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NI CARNE NI PESCADO

NI CARNE NI PESCADO


Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas.
(…) lo atroz es no querer saber quién eres.
Joaquín Sabina (“Agua pasada”)

 

Primero el espejo, después su rostro difuso y las líneas vagas del cuerpo. Por fin se dibujaron, nítidas, las facciones. Luego empezaron a aparecer la cabecera de la cama, el buró de la computadora, los libros en el librero. Permaneció así, con la mirada fija en la superficie de cristal. Cuando estuvo completamente lleno, cuando en el espacio delimitado por ese bello marco tallado pudo distinguir casi todo su cuarto, entonces fue un hecho: había despertado.

Siempre permanecía unos minutos observando su despertar. Miraba aun cuando se quitó de encima la sábana arrugada, estiró con fuerza los brazos y se contorsionó hasta que una especie de cosquillas la asaltaron por los flancos. Se levantó.

Escuchó sonar el teléfono, prendió un cigarro y caminó descalza hacia el baño. La casa estaba sucia. Se sentó en el inodoro y comprobó la planta de sus pies. La casa era grande y estaba muy sucia. Sonó el teléfono. Aún se sentía adormecida, tomó una bocanada de humo, echó un poco al aire y esperó a que el de sus pulmones acabara por despertarla de una vez. Volvió a sonar el teléfono.

Sintió escapar de sí un líquido tibio. Trató de contenerlo, pero terminó venciéndola y eso le resultó placentero. El timbre del teléfono se detuvo. Seguro era Elvis, pensó. Dejó caer la colilla dentro del inodoro.

El agua de la ducha le pareció muy fría. Cuando se levantaba a esa hora siempre sentía frío. Dejó que el líquido callera directamente sobre su cabeza, empapara su cuerpo, se escurriera por el pelo hacia la espalda. Se enjabonó toda y volvió bajo el chorro dispar. Vio hacerse un charco blanco entre sus pies. Sonó el teléfono. Empezaba a molestarle ese constante ring-ring.

La insistencia, lo temprano de la llamada y su propia molestia aseguraban que era Elvis. Envuelta en una toalla, secándose con otra, caminó hacia la cocina. Ahí estaba el aparato más cercano.

—¿Cristina? —escuchó una voz desconocida, que imaginó de alguna negra gorda, grande.

—Si…

—Espere un momento, van a hablarle.

Del otro lado de la línea se oyó un ruido. Luego:

—Amor, soy yo —dijo Elvis.

—Si…

—Te llamo muy rápido. Tuve que pedirle permiso a una de las operadoras para usar el… —hubo un corte breve en la comunicación— ninguno de los públicos de aquí…

Separó el auricular de su oído. Se escuchaba un eco molesto y muchos ruidos en la línea.

Elvis, como muchas otras personas, solía hacer disertaciones telefónicas sobre cualquier tema intrascendente. Si quería decir, por ejemplo, que tenía dolor de cabeza, probablemente hiciera la historia de la cefalea, explicara la circunstancia particular en que le dio el suyo, y luego contara lo que pensaba su madre del tema. Eso lo llevaba a extremos, sobre todo, si había dicho que llamaba rápido, o que no tenía mucho dinero en la tarjeta, o si usaba cualquier otra expresión que debía significar justamente lo contrario.

No podía soportarlo a tan temprana hora de la mañana. Dejó pasar cinco o seis minutos con el auricular lejos de la cara. Cuando terminó de secarse el pelo lo acercó de nuevo a su oído.

—… ¿te parece justo, mi amor?, le preguntaba.

—La verdad, no tengo una opinión clara sobre eso.

—¿No tienes una opinión de qué? —el tono de voz le llegaba cargado de desconcierto.

—Sobre casi nada, cariño —respondió—. Descartes y yo tenemos muchas dudas. Prácticamente ninguna certeza.

—¿Tú y quién? Oye, oye —escuchó del otro lado de la línea.—. Acabo de decir que llevo toda la noche en la terminal para ir a verte, que… Mira, si quieres decirme algo, si no estás segura de la relación, yo creo que lo mejor es…

—Por supuesto, cielo, por supuesto.

Colgó el teléfono con un dedo. Sabía que Elvis no soportaría la duda, tomaría el primer ómnibus Santiago de Cuba–Santa Clara y aparecería ese mismo día en su puerta. Entonces le diría que se había cortado la comunicación, que no soportaba hablar por teléfono en esas condiciones, justificaría el hecho de que nunca lo llamaba. Luego tendrían sexo monótono. Fumarían algunos cigarrillos, él abriría un par de cervezas, dormirían y al otro día las sábanas olerían a sudor. Tendría que cambiarlas.

