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De noche todos los gatos

Parte sin título


 

Bajo la carne sangra la piel del silencio,
no hay lugar para el secreto, menos para el engaño;
nada se esconde al vértigo, el sueño, la lujuria,
imposible es callar lo que quiere ser grito incontenible.

Yamila Peñalver Rodríguez. Apología de la diferencia.

 

Llegar tras las huellas de la gata. Un lento recorrido por el barrio. Decidirse por una pregunta, solo una para que el hombre que con evidente pereza fuma en la acera contraria, recostado a la entrada del almacén, diga ¿Aquella mulata…?, sí, vive en ese edificio, en el segundo piso, donde el balconcito pintado de verde.
Oscar mira al edificio, al segundo piso, al balconcito pintado de verde en un edificio donde todo está pintado de verde.
Entonces hacerse el desentendido cuando el otro abunda en intrascendentes comentarios de barrio. Detalles que, por demás, ya conoce o imagina, pues son los mismos en cualquier lugar. Despedirse con fingida amabilidad. Estar muy seguro de lo que quiere, aunque todavía sin la claridad de cómo lograrlo. Decidir que lo mejor es continuar merodeando por los alrededores, confundirse con la gente que hormiguea de prisa, a la caza del menor resquicio de una sombra que los proteja del sol citadino a media mañana. Hacer lo posible por actuar con naturalidad y no perder de vista el verde edificio. Hallar la manera de mantenerse cerca hasta que caiga la noche sin resultar sospechoso.
La gente, cansada y monótona. Las calles, largas y monocordes. Las construcciones, vetustas y monocromáticas. El ritmo de una ciudad que se evapora en medio de la nada. Oscar en su mecánico deambular mientras las horas se reblandecen. Los pensamientos extraviados en uno de esos días en que eligieron el Boulevard de la calle Obispo y vieron por primera vez a la gata. Se habían sentado a beber un par de cervezas en La lluvia de oro y él hablaba de cualquier cosa, cuando notó que Mario no le ofrecía la más mínima atención. Su mirada descansaba fuera, justo sobre la mulata que se había detenido en la acera de frente y arreglaba uno de sus zapatos. Era casi adolescente, figura sutil y felina, pero con una elegancia tal que todos los hombres volvían la vista para mirarla, arropada en aquel vestido que luego le vería tantas veces. ¿Ya comprendes?, había dicho Mario señalándola, a eso me refiero cuando te digo que un cuerpo de mujer es algo único. Oscar permaneció en silencio, sintiéndose un fauno beodo.
Aquello bastó para que tomara forma esa idea llena de odio y envidia que hoy está a punto de ejecutar. Podría haberse marchado para regresar después, con otra ropa y ya más tranquilo, quizás también con una estrategia más pensada de cómo hacerlo. Pero prefiere quedarse cerca y esperar, así tendrá tiempo suficiente de observar todo cuanto suceda y asegurarse de que la gata no volverá a salir. Igual, si lo hace, él necesita saberlo. El edificio es el último de los tres que, uno al lado del otro, cubren el espacio de la calle. Frente a ellos se extiende lo que en algún momento debió ser un inmenso almacén de dos niveles y donde ya no está el hombre que respondió sus preguntas más temprano en la mañana, el hombre que fuma, se le ocurrió pensar. La construcción se ha convertido en una larga profusión de paredes derruidas que apenas albergan escombros y ratas que deambulan a plena luz del día. Oscar las descubre con tan solo entrar, y sigue sus rastros mientras sube las escaleras que conducen a la segunda planta. Ratas confiadas sobre las vigas sin techo, seguras ellas de no ser las intrusas, sino ese que tropieza una y otra vez hasta encontrar un lugar propicio desde donde vigilar sin mucho peligro.
Todavía le cuesta creer que haya tenido el valor de entrar allí. Tiene la sensación de encontrarse en un mundo paralelo, donde otra versión de sí mismo es capaz de hacer cosas impensables para él. Entonces decide reforzar la fantasía y creer que, en efecto, es otro el que espera agazapado tras aquellas ruinas, otro con sus mismas ganas e idéntica paciencia, pero con mejores cualidades, entre ellas una mejor vista, pues de ser así no le costara tanto trabajo observar el apartamento de la gata, a pesar de encontrarse casi a la misma altura. Calculó que el acceso era cuestión de saltar hacia el balcón desde el descanso de la escalera. Una vez allí, agazapado tras el muro, llegaría el turno a la maña más que a la fuerza para forzar la puerta de madera que cerraba el paso. Precisamente esa puerta estuvo abierta todo el día, y gracias a eso Oscar puede hacerse una idea de lo que pasa dentro.
La vieja está sentada en una mecedora, tal vez frente al televisor, perdida en un movimiento perpetuo, la vista clavada más allá de cualquier objeto imaginable. A La gata no vuelve a verla hasta pasadas las doce del mediodía. Aparece con un plato en las manos, se acerca al sillón de la otra mujer, y mientras le embute el alimento comenta algo y le alisa el cabello en espera de que trague la cucharada de turno. Luego va en busca de otro plato, esta vez para ella, se acomoda de pie, apoyada en el muro del balcón, y allí mismo da cuenta de su almuerzo. Al terminar desaparece de nuevo en la penumbra del apartamento. Con el calor de esa hora y la soñolencia que produce la digestión, es lógico suponer que se iba a dormir la siesta. Ese es el razonamiento de Oscar y no se equivoca, a los pocos minutos puede ver, a través de las persianas del cuarto, la silueta que se desnudaba antes de tumbarse en la cama. Calcula que dispondrá de algunas horas en las que la gata permanecerá tranquila, aun así, no quiere arriesgarse, acondiciona lo mejor que puede aquel sitio, y a pesar del hambre que ya le retuerce las tripas, se dispone a esperar.
