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Pasillo mediante

Pasillo mediante


 

Lorenzo, el chico nuevo, está sentado en la primera fila al lado de la ventana que da al patio y tiene el antebrazo apoyado sobre la tapa de fórmica color haya. Pasillo mediante está Agustina, quien termina de resolver las ecuaciones  y mira de reojo el antebrazo de él, todavía bronceado del verano. Poco a poco, la mirada trepa hasta el bíceps que ensancha el elástico de la remera de piqué azul. Paseando por el brazo ella encuentra, sin buscar, los ojos de él, color almendra, que miran las ecuaciones; él parece no entender la consigna, o quizás es corto de inteligencia, ella en eso no se detiene pero sí en la línea recta de la nariz.    

Al día siguiente, en la clase de dibujo, Agustina le pide a la profesora sentarse más cerca de la ventana para tener mejor luz. Como Varela faltó y el banco detrás de Lorenzo está vacío, Agustina lo toma. Saca de su cartuchera un lápiz negro, escuadra y goma de borrar. Luego, coloca la hoja canson número 6 a lo ancho. La consigna es dividirla a la mitad y hacer el mismo dibujo de manera estática y dinámica, utilizando lo que aprendieron de cubismo y futurismo. Le llega el aroma de él, como a fósforo antes de encenderse. Desde este nuevo ángulo, Agustina aprecia el largo y el ancho de la espalda de Lorenzo. Más allá de los hombros, el pelo rubio oscuro termina en un pico sobre la nuca.

De pronto, el lápiz de Agustina, ocioso, rueda por la mesa y cae al suelo. Él se inclina hacia el costado, lo recoge, gira sobre el respaldo de la silla y apoya el lápiz sobre el banco en un solo movimiento ágil.

La profesora de dibujo les recuerda que el tema es libre, que lo importante es aplicar los estilos aprendidos. Agustina toma el lápiz, ese lápiz que ya no es el mismo. El pico en la nuca de Lorenzo Agustina lo dibuja como un triángulo invertido y es entonces una pequeña vertiente de agua sobre un paredón de piedra, una suerte de precipicio por donde ella cae. Ella, que venía mansa avanzando por ese río conocido del colegio y los deberes, de pronto cae, cae como el agua que no decide adónde va. Ya no puede nadar hacia atrás, a cuando él no existía, a una existencia sin Lorenzo. Toma la escuadra, dibuja una L mayúscula y en la letra ve la nariz de él en estilo cubista. Luego, la vuelca hacia atrás con el palo alto recostado y ve que se transforma en el brazo o lo que se ve de él antes de desaparecer debajo del elástico azul de la remera.

Las chicas del último año le dicen Lolo, como si fuera un nene. Lolo, ¿jugás en el CASI el sábado? Lolo, ¿nos ayudás a cargar la mesa que pesa un montón?.  Ella nunca le diría Lolo. Los profesores y compañeros lo llaman por el apellido. Le queda Lorenzo entero para ella.

La parte futurista le cuesta más. ¿Qué colores va a elegir? Los grises, marrones y azules del cubismo  no van. Necesita colores más osados, más primarios, amarillos y rojos aunque se trate del agua y de la piedra. Y para crear la sensación de velocidad, ¿qué puede hacer? Recuerda que una de las técnicas de los italianos era representar el mismo sujeto en diversas posiciones. El pico de la nuca, ese triángulo invertido, se le ocurre repetirlo a escasos milímetros uno de otro. El momento de la caída del agua por el precipicio lo plasma con muchas “o” de distintos tamaños, algunas sueltas, otras entrelazadas, hasta que a fuerza de repetición la escena comienza a vibrar.

Suena el timbre del recreo. Agustina guarda sus útiles en la cartuchera y la hoja dentro de la carpeta. Utilizará el tiempo del fin de semana largo para colorear.

***

Es la primera hora de clase del lunes después de Pascua. Lorenzo todavía no llega. El profesor de geografía reparte el mapa físico de la Argentina, uno por banco. La consigna es ubicar los diez principales ríos y ponerles nombre. Agustina gira la cabeza en dirección al patio que permanece vacío desde que todos entraron a clase. Vuelve su atención al mapa, decide trabajar de norte a sur y marcar con su lapicera azul el recorrido de los ríos elegidos: Pilcomayo, Bermejo, Paraná, Uruguay, Salado del Norte, Salado…

Un rápido movimiento azul detrás de la ventana le hace levantar la vista. Es un cuerpo atlético que cruza el patio al trote. Instantes más tarde la puerta del aula se abre y Lorenzo entra, jadeante y sonriente. Ella, que los cuatro días sin verlo lo recordó de perfil, ahora lo mira de frente y le parece un poco distinto. Escucha que él se disculpa con el profesor quien le ordena tomar asiento de inmediato. Lorenzo avanza por el pasillo y se detiene al lado de Agustina. Ella contiene la respiración.  Podría tocarle el antebrazo con apenas mover el suyo de lo cerca que él está. Siente el calor que emana el cuerpo de él y se pregunta cuántas cuadras tuvo que correr. Lorenzo recoge el mapa que hay en su banco y en lugar de tomar asiento sigue de largo hasta el fondo del aula, donde chicos y chicas lo reciben con palmadas en la espalda y le hacen un lugar en la última fila. 

El profesor exige silencio, da solo quince minutos para terminar. ¿Qué sigue? ¿Después de Salado qué sigue? Agustina no recuerda. ¿Desaguadero? No. ¿O sí? Desaguadero. Y Colorado. Negro no. Neuquén y Limay tampoco van. Lorenzo ahora se sienta atrás. Quince minutos quedan para terminar. No, menos. ¿Qué otro río falta? ¿Es que no va a volver? No. ¿Cuál es el noveno río? ¿Hacia el sur no sería Chubut? Sí, Chubut. ¿Y el último? No sabe. Pero sí. Sí, lo sabe. Es Deseado, deseado y deseado…los ríos de sangre de Lorenzo…su brazo, su piel tirante abrazando todo ese torrente de energía masculina….

Alguien tose y Agustina alza la vista al minutero del reloj ubicado arriba del pizarrón: el tiempo se acaba y todavía le falta escribir los diez nombres de los ríos que marcó. Vuele a apoyar la punta de la lapicera sobre el mapa a la altura del Pilcomayo pero ve que algo sorprendente, imposible, sucede frente a sus ojos: los diez ríos más importantes de la Argentina ya no están donde debieran estar. Han desbordado sus cauces y desviado sus cursos hasta irrumpir, a borbotones de tinta azul, en el celeste pálido del mar.