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Habana Opus Magnum

Habana Opus Magnum


 


Ardua tarea es penetrar en la
cualidades reales de cada cosa
(Demócrito, s. VIII a. C.)

Cuando Esteban Sacristán se encerraba a trabajar el mundo perdía consistencia a su alrededor. Tenía ya sesenta y cuatro años, y era el vigésimo séptimo Historiador de la Habana.
—La Ceiba fundacional. El árbol de la Vida y Principio Original —repetía mientras meditaba, una y otra vez, inmerso en la penumbra de la oficina, devenida hacía tiempo, Laboratorio de Ciencias y Templo de la Alquimia.
Aún sufría al no alcanzar a realizar un acto trascendente capaz de darle valía a su mandato en la ciudad egregia. La Habana se encontraba a punto de cumplir doscientos lustros de su fundación, allá, bajo una ceiba, que siglos atrás dejara de existir, en una primera misa también olvidada.
Sus allegados sabían que cuando el estudioso se enfrascaba en su labor nada ni nadie debía perturbar su retiro. Solo su vieja secretaria Sofrosine se atrevía a señalar, con tímidos toques en la puerta del recinto, el paso de las horas, pues tenía autorización para ello. Y era este apenas, si su extrema concentración le permitía escucharlo, el único contacto del hombre con la época actual, el mundo, tal como era, pleno de realidad.
Pero la realidad estaba vacía de tradición y era por eso deleznable. De la Habana antigua y digna de respeto solo quedaban los nombres de las calles: Obrapía, Oficios, Baratillo, Justiz, Mercaderes. Nuevos edificios crecían a diario por doquier, sobrepoblaban el espacio altos rascacielos con formas del futuro, pues el futuro era el presente ahora. Y solo en ciertos sitios se preservaban, las llamadas Ruinas, único patrimonio que el Gabinete de Historia debía pretender conservar, pues más no se le exigía. Ni siquiera el Templete, eje rector de ese Orbis, que debió ser la sexta villa fundada por la metrópolis española en la Isla, se mantenía en pie. Tampoco la antigua catedral Barroca, la muralla, el Palacio de los Capitanes Generales y tantos otros sitios. Solo se acumulaban en fotos, videos, y diarios de otra época.
En su continuo andar en un mismo lugar, de modo tempestivo, Esteban Sacristán solía repasar textos antiguos de imágenes herméticas: la pintura de un globo terrestre compuesto de tierra y agua, elementos densos e impuros, a los cuales se sumaba el aire y al final, próximo a la esfera lunar, el fuego, el elemento más sutil y puro de todos.
—Sobre la tierra un árbol —enunció— como si hiciera un descubrimiento notable.
Allí, en su estudio pleno de columnas clásicas, cercano a la estéril Bahía, inútil para recibir barcos ya, en tanto el transporte marítimo había sido confinado a otros puertos, lo acompañaban desde sombríos retratos concebidos con las técnicas al uso en cada época, Emilio Roig de Leuchsenring, Eusebio Leal Spengler, Patricio Franco Ibarruri, Caridad de la Cruz, Juan Piedra de los Ángeles, los cinco Padres Fundadores del Estudio de la Historia y Maestros de las Ciencias Arqueológicas. A todos ellos miraba de vez en vez, en busca de esquiva inspiración.
A menos de un día para un nuevo aniversario de la Ciudad, una imagen condujo al emérito sabio a otra, así como a un pensamiento futuro, con base en principios de antaño.
—Todo empezó con una misa católica en latín, pronunciada el 16 de noviembre de 1519. Es ese un rito que también perdió su forma con el paso del tiempo —pronunció con voz queda. Luego dejó a su cuerpo denso y de barriga profusa fluir hacia regiones incorpóreas, de ese pretérito ya lejos del alcance del mundo.
Sofrosine marcó en la puerta el arribo de las tres de la tarde.
—La Habana de hoy no vale mucho. Se muere —repitió otra vez Esteban Sacristán, en su ansia de hallar el elemento desintegrador y final—. Pero la putrefacción guarda en sí misma un principio regenerativo, pues transmuta unos elementos en otros, al disolver las partículas más ínfimas del cuerpo. El fuego la destruye y luego la recompone.