Cuando reaccionó fue como estar completamente ciego. La noche había descendido sin anunciarse, y pasó algún tiempo antes de que lograra adaptar su vista al entorno. El eco de algunos ruidos de origen indefinido y el incesante correr de las ratas casi lo hacen entrar en pánico. Entonces recordó por qué estaba allí y se irguió como un resorte.
Recostada al balcón, casi en la misma posición que unas horas antes, salvo que ahora sostenía un cigarro en su mano derecha, la muchacha miraba en dirección al viejo almacén. Él quedó inmóvil, y por algunos segundos se olvidó de su miedo, hasta caer en cuenta aliviado de que ella miraba más allá, taladrando paredes y escombros con la vista tan perdida como la de la vieja. La luz a sus espaldas transluciéndole el pelo y el humo subiendo en espesas volutas que por momentos ocultaban el rostro enfrentado a la noche. Era hermosa. Oscar sintió que aquélla era la pura imagen de la tristeza y algo en su interior estuvo a punto de brotar, algo que pudo ser contenido justo a tiempo.
Al parecer la gata no pensaba salir esta noche. Oscar programó la alarma del reloj para que se activara a las dos de la madrugada, calculando que a esa hora ya todos estarían dormidos. A él mismo le costaba ya mantenerse despierto, ni la sed ni el hambre eran suficientes para mantener sus ojos abiertos después de tanta zozobra. Sentía los párpados pesados como bloques, como gruesos trozos de roca que suben y bajan cada vez más lento hasta que la oscuridad es de nuevo dueña y señora, reina de todo cuanto desaparece.
La alarma del reloj lleva sonando varios minutos cuando Oscar sale de su letargo, maldiciendo de nuevo su poca resistencia. La habitación de la gata es la única que permanece iluminada; pero no tiene que esperar demasiado, como si estuviese aguardando la misma señal, queda a oscuras al cabo de un rato. Oscar se estira y, cauteloso, sale de su escondite. Recorre la cuadra caminando despacio, observa si algún otro noctámbulo vague por esas calles, pero todo está desierto. Espera un poco más y se acerca al edificio.
Las luces de los faroles que iluminan la avenida lateral no llegan hasta la escalera. Se siente a buen recaudo mientras sube. Salta ágilmente hasta el balcón y con ajena tranquilidad comienza a desencajar las persianas de la puerta. Le lleva poco tiempo aflojar las suficientes. Hay apenas un crujir que puede confundirse con cualquier ruido nocturno. Se desliza luego por el pequeño espacio libre, de algo tenía que servirle tanto sacrificio para bajar de peso y alcanzar un cuerpo casi atlético.
El apartamento es pequeño, ya ha estado antes en otros muy parecidos: desde el balcón se accede a la sala-comedor, la puerta de la calle queda a la derecha igual que uno de los cuartos; a la izquierda, un estrecho hall que a su vez da paso a la cocina y al minúsculo patio, y del otro lado, el baño y la segunda habitación. No necesita ninguna luz para orientarse con exactitud.
La puerta está abierta y el sonido del ventilador parece arrullar el sueño de la gata que yace desnuda. Oscar apenas percibe su figura y entorna las persianas de la ventana haciendo que la poca claridad exterior caiga sobre la cama. Sabe que es arriesgado y sin embargo no puede evitarlo. Recorre con la vista aquel cuerpo perfecto: el pelo encrespado sobre la espalda, las nalgas rotundas, fuertes; las piernas delgadas, esbeltas como no lo serán las suyas. Mira hacia afuera. Respira profundo. La calle permanece desierta y en silencio, abandonada por fin a su paz. Por un momento todo se desvanece, la inseguridad, el miedo, el odio. Siente el mismo sosiego que debe provocar el regreso a casa luego de un viaje largo y accidentado.
Aún no alcanza a darse vuelta por completo cuando percibe un rumor que le hiela la sangre. Nunca ha sido creyente, pero en ese momento le implora a todo cuanto pueda ser invocado. Mira hacia la cama, y respira aliviado al ver el rostro de la mulata, todavía perdida en el décimo sueño, sólo ha cambiado de posición colocándose bocarriba. Le resulta imposible mirarla y no imaginar que puede llegar a su casa, al menos esta noche, convertido en ella, entrar al cuarto mirando a Mario directo a los ojos y decirle, buenas noches, al menos está noche, para ti, mi nombre es Laura.
Entonces ganar nueva decisión, caminar en puntillas hasta el closet, abrirlo guiado por el tacto más que la vista hasta encontrar el objeto de deseo. Extrae el elegante vestido negro que la gata llevaba puesto la primera vez que la vio, lo admira fascinado. Es precioso, hecho para que Mario lo desvista. Pensar eso y luego desnudarse, cubrir el ahora felino cuerpo con la nueva piel. Todo lo demás queda sobre el piso, pues todo lo demás no importa. Observar por última vez a la ya nuevamente mujer tendida sobre la cama. Salir de la habitación, descalzo y con las manos vacías, sintiéndose por fin tan libre como un maullido al viento. Alcanzar la puerta de la calle, descender las escaleras, y cuando quede detrás el último escalón, abrirse a la madrugada, vestido de noche.