recordarme las ganas que tenía de morirse.

Bajé la tetera del fogón, eché el agua caliente en una jarra de porcelana, le sumergí dentro la bolsa de té y le dije que estaría listo en un par de minutos; mientras tanto el tipo había atrapado un cocodrilo, le medía la cola, la cabeza y aseguraba nunca antes haber visto un espécimen tan grande.

Coloqué sobre la mesa una bolsa de leche en polvo, dos paquetes de galletas, cuatro latas de sardinas y una botella de ginebra. Me resultó extraño que yo hubiera comprado todo aquello: prefiero la leche diluida a la leche en polvo, las galletas me dan acidez, no soporto las sardinas y llevo casi cuatro meses sobrio. 

Claudia se acercó a la cocina. Me preguntó si ya había endulzado el té.

-¿Qué sabes de esto?- le dije señalando los productos sobre la mesa.

Ella se cruzó de hombros. Tomó el pomo de la miel, vertió un pequeño chorro dentro de la taza y comenzó a revolver con parsimonia, desgano e inseguridad.

-¿Cuándo fue la última vez que salimos de compra?

-Mi hermano nos trajo algunas cosas- dijo ella en voz baja, como quien rescata un recuerdo perdido.

“Claro”, pensé, “solo su hermano es capaz de comprar tanta porquería”.

Claudia dejó la cuchara sobre el fregadero, agarró la taza con ambas manos y soplando la superficie del agua se fue hacia el cuarto.

Me quedé unos segundos junto a la mesa sopesando si debía echar los artículos a la basura o devolverlos a la alacena.

Desde la sala el tipo no hacía otra cosa que reír, al parecer atrapar cocodrilos le resultaba divertido.

Creí, entonces, que para otorgarle un poco más de sentido a mi vida, y quizás también a la de Claudia, debía inventarme un hobbie, una pasión que ambos pudiéramos compartir. A muchas personas les gusta patinar, salir de excursión, hacer picnic a la orilla de un río, montar en bote, lanzarse en paracaídas, hay quienes coleccionan sellos, postales o rinocerontes en miniatura.

Hice un listado mental de las aficiones que podrían motivar a Claudia y fui hasta el cuarto con una propuesta sólida, pasatiempos que creí, serían inquebrantables. Sin embargo ella rechazó mis  planes, uno por uno. Dijo que no le interesaba la pastelería, la escultura en barro y los muesos temáticos, afirmó que no soportaba el tejido maya, los discos de jazz, las revistas soviéticas ni las plantas ornamentales, refutó mis ideas sobre fundar una organización en contra de la tala de los bosques, la democratización del arte, las redes de espionaje político, la violación de la privacidad informática, o las editoriales que insisten en traducir las novelas de Murakami al español. Solo aseguró que tenía unos deseos enormes de morirse y decidí que una taza de té de manzanilla no sería suficiente.

El sur de la Florida se ha convertido en uno de los principales sitios donde se reproducen los cocodrilos por esta época del año, o al menos eso fue lo que dijo el tipo de la televisión. Mostró ante la cámara una hoja de papel donde había apuntado todos sus logros en el arte de la pesca. Con tinta roja señaló las situaciones más peligrosas, aquellas en las que estuvo de cara a la muerte.

Creí que la idea era excelente, no existe pasatiempo mejor que el de construir listas. Recuerdo que de niño construía listas de todo, o de casi todo: enlistaba los colores, los pájaros, los insectos, los nombres de todas las personas que conocía, las nubes, los dinosaurios, los ríos y los superhéroes. Con el tiempo fui perdiendo la costumbre. Mis listas se trocaron por apuntes de estudio, agendas de teléfonos y productos a comprar en el supermercado.

Fui hasta el escritorio, tomé un cuaderno sin estrenar, le quité la envoltura plástica, agarré un lapicero y ya en el cuarto le aseguré a Claudia que no existe mejor modo de sacudirse de encima los deseos de morir que construyendo listas.

Ella movió ligeramente los hombros. Luego me señaló la taza vacía. La llevé hasta el fregadero, regresé al cuarto y le pedí que me hiciera un espacio en la cama.

-Hagamos un listado- le dije- la idea consiste en coleccionar la mayor cantidad de elementos posibles. Es probable que al final de este cuaderno ganemos un premio Guinnes, o algo que se le parezca.

Ella cruzó los pies sobre la cama, se colocó frente a mí. Pensé que estaba dispuesta a sugerirme algo, pero se quedó en silencio. Tan solo me clavó sus bellísimos ojos negros. Unos ojos negros por los que sería capaz de hacer casi cualquier cosa.

Mi propuesta inicial consistía en anotar el nombre de los emperadores romanos, los presidentes de los Estados Unidos, las capitales de los países del Oriente Medio, los elementos de la tabla periódica, las recetas a base de pollo, cerdo, res, cordero, cangrejo, langostas, pescado y calamar, las películas protagonizadas por Nicole Kidman, Javier Bardem y Penélope Cruz, las canciones de Joan Manuel Serrat  y los cuadros en el Museo de Arte Universal. 

Su negativa fue total, rotunda y aun así, desganada.

-¿Quieres que hagamos el amor?- le pregunté. Extendí mi brazo para soltarle el pelo y desabrochar uno por uno los botones de su blusa. -Puedo hacerte lo que quieras, lo que más te guste. Puedes pedir por esa boca como si fuera el día de tu cumpleaños.

