My Stories

"La Miss"

"La Miss"


Ya son las 8:00 a.m y desde la micro escucho el timbre de entrada. Tengo que correr, porque me costó la vida entera despertar, puse tres alarmas y ninguna funcionó. Sí, estoy cansada, pero tengo que correr, es lo único que importa. Que cosa tan horrible es este colegio con nombre gringo, pintado de amarillo, todo de cemento, escaleras angostas y con un piso que está hecho para resbalar. Después de haber empujado las mil puertas, logro llegar a la recepción y no recuerdo con qué curso me toca hoy. Por una cosa obvia de descarte, el único libro que queda en la mesa es el Primero Medio A. Hoy debe ser miércoles.

¿Traje la compu y el proyectorsh? Me tuve que comprar un datashou, que me costó un ojo de la cara (el colegio tiene 10 proyectores o más, quizás, pero sólo andan tres y me cansé de pelearme con medio mundo, cada vez que necesitaba uno). A nosotros, los profes, se nos exige mucho como, por ejemplo, ser súper innovadores, aplicar las TIC y a mí lo más innovador que se me ocurre es un PPT, un par de videos y listo soy “La profe TIC” (jumbitos para mí).

Las ocho de la mañana siempre son difíciles y lo único que tengo en la cabeza es esta canción noventera, malísima, disculpando al creador: “Iluminada y eterna, enfurecida y tranquila sobre una alfombra de hierba vas volando tranquila”, (mientras la canto - en mi mente, por supuesto- muevo mi cabeza de un lado para el otro). Con Ricardito de fondo, empiezo la clase. ¡Ay!, diosito mio, ahí viene la Miss Fernanda y no pasé la asistencia, se me olvidó. Me dice con esa vocecita que tiene: –Tiene que pasar la asistencia, miiiiss–. Qué ganas de mandarla al carajo y decirle que la pase ella, si es su pega, no puedo hacer todo.

El ruido que más me gusta, el timbre del recreo. Quince minutos de hacer nada y todo al mismo tiempo. Me fijo en mi celular y, nada, aún no me responde. Tengo ganas de verlo, decirle -de una vez- que lo quiero, que me gusta, que quiero ¡Darle, darle toda mi ternura!, como canta el burrito de Shrek. Mientras voy pensando en él, en mí, en que no hay mensaje en el celular, me topo con el Mister Carlos, el profe de computación, un señor de 50 años, alegre, optimista, siempre dispuesto a la conversa con el consejo honesto y certero. Nos saludamos de pasada y me pone contenta.

Voy llegando a la sala de profes y la Cindy me dice: –Tenemos que ir a dirección porque hubo un ata’o en el Primero medio B–. Qué cagada, y yo que me quería sentar un ratito, no llevo ni dos horas en la escuela y siento como si hubiese corrido una maratón. Los buenos días de rigor y ahí estamos todos apretados. Pasa que somos como diez profes, no alcanzan las sillas, la oficina es chica y bueno… Le pongo onda y hago como que escucho, pero no le doy ni cinco de bola (yo, ahora prefiero estar con Ricardito… “Deja de lloraaaaAAAAr, por mí”).

Suena el timbre y hay que volver. No me tomé el café, no comí nada, pero igual no más me hago un cafecito, qué tanto, qué me digan algo. Con el cafecito en la pancita, me voy al Segundo Medio B. En este curso, estamos con el “Género Dramático” y, como tienen que ensayar las obras, voy a aprovechar de revisar las pruebas del Cuarto Medio B, porque tengo que tener las notas en el libro y si no lo hago me van a empezar a hinchar las pelotas que no tengo. De fondo tengo un griterío hermoso y lo primero que escucho es:

–¡MIIIISSSS, MIIIIISSSS… EL FELIPE NO QUIERE TRABAJAR! –, me grita no sé quién. El Felipe, este pendejo que nunca quiere hacer nada, va a repetir y se caga de risa. Desde mi puesto de profe, le digo (en realidad, grito): –¡Oiga, póngale onda, para que le ayude al promedio final!–. Me lanza un “dedito para arriba” y me dice: –Bueno, miss–, con voz de ultratumba.

Me da risa que me digan “Miss”, pero me gusta. Me hacer sentir como la protagonista del libro de Vargas Llosa: "Pantaleón y las visitadoras", pero en vez de ser “La Colombiana”, soy “La miss” y ahí figuro yo con el Argentino rico, mi pinche, al que me quiero declarar, bailando, coqueteando, mirándonos fijamente a los ojos, me toma de la cintura, nos vamos acercando cada vez más, mi cuerpo se eriza… Y, cuando estoy llegando al mejor momento, soy interrumpida por la Valentina que me pregunta no sé qué cosa y bla bla bla. Como habló tan rápido y yo estaba con la cabeza en otra parte, solo atiné a decirle que sí (capaz era algo importante y yo ni la pesqué, chuti). Igual me cagó la escena, estaba quedando buena.

Timbre de recreo y no revisé una puta prueba. Voy aprovechar de pasar al baño porque tengo ganas de cagar. Tengo sólo 15 minutos, pero debo decidir entre cagar o tomar desayuno. Voy a optar por lo segundo y en otro momento, que no sé cuando, me voy a despedir a Willy.