Sin quererlo, a su mente vino el recuerdo del día en que asumiera su magistratura, y con ella los símbolos del reciente poder: la cinta púrpura junto a una mitra de reminiscencia obispal, también un frasquito con la tierra original de su ciudad, y una llave para abrir y cerrar sus inimaginables puertas.
Buscó en una vitrina todos sus atributos y se invistió con ellos. Estudió con apuro el recipiente, contenedor de un polvo fino, que bien podía ser suelo de cualquier región del planeta, aunque se decía era de la Habana, y debía creerse.
—Habana, bello nombre. Antaño lo evocaban con sus tiernos llamados los barcos tras llegar al puerto. Habana, la mujer más hermosa.
Al centro de la habitación se hallaba el gran bureau y sobre este diseminados en aparente desorden textos antiguos de la Habana, Actas Capitulares, junto a otras obras de la Europa y el Asia, tratados de ciencias eficaces, para dictaminar el origen de la vida y la materia, estudios ya en el olvido. También había en la mesa, una escuadra, pirámides de alambre, tres brújulas, con varios siglos a su haber, el compás de plata, la balanza, tubos de ensayo donde se recomponían dosis exactas de mercurio, y azufre bajo el suplicio del fuego.
Esteban Sacristán se acercó al mueble soberbio, y depositó la tierra del frasco, a partes iguales en los pequeños platillos de la báscula de oro.
—Presente y pasado —pronunció y pensó luego que con los avances de la Ciencia Nueva todo se hacía posible: viajar al cosmos, clonar la vida, despertar con eso animales extintos, o crear la tierra más hermosa, de los sueños humanos.
—La Ciencia Nueva y la Vieja Alquimia. Opus Magnum —susurró.
Y en un tubo de ensayo, la tierra se recompuso, con el abono de nuevos elementos, células vivas y tejidos. Se añadió a todo la semilla de una ceiba. El principio del fuego, generó algo en apariencia vivo, un órgano tal vez, corazón, o cerebro.
Con el arrullo de sus suaves latidos Esteban Sacristán cayó en una suerte de letargo hasta llegar a dormirse a profundidad. Seis toques en la puerta lo hicieron despertar con un torpe sobresalto.
“Sofrosina se despide hasta mañana” se dijo cuando pudo por fin articular un pensamiento coherente. “Hace rato concluyó sus labores”.
Y se dio cuenta de que la habitación a su alrededor estaba casi a oscuras. El mechero sobre el bureau ya extinguía su llama a estas horas. Buscó velas pues no quería perturbar con luces más fuertes tal alumbramiento, de sutileza silenciosa, que en ese instante tenía lugar en su gabinete. Tropezó con un asiento, mas, sin llegar a caer, se quejó:
— ¡In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti! ¿Será posible un accidente?
A un tiempo, alcanzó a encender pequeñas luces a su alrededor.
Entonces entendió. El órgano latente era útero, matriz. Y dejaba nacer ante sus ojos una Niña, la cual en breve se transfiguró en Mujer: La Habana, desnuda y plena en luz de sol en medio de la noche.
Esteban Sacristán percibió un olor a sal y algas. La Bella lo miró cerca de un minuto y apenas si le dedicó una caricia con el dorso de su mano. El historiador supo entonces que su ciencia alcanzaba a completarse, pues vio crecer hasta la madurez, en cuestión de segundos, a la Divina frente a él. La estatura de aquella se hizo sobrehumana. Amplió sus formas en curvas. Estas hicieron colapsar el recinto, derrumbaron las columnas y el techo. Apenas pudo el insigne estudioso asirse a los largos cabellos de la fémina, y sobrevivir entre escombros, para apreciar entonces el Fin del Mundo que había sido hasta hoy. El mundo real, se descompuso de a poco. Logró sujetarse Esteban Sacristán a aquel cuerpo un poco más, para ver el declive de cuanto conociera. La Nueva Ciudad con sus edificios de decadencia enorme, y todo cuanto la habitaba fueron tragados por la Dama ya Anciana. Ella, solo entonces, en el momento culmen de la devastación, decidió reclinarse a descansar. Otro comienzo no se hizo esperar, el resurgir de la Habana en su año mil de haber nacido, un 16 de noviembre. La tierra pasada y la por venir. Y ahí, en el nuevo suelo, Esteban Sacristán cerró sus ojos para siempre. Cayó de su mano la Llave capaz de abrir la ciudad invisible y solo entonces, por designio alquimista, comenzó a nacer una Ceiba.