Colocó las toallas en el cordel del patio interior y regresó a preparar café. Recordó que había un cuento a medias, amenazante, en el escritorio de su computadora. Que no tenía cigarros. Debía salir a comprar algunos, pero eso no le daría mucho tiempo. Igual tendría que sentarse a terminarlo. Carlos decía que dejar un cuento a medias era como no terminar de hacer el amor y querer retomarlo luego: siempre sale una cosa diferente. Según Carlos había que escribirlos de una sola sentada.

La cafetera terminó de colar, la bajó, sirvió un poco de ese líquido oscuro en un vaso y se dio un trago pequeño, dejando reposar la mezcla sobre la amplia meseta. Pensó en Elvis y el contraste de aquella piel oscura contra el blanco de las baldosas. Cerró la llave del gas y vio extinguirse con rapidez, como los buenos tiempos, la llama azulosa. Aunque ya lo sabía, comprobó. No quedaban cigarros.

Se vistió, tomó algo de dinero en su cartera y salió hacia la bodega de la esquina.

—Una cajetilla de cigarros, por favor.

—¿Una cajetilla? —preguntó el dependiente.

Cristina no entendía la obsesión de las personas con complicarlo todo.

—Si, por favor —contestó, ya incómoda. Puso sobre el mostrador los billetes doblados:— una cajetilla.

El dependiente se la alcanzó junto con el vuelto y ella se largó complacida. Abrir la puerta de su casa era todo un proceso en esa época del año, porque la madera estaba hinchada con las lluvias y la elevada humedad relativa. Cerrarla se le hizo más fácil.

Encendió la computadora en su cuarto y fue por el café. Cuando regresó de la cocina ya estaba abierta la pantalla. Justo en medio, como un recordatorio, el documento de Word. Tomó el mouse y dio un clic sobre él. Con dos consecutivos lo abriría. Hizo un esfuerzo por recordar el contenido: una joven escritora acaba de despertar en su casa; no le falta nada, pero se sentía atormentada por un enorme vacío existencial. Se explicitaban una serie de acciones que cotidianamente realizaba, carentes ya de un sentido para el personaje. En fin, tres cuartillas de relleno.

A nadie le interesaría leer eso, pensó, y luego que en realidad a nadie le interesaba leer. Volvió a hacer clic sobre el documento, buscó en el teclado el pequeño botón que decía Delete, y sintió un fugaz placer al oprimirlo. ¿Confirma que desea enviar “Versión 1” a la Papelera de reciclaje? Pues, claro. Oprimió Enter y se quedó imaginando a Carlos.

—Así es, mi muchacha. Una ganadora piensa en grande —le habría dicho—. Y  una buena perdedora también, aunque no consigue lo que quiere.

Carlos era así, tenía esos arranques de lo que llamaba genialidad. Sabía decirle cosas como estás seca muchacha, destrúyete primero, busca algo que comunicar. La gente adora el caos, la desilusión. Y lo triste era que tenía razón. Ella estaba seca. No tenía sobre qué escribir o, para ser más exacta, no sabía cómo hacerlo. Lo último medianamente bueno que se había exprimido era aquella historia de los asaltantes de bancos que usaban un lanzallamas.

El líder del exitoso grupo de asaltantes se enamoraba del muchacho tierno que trabajaba en uno de los ventanillos del banco, descubriendo allí mismo que siempre había sido homosexual. Esto complicaba las cosas, demoraba el asalto. La policía llegaba y rodeaba el banco. El jefe del Departamento de Policía de la ciudad —que había estudiado un poco de psicoanálisis lacaniano— lograba debelar por el altavoz un conflicto edípico en el susodicho líder, al hacerle consciente una violación por parte de su padre en la infancia. Este hacía una reacción catártica a gritos y perdía el control de su grupo. Acababa muerto por su propia novia, una chica toda vestida de negro, muy ruda y roquera ella, a la que no le hizo gracia saber que él era poco menos que una loca de carroza.

La historia terminaba con una escena en la que estaba el líder tumbado contra el ventanillo de su amado. Poco a poco iba resbalando, y finalmente quedaba en el cristal una mancha de sangre que semejaba un corazón.

—Estás seca, muchacha —había dicho Carlos cuando le comentó el argumento—. Alégrate, estás definitivamente seca, pero tienes talento. Deberías buscar ayuda. Siempre te quedan el alcohol y el cannabis.

Carlos sí que era genial. Un montón de huesos con el pelo corto, destilando genialidad por el mundo. Lástima que no escribiese ya; lo único que hacía era impartir sus aburridas clases de bioquímica y chupar alcohol. El agua le daba más sed y la literatura la reafirmaba en su creencia de que la vida era una mierda.

Debería escribir sobre Carlos, pensó.