Después de andar de aquí, pa’ allá, al fin me siento en mi puesto 1x1. En mi pequeño, pero hermoso espacio de trabajo, hay un montón de pruebas apiladas que están ahí hace ya varias semanas y no sé si son mías o de la Dany. Cuando estoy por empezar una entretenida charla con mi querida amiga, la veo venir: es ella, La María Luisa, jefa de UTP, viene directo a mí, lo sé, lo veo en su cara, sé que viene a mí: –No tienes ninguna nota puesta del Cuarto medio B en el libro de clase–. Qué le pasa, por qué me dice eso, cómo si yo no supiera. Por qué no viene y me dice: –Coloca las notas o te rajo– no sé, sería más emocionante.

¡Qué bueno! llegó “mi hora libre”, así que iré a despachar a Willy, pero no. La Miss Inés me pide que vaya a cuidar al cuarto básico B porque faltó una profe. Como no he entregado las planificaciones, me gana la culpa, y le digo que sí. Llego a la sala y el caos, ¡mierda!, ¿qué hago? Respiro hondo y me dispongo a pasarlo bien, qué tanto, son chiquitos, ¡qué viva el caos! –Pueden hacer lo que quieran, menos pegarse ni molestarse, ¿esta bien?–, mientras les decía eso, me sentí tan bien. Al fin, un poco de libertad y relajo en este colegio.

–¡BIEEEEN!–, gritaron al unísono. Estuvo bueno, la pase bien; me enseñaron un juego de un dragón o algo así y, cuando me fui, me abrazaban y decían: –Miss, la amo–. Me parecieron tan tiernis, que guardé ese momento, en la parte de mi corazón que se llama: “Recuerdos adorables”.

Ahora sí, por fin puedo ir al baño. Cuando voy yendo, me encuentro con el Javier del Cuarto medio B, que tiene una duda con un trabajo que les di sobre el Che Guevara. No sé por qué, pero pensé en el Che, cómo debía sentirse en ese calor, húmedo y sofocante de la selva. Me lo imaginé feliz, con el corazón hinchado de la emoción, porque la Revolución ya estaba por estallar… –¡Miss, miss!­–, me insiste Javier, me está hablando, pero no lo escucho. Es como si de pronto me invadiera esa sensación, esas ganas de luchar, vivir por una pasión y sentirme viva, ¡qué ganas de mandar todo a la mierda!... –¿Estaría bien así, miss?–, termina de preguntarme Javier. –Lo vemos en clases, ¿dale?– y me acuerdo de las ganas que tengo de cagar. Después de lograrlo, me sentí mucho mejor, más liviana, quizás, menos revolucionaria.

Qué rápido pasa el tiempo, ya son las doce y quince. No revisé las pruebas, no preparé la clase, pero ¡viva la improvisación! Llego a la sala y ahí están, con sus caritas, pidiendo, rogando, un minuto de respiro, una tregua que les ayude a lidiar con el día que les queda. Yo también, así que no hago la clase, le pido a algunos que me ayuden a revisar las pruebas, mientras los demás juegan a las cartas o escuchan música. Pasan los 45 minutos, tengo las pruebas listas, al fin, podré colocar las notas al libro de clase.

Tocan el timbre de cambio de hora y corro a la sala del Cuarto medio, le pido prestado el libro de clases a la profe, para poner las notas. Estoy tan ansiosa, es tanta mi euforia de que, al fin, lo voy a lograr.

Enfilo a la sala de profes, hago espacio en la mesa, me siento y empiezo: Javier Acuña, un 6,2; Sabina Cifuentes, un 6.5; Felipe Díaz, un 4,5… Estoy tan concentrada, tan a full y no sé por qué, me fijo: un nombre y al costado, un número… y me da pena, me doy pena, porque en todo este tiempo, para mí, estas personas, fueron solo eso, números, una nota de mierda. Cuando me estoy empezando a sentir miserable, me fijo bien y en la parte superior del libro de clase leo: “Matemáticas”.

Respiro profundo, miro para todas partes y me doy cuenta que la acabo de cagar…era tanto mi apuro, tanta la ansiedad de poner las notas que lo hice, pero mal. Me dieron ganas de llorar, sentí el nudo en la garganta, mis nervios me superaban cada vez más, pensé lo peor. Claro, cómo hago, no puedo usar corrector en el libro de clases; si es como la biblia, casi sagrado.

Agarro el libro y me voy a la oficina de Miss Inés. Le explico lo que acaba de suceder y me mira fijamente, no me dice nada. Se levanta de su silla, sale de la oficina y vuelve acompañada del séquito del mal (así les dicen los del Cuarto medio B): Miss Fernanda, la inspectora general; Miss Marcela, la dire y María Luisa, ya la conocen.

Las cuatro me rodean, no me dicen nada y veo cómo Miss Inés se dirige hacia su escritorio, abre su cajón, está de pie frente a mí. Siento la respiración da cada una de ellas. Con un gesto, me invitan a sentar, veo que Miss Marcela le pone picaporte a la puerta. De pronto, siento frio y mi corazón se aprieta; Miss Inés, saca de su escritorio un revolver, se miran entre ellas. La María Luisa, pone sus manos en mis hombros, Miss Fernanda me mira y se ríe. Miss Inés, apuntándome con la pistola me dice: –Por ineficiente y no entregarme las planificaciones– ¡PUUUM! Y veo como la bala se dirige directo a mi cabeza, se escucha el timbre de fondo, la alarma del despertador y ahí estoy en mi cama. Miro para el costado y esta él, durmiendo profundamente. Claro, hoy es sábado. Me compongo, me calmo y pienso: Hoy le digo que lo quiero.