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CINTAS, PIEDRAS Y BOTONES

Parte sin título


CINTAS, PIEDRAS Y BOTONES

 

Mariana juega arrodillada en el verde triángulo de césped que divide los caminos. Allí, en medio de la nada, el sendero de ripio que viene de Cabo Borrascoso se abre en dos senderos de tierra. Uno de ellos se hunde en el declive que conduce al cementerio del pueblo, un campo sin cruces ni árboles que aúlla de tristeza y de olvido. El otro camino, bordeado de setos y árboles raquíticos, pasa a escasos metros del bañado y se convierte en la única calle de Villa Tranquila, un pueblo aplastado contra sí mismo, un sitio  sin memoria que fundaron a principios del siglo unos inmigrantes ucranianos, escupidos de un barco oscuro sin humor ni cortesía. Pocas veces —tal vez ninguna— desde que Mariana juega con sus piedras y cintas y botones donde alguna vez se pensó poner un cartel de bienvenida, llegó algún visitante a Villa Tranquila. Por eso, cuando el anciano se aproxima arrastrando los pies, arando el polvo, la niña levanta la vista y pone su mano horizontal sobre la frente para moderar el relumbrón del sol, casi blanco. El viejo llega y se detiene.

—Soy Mariana —dice la niña sin desconfianza

—¿Estás solita? —El hombre ahuyenta el sol de un manotazo; el sol se aleja un poco y regresa al mismo sitio.

La niña duda; sus mayores le han dicho que no responda a los desconocidos que hacen preguntas. El viejo no parece malo, por lo que arma una evasiva. —¿Cómo te llamás?

—Soy tan viejo —responde el anciano— que ya ni mi nombre recuerdo. Quizá me llamo Smutek, Üzüntü o Trauer. No importa demasiado.

—Yo tengo nueve años —dice Mariana.

—Y yo noventa y nueve.

—Uf, eso es mucho; casi cien.

—Parecen casi mil —responde el hombre, arrastrando las palabras como antes arrastró los pies. Todo en él se arrastra, penoso, como si fuera una amalgama de gusanos tibios que se mantienen unidos por costumbre. Mariana regresa a sus juegos. Las cintas rojas forman un dibujo sobre el verde, sujetas por las piedras; los botones completan las formas, dan sentido al conjunto y deslizan la posibilidad de que se transforme en un signo, una señal, un mapa arduo e inútil, pero la niña no tiene otros juguetes. Se desentiende del viejo, que sigue de pie, marchito, vacilante, aunque no lo olvida. No se atreve a preguntarle si seguirá viaje o regresará por donde ha venido; ella tiene otros asuntos que atender. Además, él es un viejo y ella una niña. Los separa un mundo y toda una vida.

No obstante, al cabo de un rato, al ver que el anciano no se mueve, Mariana dice, con el desparpajo de los niños:

—¿Te vas a quedar ahí parado para siempre?

El hombre parece despertar. Aunque se siente incapaz de responder a la pregunta, porque honestamente no sabe la respuesta, comprende que la niña tiene razón. También advierte que por primera vez en mucho tiempo tiene hambre y sed, que no come ni bebe desde que empezó a caminar. Es raro, piensa, que hace un momento el hambre y la sed no existían y ahora se convierten en espinas que se clavan en su garganta y en su vientre.

—No —dice al fin—. Tengo que ir a alguna parte, aunque no recuerdo nada más. ¿Es un lugar, una cita, un final?

—Yo no lo sé —dice Mariana frunciendo la boca, y vuelve a mirar las cintas y las piedras y los botones—. Aquí dice algunas cosas, pero no todas.

El viejo oye un sonido en su cabeza. Es como el tañido de una campana, o un timbre. Es impreciso y sordo, un sonido deformado por incontables capas de mantas acumuladas, como si alguien hubiera formado una montaña de trapos y frazadas y hubiera escondido un reloj en el corazón de la pila. Suena lejos, suena poco, pero suena.

—¿Estás oyendo? —dice el viejo señalándose la cabeza.

—¡Claro! —dice Mariana—. Cuando mis cintas, mis botones y mis piedras se ponen de acuerdo forman un dibujo precioso que me habla, y me avisan con un sonido, aunque es raro que puedas oírlo. Nunca lo oyó nadie más que yo misma. —La niña levanta la cabeza y ve que los ojos del anciano están llenos de lágrimas, quizás porque por fin ha comprendido que su final está cerca, que de nada servirán los recuerdos una vez que él sea un túmulo de ceniza. Ha vivido, es cierto, y no puede decir que no haya sido feliz en algún instante, pero fue hace mucho, mucho tiempo.  

—La magia no existe —dice el viejo, ahogándose.

—¿Qué es la magia? —dice la niña.

El hombre hipa, suspira. —La magia sería —dice cuando la espesa y seca lengua le permite articular las palabras— que en lugar de estos dos senderos, que llevan a lugares que no me interesan ni me sirven, hubiera un tercer sendero, que fuera en otra dirección.

—Ah —dice Mariana—. ¿Eso es la magia? No sabía. Entonces lo que veo ahora es esa magia tuya. 