Pero ella apartó mi mano.

-No tengo deseos de templar- dijo- lo único que quiero es morirme.

Se acostó en la cama, se cubrió con la sábana y durante unos minutos me detuve a mirar sus bellísimos ojos negros.

Al rato tocaron a la puerta. Su hermano traía dos bolsas grandes. Me pidió que las llevara hasta la cocina.

-¿Y eso?- preguntó.

-Un tipo que atrapa cocodrilos en el sur de la Florida.

-No sabía que en el sur de la Florida existieran cocodrilos.

-Yo tampoco- le confesé- quizás sea una cuestión del cambio climático, esto del derretimiento de los polos, la capa de ozono y los terremotos.

-Quizás- dijo él- ¿cómo está mi hermana?

-Con deseos de morirse.

-He traído un remedio santo. Jugo de fresa, me dijo un amigo médico que no existe nada mejor para sanar los deseos de morirse que litro y medio de jugo de fresa.

Caminó hasta la cocina, sacó de una de las bolsas el pomo de jugo y lo llevó para el cuarto.

Extraje el resto de los productos y los coloqué en fila sobra la mesa. Creí que podría añadirle a mi cuaderno un listado de las porquerías que compra el hermano de Claudia: salsa mayonesa, pan de maíz, verduras en conserva, espárragos, zanahorias, chuletas de cerdo, refresco instantáneo, harina para hornear y media docena de latas de cerveza.

-Se ha quedado dormida- me dijo luego- quizás cuando despierte haya sanado por completo.

Le agradecí el remedio y las compras, aunque estaba seguro que el té de manzanilla poseía mayores poderes curativos que el jugo de fresa.

El documental sobre cocodrilos le dio paso a otro sobre un grupo de jirafas en cautiverio en la zona norte de California. Hasta el momento no sabía de un grupo de jirafas en cautiverio en la zona norte de California.

Un tipo hablaba de las medidas que se debían tomar para que las jirafas crecieran sanas y fuertes, para que se adaptaran a la presencia de personas y no se echaran a correr cada vez que en chiquillo les tirara una piedra.

Claudia salió del cuarto justo en el momento más interesante del documental, cuando un niño, muy atrevido, por cierto, montaría sobre el cuello de una jirafa. Seguí a mi chica hasta el baño. Ella abrió la tapa del váter y vomitó litro y medio de jugo de fresa. Le sujeté el pelo por encima de la nuca y abrí la llave del lavamanos para que se limpiara el rostro.

-¿Te sientes mejor?- le pregunté.

-No soporto el jugo de fresa.

-¿Quieres ver un documental sobre jirafas?

-No me gustan las jirafas- y regresó a la cama.

La última opción era llamar al hospital. Caminé hasta la sala, agarré el teléfono, pedí una ambulancia. La chica de la oficina de información dijo que la ambulancia solo se usaba para casos graves, me sugirió que machucara un poco de yerba buena, la rociara con canela y la batiera junto a un huevo crudo y media taza de leche. Me dijo que su tía padecía del mismo mal, tomó ese remedio y nunca más ha sentido deseos de morirse.

En la cocina encontré canela, huevos y leche, la yerba no aparecía en ningún sitio. Llamé a las vecinas, la del 4to A me dijo que le quedaba un poco. Eché todo en la batidora, le añadí miel, algunas migas de coco rallado, lo serví en un vaso alto de cristal, con absorbente y sombrilla; pero Claudia dijo que primera muerta antes que tomarse aquella porquería.

Al borde de la impaciencia le dije que no hay peor enfermo que el que no se quiere curar.

-Harás una lista- le ordené- una lista de formas para morir. Luego escogeremos una.

-¿Cuántas debo anotar?- preguntó ella.

-Quinientas, más o menos.

Le extendí el cuaderno y me fui a la sala. El documental sobre jirafas estaba a punto de concluir. De acuerdo a la guía televisiva el siguiente sería sobre una laguna de hipopótamos en la zona este de Nebraska. Hasta el momento no sabía de una laguna de hipopótamos en la zona este de Nebraska.

El material era aburrido, los animales apenas salían del agua y los comentaristas no parecían entusiasmados. Me quedé dormido sobre el sofá. Cuando desperté eran las tres de la madrugada. Claudia estaba sentada en el butacón. Sobre su regazo descansaba el cuaderno de listas.

-¿Ya has terminado?- le pregunté.

Ella, sin quitar la vista del televisor, me dijo:

-Se me han terminado las hojas. ¿No tienes otro cuaderno?

Fui hasta el escritorio, tomé uno sin estrenar. En el televisor trasmitían un documental sobre las Islas del Pacífico, hablaban de unos pájaros muy raros que en determinada época del año tienden a suicidarse. Los pobladores, para salvar la especie, atrapan la mayor cantidad posible de pájaros y los ponen en cautiverio. Construyen unas jaulas bien pequeñas donde las aves apenas puedan moverse. Las alimentan de modo especial, y cuando pasan los meses de peligro, las ponen en libertad.

Le alcancé a mi chica el cuaderno y un nuevo lapicero.

-Se me han ocurrido formas muy divertidas- dijo.

Cerré la puerta de la sala. Guardé la llave en el más alto de los estantes y le pedí que nos fuéramos a dormir.