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CAFÉ INSTANTÁNEO CLARO

CAFÉ INSTANTÁNEO CLARO


De pronto sintió que algo le estorbaba. Se dio vuelta otra vez, corrió un poco la sábana e hizo una mueca de desagrado. Reacomodó la almohada, pero la sensación persistía. Se levantó abruptamente y quedó desnudo en medio de la habitación, con el miembro desprotegido colgando de cualquier forma. Sin saber qué hacer.

De camino a la cocina, creyó darse cuenta de que lo molesto era el haber tenido que dormir en apenas la mitad de la cama. O tal vez no, quizás fuera ese constante tropezar con una forma ajena, extraña a él y ahora encontrarse con esa blusa en medio del pasillo, los zapatos regados frente a la puerta del segundo cuarto, las bragas tiradas junto a la meseta. El flashback de dos cuerpos revolcándose en otra ciudad, en otro tiempo, sobre losas blancas, al lado de un caldero con salsa de tomate.

Se dio un trago de agua que vino a diluir el mal sabor en su boca, la sensación de pesadez en el estómago por la resaca de la fiesta. Debía preparar el desayuno.

Tenía huevos, medio paquete de salchichas, unas tostadas y algo de leche en un jarro de aluminio. El café instantáneo se estaba acabando y no podría traer más desde Santa Clara: Cristina no querría saber nada de él. En fin, lo que había en el pomo debía alcanzar para dos tazas no muy cargadas. Agua caliente, azúcar y saz, ya está.

Se sentó en la terraza, como todas las mañanas, encima de la batea. Sobre todo por eso había decidido alquilar la casa: la ciudad despertaba y él podía estar allí, mudo testigo, presenciando el mágico acontecimiento. Una serpiente de tejas sacudía su modorra más allá del humo del café. Viejos tejados multiformes que se abrían a lo lejos y daban paso a un fragmento de la bahía. Eso debía ser la felicidad. Un trozo de mar que solo él podía disfrutar, porque visto a otra hora o desde otro ángulo, sería por fuerza un mar diferente.

Sobre el agua negruzca se extendía una leve bruma que no podía divisar, pero le bastaba saber ahí. Un buque se perdía tras la fachada de un desvencijado edificio y pensó que la imagen se le parecía mucho en esa mañana: se movía, pero lento, pesado, cargado con algo que no lograba precisar. Y era eso lo que se le escapaba por momentos para aparecer luego inopinadamente, una sensación de malestar que cobraba forma, se hacía corpórea y ahora surgía, recostada al marco de la puerta de la terraza.

— ¿Qué haces? —preguntó ella.

Pensó explicarle, hablarle de una sensación de lasitud que a veces lo arrastraba. De esa ciudad que odiaba y a la que, aun sin querer, volvía siempre. Pero, ¿qué hacía exactamente? Era mejor no complicarse. La mayoría de la gente no entendía esas cosas.

—No sabía dónde se había metido mi príncipe —siguió la muchacha, colgando un brazo en sus hombros como al descuido—... y mírate aquí.

El barco se había perdido de vista. Entraba otro, pero mirarlo no provocaba lo mismo. No le provocaba nada. Solo sentía una necesidad imperiosa de deshacerse de aquel brazo marmóreo, de los dedos que le rozaban apenas el pecho desnudo, de aquel aliento fétido, todavía cargado de alcohol.

Se le ocurrió que si seguía haciendo eso —si no le contestaba— un muro de silencio, de ladrillos pesados y candentes como ausencias, se levantaría en defensa de su espacio. Ella entendería, luego de tropezar varias veces con la tapia protectora. Recogería su ropa y se largaría, dejándolo a él con su pedazo de agua salada, su café claro y esa sensación de tedio que tanto disfrutaba. Ambos tendrían, entonces, apenas algunos rasguños o quemaduras. Lesiones menores en cualquier caso.

—Vamos a entrar, majo desnudo —dijo ella, divertida, haciendo caso omiso del mohín en su boca— ¿No te da pena que te vean?

Él se dejó guiar, resignado. Dejó que lo pusiera entre los cojines de la butaca,  frente a otra desde la que ella miraba sus testículos colgando. La oía hablar, contarle episodios de la noche anterior y de lo que él no recordaba haber dicho durante la fiesta. Todo indicaba que se había puesto muy ingenioso. Había lanzado unos cuantos chistes obscenos, había despotricado del gobierno, de la señora que le había alquilado la casa y de una tal Cristina.

— ¿Quién es Cristina, Elvis? —dijo.

No le preguntó si tenía que salir, ni en qué horario. No le hizo un comentario sobre el clima, o el color de las paredes de la sala. ¿Quién es Cristina?, por Dios.

—Una mujer a la que quise mucho —su respuesta le hizo dudar. Removió algo en un rincón del desván.

—Ah —dijo ella y siguió de largo.

Volvió a caer en su discurso de evocaciones, porque él la había dejado hirviendo. Después de pasar toda la noche hablándole con los ojos, después de pedirle ante todo el mundo que se quedara, se le subió la curda a la cabeza.

