My Stories

LA REINA

LA REINA


Estaba sentado frente a la peinadora, como otras tantas veces lo había hecho, era parte de su ritual, de ese momento previo al espectáculo en el que repasaba el repertorio, se concentraba en todos los movimientos que debía realizar sobre el escenario. Aunque su mirada se reflejaba en el espejo, su mente estaba en otra parte, en los instrumentos, en la banda y en el público.

Cerró los ojos, respiró profundo y se dejó llevar por esa ensoñación, y de pronto estaba allí, de pie en el escenario, con el micrófono en la mano, las luces apagadas, el silencio sepulcral que rápidamente se fue transformando en un murmullo sosegado; el ambiente expectante, el clima era frío, pero los cuerpos permanecían tibios a pesar de todo; las primeras notas suenan y la audiencia enardece, aplausos, gritos, silbidos, y en el medio de todo eso, al frente de la tarima, aún permanece quieto, a oscuras, y deja que su corazón palpite, se deja llenar por la intensa energía que el público le transmite. Sentado en el camerino, concentrado en su imaginación, su corazón también se acelera, su respiración se agita, de vuelta al escenario las notas van in crescendo, los asistentes también incrementan los vítores y un spotlight lo ilumina desde lo alto, como una luz que baja desde los cielos y lo envuelve en un aura que lo hace sentir como un semidios, ahí está él en su pose que luego se convertiría en una firma, en una marca personal, en la mano izquierda el micrófono, como un instrumento de poder, como un báculo o una espada, y la derecha hacia arriba, como si tocara esa luminiscencia que lo hace brillar, que lo conecta y lo convierte durante unos pocos segundos en una especie de enviado, de profeta, el público pierde el control y el bullicio es capaz de escucharse a un par de millas de distancia.

Toma una imperceptible bocanada de aire, acerca el micrófono hasta sus labios y canta las primeras notas, dejando al descubierto su único superpoder. Sentado en el camerino, con la mirada fija hacia sí mismo, se mira, y en sus ojos puede verse de niño, puede verse sentado en la peinadora del cuarto de sus padres mientras ellos no se encuentran, juega a expresar su sentir, y ante las posibilidades que le brinda la soledad y las herramientas frente a si, no titubea, observa su rostro e imita los movimientos femeninos que hacen las mujeres antes de maquillarse, toma una pintura de labios, una pintura cualquiera que lo ayudará a liberar su espíritu anhelante, como si el labial fuera la lámpara de Aladino y lo podría ayudar a cumplir su deseo, pero en vez de frotarla debe girarla, al hacerlo, el rojo carmesí de la barra asciende, al alcanzar el tope la mira fijamente, la reconoce, suspira, sabe perfectamente que es de esos pocos momentos definitivos en la vida, porque una vez que la barra haga contacto con sus labios, que la deslice de un lado a otro, que la deje embadurnarse de un rojo intenso y se mire al espejo y sienta todo esa femineidad que le fue negada por la biología, no habrá vuelta atrás. Suspira otra vez, sonríe, apunta el lápiz labial, se mira al espejo y deja caer una lágrima de alegría, como un símbolo de alivio. Primero la pintura en los labios, luego toma una brocha y con movimientos circulares aplica el rubor, de otro pequeño cilindro saca un cepillito y se pinta las cejas, las pestañas, no está muy consciente del orden, no le importa, sólo quiere dejar respirar a su espíritu, sólo quiere encontrarse a sí mismo, aunque tenga que usar esa máscara para poder hacerlo, y como es su primera vez, no queda armónico, no está equilibrado sino estrambótico. Lo sabe, se ríe, ríe a carcajadas, deja los cosméticos desordenados, y agarra un cepillo de peinar con la mano izquierda, y canta, canta de alegría, canta como una expresión de liberación, canta por toda la habitación, da vueltas desde la peinadora hasta el closet, se para sobre la cama, baila, salta desde la cama al suelo, canta y baila, y del suelo pega un brinco y se para sobre el puf de la peinadora, donde segundos antes estuvo sentado, con el cepillo como micrófono y las luces iluminándolo de frente, se mira en el espejo y se siente como deben sentirse las divas que ha visto en los telefilmes, sí, como las divas, no como los galanes. En un acto de profundo valor y autorreconocimiento, efímero, ha decidido ser quién siente que es y hacer lo que sueña con hacer. Ha renacido.

El recuerdo se termina ahí, su mente lo trae de vuelta al presente, se da cuenta que se ha dejado perder en su infancia y su ejercicio meditativo se vio interrumpido. Pero quiere terminar lo que comenzó, así que cierra los ojos y se imagina de vuelta en el escenario, con el micrófono en la izquierda, canta, y su voz es como la famosa flauta de Hamelin, capaz de hipnotizar, puede transmitir emociones a través de las inflexiones, de las subidas y bajadas de tonos, de los silencios, su voz es la mano del escultor y el micrófono su martillo, su público es el mármol, y este concierto es su obra maestra, como todos los conciertos anteriores, como todas las grabaciones realizadas, deja que su voz sea la guía, el camino y la meta, su fosa y su cima, su sueño hecho realidad.

Canta, canta y salta por todo el escenario, como lo hizo la primera vez de niño y se sintió libre, como pocas personas en la vida pueden sentirlo, a través de su voz busca transmitir esa epifanía, se quita la máscara que le imponen la sociedad y los cánones de su época, y canta por todas aquellas almas oprimidas que nunca encontraron la forma o el valor para liberarse, se deja ser, se permite, y sentado en el camerino se imagina como muchas aves con magníficos colores, con plumajes hermosos, con espectaculares vuelos, se deja admirar por los fanáticos, les agradece su presencia como lo haría un ave en libertad, cantando.

De repente se da cuenta, otra vez, que ha dejado que su mente divague lejos, abre los ojos, se mira en el espejo y se regala una hermosa sonrisa, a pesar de la falta de alineación de su dentadura, de sus piezas no tan blancas, es una sonrisa sincera, transmite satisfacción y felicidad, como si estuviese enamorado, pero no de sí mismo, sino de la vida, que a pesar de todas las dificultades, de la falta de aceptación inicial, de las disputas familiares, de los prejuicios sociales, de las idas y venidas de múltiples parejas y compañeros, de los traspiés y sinsabores, le permitió seguir adelante, pudo vivir la vida que quiso y que construyó.

Tocan la puerta, le anuncian que el público ha agotado la localidad, la banda ya está lista y a la espera, todos están en posición, sólo falta él, la voz detrás de la puerta se retira, su camerino queda en silencio. Se pone de pie, se quita la franela que llevaba puesta, se acaricia el torso desnudo, se pone una chaqueta de un color chillón, está listo para dar la presentación. Se sienta una vez más en el puf, frente a la peinadora, se mira, se siente confiado gracias a su talento, al de sus compañeros, a los múltiples ensayos, al profesionalismo de los organizadores, se da cuenta que del lado izquierdo hay una corona, la toma y se la coloca sobre la cabeza, se admira, del lado derecho hay un sobre cerrado con su nombre, lo agarra y lo rasga por un costado, se sigue admirando con la corona, saca un papel impreso, lo desdobla y comienza a leerlo, son los resultados de unos exámenes médicos que se hizo días atrás, hace una mueca, pero no por lo que lee, la corona no le funciona, se le resbala, pero no es eso lo que le molesta, el papel dice algo sobre inmunodeficiencia, pero no entiende la palabra, no la conoce, la corona no es la correcta, deja el papel a un lado, lo olvida, es la corona de un rey, y él no es un rey, es una reina.