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"Te recuerdo"

"Te recuerdo"


El anuncio de la radio heló por completo la habitación. El Golpe de Estado había llegado. Raúl la miró a los ojos y ella lo supo enseguida. La besó como la primera vez, abrazó a sus pequeñas hijas y se marchó.

Partió en su Renoleta, esa que había comprado con su primer sueldo de profe, en el primer semáforo, sintió el terror. Notó como sus manos temblaban, sus piernas se confundían entre acelerar o frenar, sintió el frío del asiento, respiro hondo para no pensar, vio la foto de su familia colgando en el lente retrovisor, se agarró fuerte el pecho y titubeó, pero no, no podía retroceder. Menos  él, un hombre que se había pasado la vida entera entre poesías y melodías, hablando de justicia y haciendo de sus canciones un grito de esperanza.

 Cuando llegó se encontró con Arturo, quién le dijo: –“Tenemos que resistir en la salita del fondo”–.  Lo miró y se dio cuenta que Raúl no recordaba  a qué sala se refería y agregó:  – “La salita, esa donde el Jorge se le declaró a la María, en esa” –. Raúl sintió ese toque hogareño que su querido amigo le ponía a todo lo que hacía.

 Sintieron los disparos, gritos desesperados de mujeres y niños. La salita dejó de ser “la salita” y todo parecía perdido. Arturo miró a sus compañeros y les dijo: – “Pase lo que pase, sepan siempre que los quiero mucho” –. Y se los llevaron a todos.

 –Dios te salve maría llena eres de gracias, el señor es contigo, esbozaba entre susurros Arturo,

–Pa’ qué rezai, si ni la virgencita ni nadie nos saca de esta, dijo Jorge con enojo…

–Déjame, es problema mío, respondió Arturo.

 Nadie sabía a dónde se los llevaban, el furgón estaba todo oscuro. Cuando bajaron, reconocieron el estadio, el mismo donde alguna vez había cantado Lucho Barrios, Arturo le dijo en secreto a Raúl:

–Mira pa’ abajo, pa’ que no te cachen.

Y así lo hizo, sin embargo, el Teniente Mendoza lo reconoció:

–Tú, el de chaleco azul.

Raúl sintió cómo su sangre se congelaba, quería creer que estaba en la escena de una película trágica, pero no. Entre cinco lo agarraron y se lo llevaron a una sala, donde quedó aislado. Los demás no dijeron nada, no se podía hablar o, por lo menos, no había que hacerlo notar.

El frío del lugar le hacía presagiar a Raúl que esos serían sus últimos días, pero se aferraba a la idea de que ocurriera algún milagro, uno que fuera. En medio de la oscuridad y a causa de la desesperación y el dolor que le habían dejado los golpes,  olvidaba el rostro de su mujer, quería traerla, aunque fuera en pensamientos, pero no lo lograba. Sus manos se helaron a tal punto que ni los dedos lograba sentir. Nunca había estado tan solo, nunca había sentido tanto miedo.

Arturo buscó a  Gabriel entre los demás prisioneros  y cuando lo encontró le contó lo que había pasado.

–Anda, tú tení chamullo. Ademá erí argentino. Capaz, te escuchan, no sé…

–Y qué querés qué haga. Que vaya y le diga: “che, vos soldadito, soltá a mi amigo”

–Sí, así mismito – con tono esperanzador

–Está bien, iré y veremos qué pasa. Le dijo eso solo para dejarlo tranquilo. En el fondo, todos sabían que bien poco se podía hacer.

Gabriel, observó el estadio. En las graderías estaban los presos junto a algunos soldados que los custodiaban. Al final de cada gradería, estaban los pasillos que daban a los vestidores. Ahí, justo en uno de esos, estaba su amigo.

El “Che”, como le decían algunos, no podía con tanta desolación, el clima tenso no le dejaba pensar. A muchos no les quedaba ni un poco de rebeldía, no les daba la fuerza para pelear.Vio de lejos a un hombre que discutía con un soldado, éste le pedía un poco de agua para uno de sus amigos que estaba mal desde hace rato. Se armó la trifulca y todos los soldados acudieron al lugar.

Gabriel corrió lo más rápido que pudo al pasillo donde estaba Raúl, aprovechó la distracción, lo agarró del chaleco, con fuerza lo arrastró hacia una de las graderías y lo escondió.

Arturo se acercó al “Che” y vio a Raúl. Sí, lo había logrado. Entre varios lo ayudaron y lo cuidaron.

–Te voy a cortar el pelo con este cortaúñas que me encontré en el bolsillo. Pa’ que no te cachen de vuelta, te vamos a esconder entre todos, dijo Arturo.

Raúl, sonrió y con un lápiz y papel que Gabriel le prestó, escribió sus últimos versos. Todos los demás se organizaron para mantener en el anonimato a Raúl y que no se lo volvieran a llevar.

El despertar de ese día fue diferente todos sintieron la tensión. A los gritos corría el teniente Mendoza con un arma entre sus manos.

–¡Entréguenme a ese hijo de puta o los mato a todos!

Gabriel se puso en frente de Raúl, le temblaban las piernas. Arturo respiró hondo y se puso cerca de su amigo. Todos los demás hicieron lo mismo. No lo iban a entregar.  El Teniente le disparó a sangre fría uno de los presos, los gritos de los hombres hicieron que Raúl saliera entre sus amigos, entre tres soldados lo agarraron y se lo llevaron para siempre.

La impotencia era tal que el “Che” y Arturo corrieron tras su amigo para impedirlo.  Dos soldados los agarraron, los golpearon  y los dejaron tirados en el suelo, casi inconscientes. A Raúl se le desarmaba el alma, quería arrancar, pero no podía ya no eran tres, sino cuatro.

El Teniente Mendoza estaba con sus cuatro amigos de guerra, lo empujaron y cayó al piso. El más joven le dio patadas hasta que se cansó, el que tenía un reloj Rolex le agarró las manos y le dijo:

–Así que con estas manitos inventai güeas pa’ los comunistas.

Y le partió los dedos hasta que Raúl se olvidó que tenía manos. Otro, uno que andaba sin gorra de soldado, le pasó una guitarra y le dijo:

–Toca ahora, tócanos esa que nos gusta…como decía “Te recuerdo…”, le dijo a los gritos y en tono burlón.

 Raúl, ya no podía más, le pesaba el cuerpo, todo. Sentió como la injusticia le había roto sus manos, cerró los ojos y…vio, por fin,  a María con el vestidito de flores y la besó por última vez. Acarició a sus pequeñas, abrazó fuerte  a su madre, a su convicción, al amor por la música y la guitarra criolla… Desde ese día sus canciones nunca más se dejaron de cantar.  

 Dedicado a Víctor Jara

Asesinado en 1973 en manos de la dictadura de Pinochet