Justo cuándo le contaba del tiempo que había estado deseando una oportunidad como aquella; del millón de veces que lo había visto pasar por el parque, con sus socios rastas, envuelto en una nube de inaccesibilidad, él viene y se vacía en vómito. Qué modo de joderla a una, coño. Entonces va y lo baña, lo trae fresquito para la cama, logra que esté dispuesto y él viene y se duerme. Aquello a millón, no como ahora —señaló el miembro dormido, tirado hacia un lado—, que va, estaba en brazas, y tú muerto. Hasta intenté hacer algo por mi cuenta, pero era lo más aburrido del mundo.

—Al final, decía ella —¿cómo se llamaba?—, tuve que dormir yo también. Con mil trabajos, pero logré dormirme.

Elvis hizo un esfuerzo por recordar. No le parecía que las cosas hubiesen sido así del todo. Le había pedido que se quedara, pero era más bien para que oyeran, para que vieran que él sí podía decirle a cualquiera que se quedara. Y no a una flacucha ahí, con síndrome de intelectual, sino a un tolete de hembra, a una bestialidad como aquella.

Después era todo muy confuso, una especie de tiovivo instalado en su sala y él en medio, girando a toda velocidad. La misma sensación de siempre, que se acrecentaba cuando ella cambiaba de puesto, sin callarse, buscando proximidad.

—Entonces —atinó a preguntar—, ¿dormimos juntos?

—Bueno, eso: dormimos. Sigues en deuda conmigo.

Su mano empezó a buscar el sexo de Elvis, a llevarlo de un sitio a otro, con movimientos juguetones y cada vez más incómodos. Entonces fue que él notó el vacío en la mesa de centro.

—    ¿Y la lámpara?

— ¿Qué lámpara?

—    ¿Cómo qué lámpara? —dijo, separándose sin brusquedad.

Quería molestarse. Estaba seguro de que esa era la reacción adecuada. Quería lanzar un par de palabrotas, darle unas cuantas bofetadas incluso. Pero no lograba reunir más que la energía necesaria para apuntar al mueble.

Ella lanzó una risita que a Elvis le resultó forzada y le contó una historia de acuerdo a la cual un tal Félix, el muchacho monísimo que había traído cierta Martha, tropezó con la lámpara cuando corría tras Betania. Porque había dicho que no iba a responder al reto y el castigo era darle un beso en la boca y tres nalgadas a esta Betania, que corría rapidísimo. Entonces, cuando por fin la alcanzó…

Algo pasó en su cabeza: Félix, Martha, Betania, todo aquello estaba mal. ¿Quién era esa gente? La lámpara estaba rota. ¿Por qué coño no le decía a esa chiquita que se fuera de una vez?

La mano de la muchacha empezó a moverse más rápido. Cerró los ojos pensando en aquella lámpara. Lo último que le quedaba de Cristina. Un bulto de cerámica deshecha en algún rincón de la casa. Pero la mano aceleraba, y él comenzó a girar, cada vez más rápido y ya estaba de nuevo sobre el tiovivo. Todo se reducía a un conjunto indeterminado de burbujas de colores: Cristina se perdía a lo lejos, la casa, Betania, el tal Félix, él mismo, no importaban ya. Lo único que valía la pena era conservar ese movimiento, la velocidad vertiginosa, las esferas que chocaban y la mano de esa muchacha. La pregunta le hizo perder concentración, borrando las imágenes de un plumazo: ¿cómo se llamaba?

Apretó los ojos con fuerza, pero ya no había remedio. Y cuando los volvió a abrir la vio, de rodillas en el suelo, empeñada en extraer algo de aquel gesto. Un algo que, decididamente, no estaba allí. Entonces se dio cuenta del artificio.

—Vete —dijo despacio, haciendo un esfuerzo por recobrar la compostura.

Ella pareció no entender. Seguía, obstinada en lo que ya no eran sino bruscos tirones a cualquier cosa. Se paró y quiso estamparle un beso, pero él se alejó con firmeza.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó, en un ingenuo intento de darle, de darse una segunda oportunidad

—Roxana —su voz vacilaba, cortada por unos jadeos impostados.

—Bueno. Ya puedes irte— le dijo.

Ella se detuvo y quedó mirándolo. Era una mirada pesada, acusatoria, difícil de sostener. Pero todo iba mal: estaba desnudo, solo en su casa, con una muchacha que se llamaba Roxana.

—Vístete y vete —repitió.

Roxana seguía sin entender:

—Si es por lo de la lámpara, ya veré que hacer.

Ahora, más que turbación, había una pizca de rencor en su voz.

—No es por eso.

—Además —se veía ansiosa—, te juro que no fui yo...

—Ya te dije que no es por la lámpara —dijo a desgana.

—Es verdad que tú estás loco. Lo que das es pena.

Elvis volteó el rostro despacio. Podía responderle, pero era mejor no complicarse. Le molestaban la resaca, Roxana, su desnudez. Estaba muy cansado. Todo le estorbaba y, por más que se esforzara, la mayoría de la gente no entendía esas cosas. Cerró los ojos, pero no pudo dormir.

Ni siquiera eso.