Abrió un nuevo documento. El cursor aparecía y desaparecía. No puedes, no puedes, casi le oía repetir. Iba a cerrarlo ya, habría sido fácil, pero un impulso le llevó las manos al teclado. Sobre el blanco de la pantalla comenzaron a aparecer unas letras, tímidas al principio:

Yo llevaba un buen rato junto a la barra, mi novio de esa noche había dicho que iba al baño. Ella estaba sentada más bien hacia un rincón, bajo la carpa de la disco del hotel Santa Clara Libre. La miraba, porque me parecía que aunque no era linda tenía algo extraño, atractivo, que enloquecería a cualquier hombre. Me daba envidia. Cuando rechazó la invitación a bailar que le hizo el tercero, se puso de pie y se acercó con un caminar pausado. No desvió su mirada de la mía.

—Una cerveza para mí —ordenó al cantinero— y para mi amiga…

—Gracias, esta noche no puedo beber —la interrumpí. Le estaba siendo sincera—, pero gracias. Estoy tomando unas pastillas y mi novio…

Ella pareció no escuchar la última parte. Más bien pareció desoír todo lo que dije.

—Para mi amiga otra cerveza —completó su orden.

La escena me pareció muy rara e irritante. De pronto una mujer, a la que ni siquiera conozco, se llega a donde estoy y me compra una cerveza contra mi voluntad. ¿Qué coño se estaría creyendo?, me pregunté.

—¿Qué carajo es lo que buscas? —le dije—. Mi novio está al llegar.

—¿Cuál?, ¿el bonito y alto de la camiseta a rayas? —preguntó sin esperar respuesta—. Creo que, a menos que lo escupa la rubia esa, no vas a verlo en toda la noche.

Quedé muda unos segundos. Abrí la lata y me di un trago largo.

—Acerca de que no me conoces —aprovechó el silencio. Después tuve ocasión de comprobar que sabía aprovechar muy bien los silencios—, te puedo decir que soy lesbiana, que me pareces preciosa, y… Ah, me gustaría que me llamaras Carlos.

La cerveza se me atragantó. Quedé mirándola así, sintiendo como unos globitos en la garganta, y me imaginé con la cara muy roja.

—La cerveza baja con más cerveza —hizo un ademán de brindis y se llevó la suya a la boca.

Le hice caso. Antes del quinto buche las pastillas habían hecho reacción con el alcohol. Nunca imaginé que eso pasara tan rápido. El siguiente recuerdo es el de Carlos viniendo desnuda del baño, secando su pelo corto con una de mis toallas.

—Tu ducha es de lo mejor —dijo y luego, mostrándome la toalla en su mano—. ¿Dónde puedo colgar esto?

Le indiqué en dirección al patiecito interior…

Cristina corrió el documento hacia arriba. Marcó la primera oración, siempre le ha preocupado mucho el inicio de sus historias. Lograr una primera oración contundente, que sorprenda o conmocione al lector, es ganar la mitad de la batalla, pensó. Marcó la palabra Carlos, debía sustituirla por otro nombre. Esa noche, cuando Elvis llegara, de seguro querría leer lo que había escrito. Si veía ese nombre probablemente pelearían. Lo único que le resultaba más aburrido que hablar por teléfono con Elvis, era pelear con él.

Leyó otra vez lo que tenía escrito, eliminó algunas asonancias y se deshizo de varias palabras repetidas. Hizo un esfuerzo por recordar la siguiente parte de la mañana que intentaba contar. Marcó la última de las oraciones del texto, “le indiqué en dirección al patiecito interior”, decía. La borró y escribió en su lugar:

 Era una mujer muy trigueña, de poco más de veinte años y resultaba sensual a pesar de la lucha de sus costillas por reventar la piel. Desde mediados de su barriga, una fina hilacha de pelos caía cuesta abajo hasta disolverse en los otros, negrísimos, del pubis. Estaba parada en mitad de mi cuarto, agitaba la toalla en su mano y, evidentemente, había pasado la noche conmigo. Esa noche escapó por un agujero en mi memoria. La mañana siguiente sí la recuerdo. Hay que escribirla con besos, abrazos y mordidas. Resulta del todo imposible eludir la sobre adjetivación.

Cristina se levantó. Puso música y fue a prepararse algo de almuerzo. Sabía que su cuento no terminaba allí. Había muchas otras cosas que escribir, pero tenía hambre, luego de seguro tendría sueño. Se acostaría un rato y probablemente se masturbaría. Carlos se había ido desde hacía más de tres años y, a pesar de eso, siempre que pensaba demasiado en ella terminaba igual.

 

La despertó el octavo golpe en la puerta. Alguien esperaba que abriera y estaba muy ansioso, a juzgar por cómo tocaba.

—Ya va —gritó desde la cama. Tenía la voz ronca.

Se alisó el pelo con las manos y abrió. Elvis traspuso el umbral y dejó caer un maletín muy pesado frente a ella. Siempre que venía traía comida: queso, frijoles negros, carne de puerco y esas cosas.

