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Campos de Schrödinger

Campos de Schrödinger


                Erwin bajó del autobús y pudo al fin estirar las piernas. Qué bien, el aire fresco del campo, se dijo con ironía mientras encendía un cigarro. Se había prometido dejar de fumar al cumplir los treinta, pero de eso ya hacía dos años y aquella pequeña prórroga se le estaba yendo un poco de las manos.

 

                El autobús interurbano había llegado con una hora de retraso y, para colmo, le había dejado a un buen trecho andando hasta El Pueblo. Así le gustaba el transporte público, suspiró resignado, eficiente y puntual. Las casitas blancas y la torre del campanario asomaban entre brumas a lo lejos, más allá de la zona de los campos de cultivo. Tendría que darse prisa si quería llegar antes del servicio. Por suerte, pese a los años que habían pasado, aún recordaba los atajos. Salió de la destartalada carretera rural y bajó con cuidado por un terraplén hasta donde empezaban los huertos. Apenas tardó un minuto en encontrar el viejo sendero que los atravesaba. Si se movía por allí, llegaría en algo más de media hora.

 

                ¿Por qué había tardado tanto en volver?, se preguntó con amargura. La última vez que vino fue para el entierro de su madre y entonces se prometió que pasaría a visitar a su padre más a menudo. Pero ahora, años después, volvía justo a tiempo para el funeral de él. Ojalá hubiera cumplido esa promesa, así ahora no se sentiría tan culpable. Erwin se preguntaba qué habría sido de su vida si se hubiera quedado en El Pueblo dedicándose a la granja familiar como quería su padre, en lugar de irse a buscar la fama y la fortuna como fotógrafo a La Gran Ciudad. Seguramente, nunca habría llegado a sentirse realizado en el ámbito profesional, que para él era su gran prioridad en la vida. Pero, al menos, su relación familiar no se habría hundido en un pantano de reproches en cuyo fondo no había más que indiferencia.

 

                Levantó la vista. Estaba en el campo, en un lugar presuntamente bucólico y lleno de encanto, había mejores cosas que mirar que sus viejas y desgastadas zapatillas. De pequeño, sus padres le tenían prohibido llegar hasta aquella zona, por los jabalíes. Lo que no significaba que no hubiera ido mil veces y se la supiera de memoria. Mientras recorría el pequeño sendero serpenteante entre los huertos, se dio cuenta por primera vez de lo estrecho que era. Por allí habrían podido caminar a lo sumo dos adultos uno al lado del otro. No era más que un camino de cabras por el que ningún coche se habría atrevido a pasar. ¡Dios, si de pequeño aquello le parecía una autopista! Qué inmensos eran los lugares cuando estaban guardados en el recuerdo y qué pequeños se volvían cuando uno se hacía mayor.

 

                En realidad sí que le gustaba el aire del campo, incluso mezclado con aquel regusto a estiércol. Era algo a lo que se había desacostumbrado mucho tiempo atrás y ahora le traía buenos recuerdos. Aunque el insufrible urbanita que llevaba dentro, al que no podía echar de su cerebro ni con una manguera a presión, parecía echar de menos los humos y la contaminación de la Gran Ciudad, porque ya iba por el tercer cigarro consecutivo.

 

                Qué curioso, había una especie de olor escondido detrás del propio olor, acechando. Algo así como un leve aroma a ozono. ¿Una posible tormenta, quizás? Más que una tormenta, parecía un presagio.

 

                Cuando era niño, recordó, toda aquella zona era de un verde brillante. Los huertos estaban siempre en pleno esplendor, bien cuidados y rebosantes de vida vegetal. Ahora, uno de cada tres sembrados se seguía usando para cultivar, mientras que los otros dos tercios estaban abandonados. La sensación que daba era la de una gran colcha desigual de viejas manchas amarillentas en la que, de vez en cuando, destacaba un retal de tela verde recién comprada. Los molinos de viento al fondo, de los que sólo unos pocos seguían girando entre los cables de alta tensión, no ayudaban a mitigar la sensación de decadencia general.

