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El fin del verano

El fin del verano


Salí del cole, doblé a la derecha en Acassuso y me crucé con las del Nacional y sus guardapolvos blancos. Qué fácil sería todo con un guardapolvo, o con un jumper como las del Martín y Omar. Pero la estúpida camisa blanca semi transparente del Labardén me obligaba a hacer justo lo que yo no quería. Antes de que empezaran las clases le había pedido a Mamá que me comprara camisas más gruesas, ¿Con el calor que hace? ¡No seas absurda! había dicho dando por terminada la conversación antes de irse al consultorio. Al principio pensé que usando una camiseta sin mangas debajo de la camisa podría zafar, pero pasaban los días y el calor de marzo no aflojaba. Además de las axilas, empecé a transpirar en lugares nuevos, como arriba de los labios y en la frente donde se me pegaban los pelitos del flequillo.

Al llegar a Belgrano doblé a la derecha  y pasé por enfrente del estudio de danza donde tomaba clases de ballet los lunes y jueves desde los siete años. Álvarez,  mon Dieu! Hombros derrière, de-rrière! había rugido Madame Leclair la última vez clavándome la punta del bastón entre los omóplatos. Pero abrir el pecho era exponer a mis dos piquitos nuevos, como pellizcos de piel que arruinaban la chatura que yo tanto extrañaba. No me sentía bien en ballet con mi cuerpo alterado, pensé en cambiar de danza, probar flamenco que enseñaban en el estudio de al lado lunes y miércoles, ellas sí eran pechugonas. Pero el flamenco no me atraía, los brazos se movían lindo, sí los brazos y las manos me gustaban, pero no todo ese taconeo y zapateo tan ruidoso que era lo opuesto a los saltos de pájaro que hacíamos en ballet.

Crucé el empedrado de Chacabuco y toqué el timbre del local de lencería. La  vendedora me hizo señas de esperar mientras hablaba por teléfono detrás del mostrador. Rogué que se apurara, lo último que quería era que alguien del cole me viera ahí parada. Metí la mano dentro del bolsillo de la mochila para tocar el sobrecito de Abu. ¿Sabés adónde ir? ¿Seguro no querés que te acompañe? me había preguntado el domingo anterior al final de nuestro crapette. Abu tenía mucho busto pero mamá tenía poco, cómo iba a terminar yo era un misterio.

En la vidriera se mostraban corpiños básicos de dos triángulos para chicas y otros armados con aro de alambre para mujeres. También había un maniquí de nena con un camisón rosa que caía recto por el pecho plano y otro de mujer con un camisón escotado que lucía tetas grandes y duras.

─Pasá, nena, ¿qué andabas buscando?

─Uno de esos ─dije, señalando un corpiño beige sujetado con alfileres a una plancha de telgopor.

─¿Un corpiñito? Acercáte que te mido.

¿Corpiñito?¿Qué necesidad había de empeorar una palabra de por sí fea? Levanté los brazos, consciente de mis aureolas de transpiración.

─Bueno, no hay gran variedad en tu tamaño ─dijo, enrollando un centímetro blando y yendo detrás del mostrador a una especie de biblioteca que cubría la pared con cajas blancas, rosas y negras. De una blanca sacó un corpiño de triángulos beige y lo extendió sobre el mostrador. Parecía ser el mismo modelo que usaban las chicas desarrolladas de mi clase. Otra palabra que odiaba, ay cómo odiaba esa palabra, la de Lengua encima la usaba siempre: “A ver chicos, repitan conmigo: inicio, de-sa-rro-sho y desenlace.”

 ─Probátelo.

Fui detrás de la pared a un probador diminuto donde parecía concentrarse todo el aire acondicionado del local. Desabotoné la camisa y me saqué la camiseta. ¿Por qué mi cuerpo se adelantaba a mi voluntad? ¿Por qué no podía ser yo la que decidía cuándo dejar de ser nena? En mi grupo de amigas habíamos sido siempre flacas y chatas y justo a mí me había tenido que venir en el verano. Las gorditas o las descaradas que coqueteaban con los varones, ellas tenían tetas y usaban corpiño. Lolas les decían, pero lolas me hacía acordar a Dolores del C que no era mi amiga. Las lolas de Lola, no gracias.

Lo de abrocharse el corpiño se lo había visto hacer a mamá. Pasé un bretel por encima de cada hombro. El contacto del algodón fue más áspero de lo que esperaba, los breteles estaban demasiado cortos y me resultó imposible cerrar el enganche en la espalda sin ver. 

─¿Y, linda? ¿Cómo te quedó?

¿Linda porque le compraría un corpiño o porque el corpiño me hacía linda?

─Lo estoy probando.

Me lo saqué, alargué los breteles y corrí el enganche al frente para poder ver lo que abrochaba. Ese comentario de Fran en el recreo, “¿Qué hacés con camiseta?” como diciendo, ya no sos una nena ¿a quién querés engañar? 

─No, no, querida, dejáme que lo vas a estirar todo ─dijo la vendedora abriendo la cortina del probador sin preguntar. Con dos maniobras puso los triángulos en su lugar. Nos quedamos mirando el espejo en silencio.

─Te voy a traer uno que acaba de entrar, te va a gustar, se abrocha adelante.