—Hola, cariño —dijo Elvis y le dio un beso pegajoso—. Traje algunas cositas que están perdidas por aquí.

Parecía como si ella se estuviese muriendo de hambre. Respondió el beso y fue a sentarse en uno de los butacones de la sala. En ese específicamente había tenido mucho sexo con Elvis. Carlos le había hecho ver que era muy cómodo. Ella, como lo hizo tiempo antes con Carlos, se arrodillaba, la cara apoyada en el espaldar, y se dejaba hacer. No era lo mismo, pero de cualquier forma disfrutaba.

Solía facilitarle unos cuantos envases de desodorante, de diferente forma y medida, a los cuales se había vuelto adicta. En ocasiones, si lograba el estado adecuado, llegaba a ser irrelevante de quién era la mano que espoleaba. Solo hacía falta silencio, el más absoluto mutismo, que le permitiera entrar de a poco en esa otra dimensión. Surgían susurros entretejidos como en un coro griego y, al acrecentarse el vaivén, podía regodearse con el carácter gelatinoso que adquiría la realidad. Resbalar en sus paredes hasta desmoronarse.

Pero eso fue al principio. Ahora, con él, el sexo se limitaba a lo más monótono y trillado de cuánto era posible; y la relación se circunscribía a eso, sexo aburrido y alguna llamada que ella cortaba a la primera oportunidad. Elvis se le había revelado como un muchacho pasivo. Había visto a aquel tigre, joven y vigoroso, trocado en un triste e inofensivo gatico. No despertaba ya más que sus instintos maternales. A veces.

—¿Dónde puedo poner estas cosas?— oyó que preguntaba.

—Por ahí —respondió lacónica.

Lo sentía trajinar en la cocina. Abrir el refrigerador, poner, quitar. Luego oyó un ruido de calderos. Debía estar comiendo algo, siempre llegaba hambriento.

Cuando termines lleva la maleta a la habitación, dijo Cristina y rechazó la idea de encender el cigarro en sus manos. Prendió la televisión. No había nada interesante. Elvis pasó ante ella en dirección al baño.

Después, lo de siempre: sexo igual al de siempre. Ella debajo, encima, de un lado, pero se sentía como siempre y eso significaba mal. No podía entenderlo. Él era un mulato joven, alto, muy lindo, la tenía grandísima y sabía reproducir como nadie las películas porno que probablemente solo hubiera visto con ella.

—No me da pena —oyó a Elvis imitar algún galán de telenovela—, decir que te quiero. En este tiempo he llegado a quererte

Cuando lo conoció era un gigoló de poca monta que venía a luchar en el malecón sin agua de Santa Clara. Parecía un pichoncito de tiburón de tierra dando vueltas por el Café de la Marquesina, asediando a cuanta vieja noruega le pasase por delante. Entonces le contó lo de Carlos. Él se impresionó sobremanera cuándo le confesó que no era lesbiana, había sido esa única relación.

—Me gustan mucho los hombres —le había dicho—. Me gustas mucho tú.

 Ahora estaba en su cama, con ese enorme miembro, casi otra persona, caído hacia la sábana. Pensó en que no debía haberse deshecho de la lámpara de noche y rechazó la idea de inmediato. Era pueril. Para determinadas cosas no existía un tono de luz adecuado.

Sentía algo. No era asco precisamente, pero se parecía mucho.

—Voy a preparar café —dijo, por decir cualquier cosa.

—Tráeme una cerveza.

Llegó, tambaleándose, a la cocina. Le temblaban las piernas por tanto sexo. Mucho, fuerte, aburrido.

—¿Has escrito algo en estos días? —preguntó Elvis desde el cuarto—. Me gusta leer tus cuentos. Casi siempre hay algún muerto, templadera… no sé por qué ya no te los publican.

Botó el líquido frío de por la mañana y alistó la cafetera. Luego abrió la llave del gas, encendió un fósforo y estuvo un rato mirando la pequeña llama que se contorsionaba, azulosa, sobre la válvula del fogón. Cuando regresó al cuarto con las cervezas, Elvis estaba ante la computadora. Tenía el cuento abierto.

Pensó en que estaba inconcluso y casi vio la cara de Carlos repitiendo: estás seca muchacha. Pensó en que ella tenía razón, un cuento es como hacer el amor. En que había olvidado cambiar el nombre a su personaje y el ataque de celos era inminente.

Lo novedoso fue el café, todo lo otro había sido previsto. Esperó en el butacón, con un cigarro en una mano y la tasa en la otra, a que Elvis saliera por fin.

—Eres una tortillera de mierda —le oyó decir y resonó el portazo.

Entonces prendió su cigarro al fin  y miró alrededor. La casa parecía más sola, más grande que antes. Pero eso estaba bien, detestaba los sitios estrechos.