 

                Un poco más adelante, a su izquierda, había un enorme huerto lleno de hileras de coles en perfecta simetría, que parecía la obra de un verdadero artista agrícola con un cierto trastorno obsesivo compulsivo. El hombre que trabajaba el campo, arando nuevos surcos con su azada para plantar más coles, lo hacía en absoluta soledad. Erwin intentó verle la cara, pero estaba lejos y el ala ancha del sombrero de paja que llevaba proyectaba una densa sombra que ennegrecía su rostro bajo el sol alto de media mañana.

 

                Y entonces sintió algo extraño. ¿Cómo podía provocarle aquella sensación de malestar nervioso el semblante de aquel hombre, si ni siquiera podía verlo? ¿Cómo podía resultarle a la vez tan familiar, si hacía años que no pasaba por allí? En cuanto entrecerró los ojos intentando fijar la mirada en el campesino, el aroma a ozono dejó de esconderse detrás del aire y le abrasó las fosas nasales con un orgullo descarado. ¿Quién era ese hombre?

 

                Erwin caminó unos pocos pasos más y de repente se detuvo, sin acabar de tener muy claro si era él mismo el que había decidido dejar de andar o alguien había tomado esa decisión por él. Tenía un nudo en la garganta y no entendía por qué. Respiró hondo, sacudió la cabeza. Muy despacio, alzó la mano en un amigable saludo y se aclaró la garganta para poder hablar.

 

                -Eh… –titubeó. Luego alzo la voz un poco más- Buenos días.

 

                El agricultor se detuvo a mitad del movimiento de alzar la azada y se quedó tieso como una estatua. El malestar que le generaba a Erwin la excesiva lentitud con la que el hombre volvió la cabeza sólo podía compararse con la forma deliberada en que inclinó el rostro para que el ala del sombrero le tapase bien. A aquella distancia, Erwin no podía distinguir sus rasgos y no estaba seguro de si había abierto mucho la boca al verle, pero cuando se le cayó la espiga que mordisqueaba lo tuvo claro.

 

                El hombre tardó apenas un segundo en dejar caer la azada y echar a correr en dirección opuesta. Parecía que hubiera visto al Diablo o, cuanto menos, a un fantasma muy poco atractivo. El nudo en la garganta de Erwin se cerró mucho más, preparándole educadamente para dar la bienvenida al terrible escalofrío que le recorrió la espalda. No había ningún motivo para que le invadiera aquella asfixiante sensación de terrible augurio, al fin y al cabo iba de camino al funeral de su padre, lo peor ya había sucedido. Entonces, ¿por qué se sentía como si estuviera a punto de pasar algo atroz? ¿Y por qué sus pies arrancaron a correr sin que él diera la orden?

 

                Ni siquiera sabía qué esperaba encontrar cuando alcanzase al agricultor. Ni por qué lo estaba persiguiendo. Ahora mismo debía parecer un maldito psicópata, el extraño que viene de La Gran Ciudad y empieza a perseguir a un desconocido por el campo. Pero se sentía obligado a hacerlo. Algo dentro de él le decía que necesitaba verle la cara de cerca. Y, a juzgar por la desesperación con la que corría aquel hombre, estaba aterrorizado.

 

                -¡Espere, por favor! –gritaba Erwin, intentando inútilmente que su voz no sonara amenazante- ¡No quiero hacerle daño!

 

                No, aquello no sonaba sospechoso para nada, se burló una voz sarcástica en algún lugar de su cerebro. Saltó sin problema las dos líneas de alambre de púas que separaban el huerto del camino y echó a correr entre las hileras de coles, mientras el campesino intentaba torpemente alejarse de él.

 

                Aquello era absurdo, ¿por qué le estaba persiguiendo? ¿Qué necesidad había de darle semejante susto a aquel pobre hombre cansado de trabajar? Pero todas esas preguntas eran inútiles. Algo en su interior le obligaba a correr tras él y no le dejaría detenerse hasta que le diera alcance. Y entonces, ¿qué? Necesitaba ver quién era, lo necesitaba de verdad, por algún estúpido motivo. Y a la vez, la idea de lo que pudiera descubrir cuando lo lograse le electrizaba la columna vertebral con un terror reverencial y primigenio.