Ahí me acordé de Pili. Hacía poco el tarado del Tano, sentado en el banco de atrás, le había desabrochado el corpiño metiendo una regla por debajo del enganche. Los varones se habían reído y Pili tuvo que salir corriendo al baño para abrochárselo.

El segundo modelo era blanco y tenía un vivo de encaje cosido al borde interno de cada triángulo. Fue mucho más fácil de poner, casi como una camisa, primero la espalda y después, con un clic entre los triángulos, quedaba todo en su lugar, levemente aplastado, debajo de una tela que era más suave y fría que el algodón.

─Lycra, una maravilla cómo sostiene los senos, ¿viste? ─dijo la vendedora del otro lado de la cortina.

Seno, coseno… dos triángulos equiláteros convertidos en acutángulos por la fuerza de contracción del clic entre mis senos.

─¿Viene en beige? ─pregunté, creyendo que el blanco quizás se vería mucho a través de la camisa.

─No, solo en blanco. ¿Puedo ver? ─y volvió a abrir la cortina sin mi permiso. ─Ahh te queda di-vi-no ─dijo, terminante, y se fue para el mostrador.

Cerré la cortina. Me miré de frente. Después de perfil. ¿Cuántos días más iba a aguantar el calor? Tarde o temprano tendría que volver, esperar afuera a que me abriera, que pasá nena, que corpiñito beige o te muestro el blanco, que  probáte linda, y quizás ese día habría otras chicas con sus mamás esperando en fila a que se liberase el probador…

Pagué y me fui.

A la mañana siguiente lo saqué de su caja rosa. Me lo puse debajo de la camisa blanca, se transparentaba pero no estaba segura si era porque lo estaba mirando con tanta atención o porque de verdad el blanco era demasiado visible. Terminé de vestirme con la pollera tableada, las medias, los zapatos y el short de gimnasia encima de la bombacha por si algún idiota me levantaba la pollera cuando caminaba por el pasillo hasta mi banco.

Salí al mediodía de casa. Hacía mucho calor y aunque había en el cielo algunos nubarrones de tormenta las chicharras no paraban de gritar. Caminando por la sombra a la parada del 60 me pregunté por qué había tardado tanto en dar ese paso, era más cómodo de lo que creía eso de usar corpiño y además me ayudaba a estar erguida. Me dieron ganas de usarlo debajo del maillot de ballet. Al llegar al cole dejé la mochila en la clase y salí al patio grande.  Caminé a la formación tratando de actuar normal. 

─Conque corpi con encaje ¿eh? ─me dijo Paulina del B, que había sido de las primeras en usar corpiño  ─¿dónde lo conseguiste?

─Es importado ─dije sin mirarla.

Busqué rápido mi lugar en la fila. Fran pasó al lado mío y sonrió. Lo ignoré mirando para el otro lado. El Tano llegó tarde a la fila y caminando sin apuro como era su estilo por entre medio de las filas de varones y chicas clavó su mirada en mi corpiño como si la camisa no existiese.

Me crucé de brazos. Todos empezamos a recitar de memoria y sin ganas:

Bandera de la patria celeste y blanca, símbolo de la unión y de la fuerza

Soy una exagerada, no es para tanto, además de ellos tres, nadie más lo va a notar,

…juremos defenderla hasta morir antes que verla humillada…

Ni que fuera la única que usa corpiño blanco en secundaria, por favor, me tengo que relajar.

…mensajera de libertad, signo de civilización y garantía de justicia.

Cuando rompimos filas para ir a clase se oyeron los primeros rumores de truenos. Tuve que quedarme en el patio porque el preceptor me llamó por apellido. La amonestación era por haber tenido los brazos cruzados durante la formación. Habló de los modales y del respeto a la bandera. Pero él también bajó su mirada a mi torso y registró la novedad. Quise taparme, huir, quise nunca haber comprado un corpiño. Pero al ver cómo sus ojos volvían a caer, una y otra vez, a ese lugar específico de la transparencia de mi camisa, empecé a entender algo, aunque de manera difusa en ese momento. Lo que tapaban y sostenían los triángulos blancos no solamente atraía la mirada de los varones, grandes y chicos, sino que ejercía sobre ellos una especie de fascinación. ¿Eso era malo? ¿Era bueno? ¿Acaso me hacía linda a los ojos de los demás como había insinuado la vendedora?

Un fuerte chasquido de trueno nos sobresaltó a los dos y el preceptor me dijo que fuera al aula de inmediato. El patio estaba desierto y había relámpagos en el cielo. Sentí en el cuerpo las primeras gotas gordas y empecé a correr. ¿Cuánto tiempo pude haber tardado en cruzar el patio de lado a lado? En ese ratito cayó tanta agua junta que fue como tomar una ducha vestida. Al llegar a la puerta de la clase estaba ensopada. La tela de la camisa con alto contenido de poliéster se había adherido a la lycra del corpiño y por más que los intenté separar volvieron a pegarse.

Esa tormenta marcó el fin del verano. Al día siguiente no fui la única en empezar a usar suéter encima de la camisa pero de poco sirvió mi escudo de lana azul frente a las miradas de los varones que ya sabían que debajo del suéter y la camisa yo usaba corpiño.