—¿Qué ves? —pregunta el anciano interesado, por primera vez en mucho tiempo, por algo que no sea arrastrar los pies sin rumbo.

—Veo el tercer sendero —responde Mariana—, aunque no te va a servir de mucho.

—¿Adónde lleva?

—Corre por ahí —dice la niña, moviendo la mano de un modo impreciso; señala la colina y se encoge de hombros—. Lleva a la casa de Tomás; es tonto y tiene doce.

Los ojos del anciano se apagan. El tercer camino no lleva a ninguna parte. En rigor, ningún camino lleva: somos nosotros los que andamos, con mayor o menor fortuna. ¡Qué tonto he sido, piensa, al suponer que el sendero tenía la respuesta! No obstante, aunque sabe que es inútil, estira el cuello como si fuese una lánguida tortuga, y busca el sendero con la vista.

—¿Dónde está? —pregunta.

—¿Tomás?

—El sendero, niña.

Mariana mira al viejo y estudia la configuración. La cinta azul se ha enroscado debajo de una piedra blanca y tres botones trepan sobre la cinta roja. Qué raro es esto, piensa. El sendero siempre estuvo oculto por un matorral espeso; nadie lo necesitó nunca, nadie lo usaba desde hacía años, y eso era cuando la madre de Tomás aún vivía. No importa demasiado, pero como nota que el hombre la está mirando, dice: —Te digo que es tonto, apenas habla y se babea.

El anciano mueve la cabeza. —¿Cómo te llamás?

—Mariana.

—Todavía sos muy joven, Mariana, para comprender los asuntos de la vida y de la muerte…

—Mi perro Orson se murió —dice la niña—. Se llamaba así porque parecía un oso. Sé lo que es la muerte.

—Los asuntos de la vida, el dolor, entonces, los asuntos del amor y la soledad. Ser viejo, comprender que no se ha muerto, pero estar muerto de todos modos, es muy triste.

Mariana mira las cintas y las piedras y los botones. Exige una respuesta. Y la respuesta llega.

—Como Tomás —dice—. Está vivo y está muerto. Lo llevaron a la ciudad, y así va a estar para siempre.

—Como Tomás —suspira el viejo y empieza a caminar. Mariana se encoge de hombros y vuelve a su juego. Recoge los botones laboriosamente y permite que el viento haga flamear las cintas. Hay un instante de puro torbellino, pero el viento cesa al cabo de unos minutos y esa es la señal para meter la mano en el bolsillo y arrojar puñados de botones, al azar, sobre las cintas. Una vez más, como siempre desde que Mariana juega a su juego inventado, el dibujo expresa una síntesis de acciones y paisajes, gestos y emociones. Sin embargo, en esta ocasión, el mensaje es incomprensible, raro, loco. Una turbia capa de ceniza parece cubrir el cielo y las sombras de los árboles se desfiguran, retorcidas por la mano de un gigante. Pasa la luz y pasan los sonidos; corren franjas de vieja espuma desteñida y flechas de jalea se hunden en el suelo. Alto, como mirando soberbio el tenue aroma de la hierba, el resplandor del crepúsculo se anuda y se retuerce en los cerros. Es grotesco e impaciente, frío y ácido. Y cuando por fin se aquieta algo ha cambiado en el universo, mota o mundo, algo ha cambiado.

—Mariana. —La voz llama y acaricia. La niña gira sobre sí misma, sobresaltada; nunca la llaman por su nombre, y esa voz, de puro terciopelo, acaba de arrancarle un gemido del pecho.

—¿Quién es? —Mariana se levanta y busca con la mirada el origen del sonido. Hay sombras, hay lúgubres hechizos, puentes, ráfagas, chillidos. Pero no hay nada más o no ve nada.

—Soy yo, Mariana; no sé como fue, pero algo me tocó y me hizo nuevo.

Entonces sí, Mariana ve a Tomás avanzando por el sendero. Pero tiene la mirada fija y penetrante, ojos verdes, una inédita reserva. La niña siente un súbito calor que le sube por las piernas y se mueve hacia el costado, como si temiera que Tomás, un torbellino, se la lleve por delante. Pero él se detiene, se detiene y sonríe, se detiene y la mira con profundidad e interés.

—¿Qué te pasó? ¿Lo sabés? Eras… tonto, ¿no?

—Tonto, sí —dice Tomás; saca la lengua, hace una burla cruel de sí mismo, ayer, hace unas horas, y luego la sonrisa le abre un tajo en el rostro. Mariana lo ve reír y ríe. Tomás contempla reír a Mariana y la risa se transforma en carcajada. Están así, varios minutos, y cuando logran serenarse, hipando y secándose las lágrimas con la manga, él se inclina sobre el verde triángulo, levanta las piedras y deja que las cintas de colores se eleven hasta el cielo.

—¿Qué haremos con los botones? —dice Mariana finalmente.

—¿Con los botones? ¡Ah, sí, con los botones. Con los botones escribiremos otro cuento. ¿Qué te parece?

—¡Sí, sí! —grita la niña, alborozada—. Escribamos un cuento de un viejo y de su magia.

—¿Magia con botones?

—Sí —dice Mariana—, justo justo esa magia.