 

                Le estaba ganando terreno. El agricultor corría por su vida, pero corría entre el fruto de su duro esfuerzo, las hileras de coles que tantas horas de trabajo le había costado plantar y que ahora procuraba esquivar. A Erwin le daba igual, corría en línea recta como una bestia enloquecida, pisando y destrozando las hortalizas sin importarle lo más mínimo. No tardaría en cogerle.

 

                Y entonces el campesino tropezó. Su pie golpeó una raíz que sobresalía del suelo y el hombre cayó de bruces al suelo, confuso. Erwin estaba ya a muy pocos metros y aquella era su oportunidad. Saltó hacia el frente con todas sus fuerzas y se abalanzó sobre el hombre tendido en el suelo, dispuesto a ver su cara y entender por fin la verdad. La respuesta a por qué demonios le había dado aquel arranque psicótico y lo estaba persiguiendo con tanta ansia.

 

                Rodaron por el suelo entre las hileras de coles, arrancándolas y partiéndolas en pedazos al pasar. El aterrorizado agricultor comenzó a propinarle rodillazos y todos los golpes que podía acertar mientras rodaban en un vertiginoso baile de violencia estúpida. Erwin estaba desencajado de locura, al fin tenía a aquel hombre, aunque no supiera por qué necesitaba tanto verle la cara. Dios, cuánto se odiaba a sí mismo por lo que estaba haciendo.

 

                Al fin dejaron de rodar, con Erwin arrodillado encima del hombre, que quedó tumbado boca arriba, inmovilizado. Su sombrero de paja siguió rodando por el huerto un rato más después de que ellos dos dejaran de hacerlo. El sol de la mañana golpeó su rostro y Erwin pudo vérselo al fin, aunque ahora deseara no haberlo hecho.

 

                Era él.

 

                Mirar a su cara desfigurada por el terror era como mirarse a un espejo.

 

                Era Erwin.

 

                Las lágrimas empezaron a fluir copiosamente por las mejillas tostadas de la versión campesina de Erwin, mientras el altivo urbanita movía la boca sin lograr articular ninguna frase.

 

                -Pero… pero… –era lo único que alcanzaba a sollozar.

 

                -¿Por qué lo has hecho? –gritó el otro Erwin, llorando de rabia- ¡Yo era feliz aquí!

 

                -Yo sólo… quería ver –gimió el Erwin de La Gran Ciudad.

 

                -¿Por qué, por qué has tenido que abrir la caja, maldito hijo de puta? –chilló el Erwin del Pueblo.

 

                Las manos de Erwin se apoyaron en el suelo. El campesino ya no estaba allí. Se había disipado de forma lenta y gradual, disolviéndose ante sus ojos como un viejo recuerdo que ya no te hace falta. Si le hubiera dejado en paz…

 

                Si no se hubiera empeñado en seguirlo, si no hubiera hecho contacto visual con su otra probabilidad, ahora ambos seguirían existiendo. El Erwin que se fue a vivir a La Gran Ciudad y el que se quedó con su familia en El Pueblo. Pero había abierto la maldita caja de la verdad y una de las dos posibilidades había tenido que dejar de existir.

 

                Joder, ¿por qué había tenido que dejar que su obsesión con saberlo todo destrozara la otra posibilidad, al otro Erwin? Al Erwin que sí era feliz. En el momento en que supo que estaba allí, dejó de estarlo.

 

                Erwin levantó la cabeza, sorbiéndose los mocos y las lágrimas que le escocían en las mejillas. Miró a su alrededor, a aquel erial desértico en el que nadie había sembrado nada en veinte años, con un triste cartel de chapa que rezaba desesperadamente “Se vende”. No había una sola col.

 

                Apoyó la frente en el suelo y se echó a llorar. Lo siento, sollozó en silencio.

 

                Un trueno retumbó a lo lejos, presagiando un chaparrón que, sin duda, le calaría hasta los huesos antes de llegar al Pueblo.