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Historia de un anillo

Historia de un anillo


 

El otro día pasé por la esquina del Hotel Plaza. Hacía tiempo que no caminaba por ahí y me sorprendió encontrar a H.Stern donde solía estar la tradicional joyería Ricciardi. Recuerdo haber ido a principios de los noventa con mi abuela, clienta de muchos años, a quien la recibió el mismo señor Ricciardi. La escuchó con atención mientras ella explicaba, innecesariamente en mi opinión, que yo me iba a estudiar a Nueva York y que ella quería me llevara un anillo. Los materiales serían los que mi abuela procedió a colocar encima de la mesa sobre un paño de terciopelo negro: el oro de una cadena perteneciente a mi abuelo y cuatro brillantes de un cinquillo suyo. Apareció el orfebre, un hombre desgarbado y hosco, que dibujó el anillo frente a nosotras. El aro tendría un ancho mayor al que yo esperaba. Le mostré mis dedos largos y flacos y le pedí que fuera más angosto. Él me contestó algo así como no te preocupes, nena, te va a quedar bien y se dirigió a mi abuela para mostrarle que debajo de los brillantes habría un espacio abierto para que se viera que las gemas eran auténticas.

No me enamoró el anillo cuando lo fuimos a buscar dos semanas más tarde. Tal como había notado en el dibujo el aro era demasiado grueso y me incomodó el roce interno entre los dedos.  Los brillantes estaban apretados entre sí en un cuadrado y el orfebre le había agregado un marco en elevación que no estaba en el dibujo original y que lo hacía más importante: era un anillo para alguien con una vida lujosa y dedos gordos. Sin embargo, para darle el gusto a mi abuela en un principio y luego ya en Nueva York porque resultaba más seguro llevarlo encima para evitar perderlo, me lo dejé puesto.   

Recuerdo que en Estados Unidos me sorprendió la cantidad de mujeres de variados estratos sociales que exhibían a diario su anillo de compromiso al que llamaban “rock”. Por lo general se trataba de solitarios  cuyo engarce, en forma de garra, hacía que la piedra se luciera en todo su esplendor por la gran entrada de luz. Mi anillo, en comparación, parecía modesto. Sin embargo, cuando viajaba en tren desde el College a Manhattan o me movía en subte dentro de la ciudad daba vuelta hacia abajo los brillantes para que pareciera una simple alianza de oro.

***

A principios de diciembre de 1993, Mark, neoyorquino y compañero de tertulias, me ofreció ir a ver “The Kentucky Cycle” de Robert Schenkkan, una obra de teatro que había ganado el Pulitzer el año anterior y que se acababa de estrenar en Broadway. Jen, una amiga en común, conocía a alguien en la producción y podía conseguirnos entradas a los tres. Era una obra de ambiciones épicas: contaba doscientos años de la historia de los Estados Unidos a través de las generaciones de tres familias, una blanca, una indígena y una negra. La saga, fragmentada en nueve breves obras de teatro, solamente se podía ver repartida en dos funciones, dos sábados seguidos. Yo había leído la crítica del New York Times que no le era favorable.

¡Mayor razón para ir a verla ahora antes de que la bajen de cartelera! ─replicó Mark, ─siempre tratas de entender a este país, pues acá tienes la oportunidad, en solo dos sesiones puedes salir ilustrada. (Traduzco al español el inglés de Mark quizás para marcar cómo sonaba en mi cabeza.)

Incluso hoy, lo que persiste en mi memoria del “Kentucky Cycle” es aquella “épica del fracaso del sueño americano”, (tal como lo indicara Frank Rich en su crítica del NYT)  y de un mundo impredecible y muchas veces brutal donde los conflictos (familiares, raciales y políticos) surgían a partir de la posesión de la tierra. Serían más de veinte actores, pero el que más me atrajo fue Stacy Keach, en el rol protagónico. Su presencia escénica era formidable: parecía un volcán humano que podía entrar en erupción en cualquier momento y fue eso lo que me mantuvo al borde del asiento por las tres horas que duró la primera parte. Lo aplaudí conmovida por su actuación que podría resumir como “la mordida de Keach”, había algo en su modo de mostrar los dientes, de usar las palabras para herir y lograr meter miedo mucho antes de llegar a la violencia física.

Habremos salido del Theatre Royale a eso de las nueve de la noche. Propuse tomar un taxi a Grand Central pero Mark y Jen, ambos neoyorquinos, dijeron no, hay tráfico, tomemos el shuttle para asegurarnos la vuelta al campus en el tren de las 21:25.  Caminamos tres gélidas cuadras estirando las piernas hasta la boca del shuttle que une Times Square con Grand Central por debajo de la  calle 42 y ahí descendimos. En la plataforma  éramos los únicos. Al entrar al vagón vacío, Jen y Mark se sentaron juntos frente a mí. Hacía calor bajo tierra y me saqué los guantes.

Y, ¿qué te ha parecido la historia de nuestro país según Schenkkan? ─me preguntó Mark.

Violenta, pensé.

Interesante ─le dije.

Justo antes de que se cerraran las puertas entró al vagón un grupo de adolescentes, una chica y tres varones. Eran los cuatro afroamericanos (ya no se les decía blacks) y estaban todos vestidos con pantalones y camperas negras. Intenté dar vuelta hacia abajo los brillantes del anillo con un movimiento rápido y disimulado pero se me habían hinchado los dedos y no pude.

Jen y Mark focalizaron la mirada frente a sus pies y se quedaron quietos. Jen tenía puesto un gorro de lana violeta apretado contra las orejas pero varios mechones amarillo claro rozaban el cuello de su tapado también violeta que contrastaban con el celeste de sus ojos y su piel tan blanca. La nariz aguileña de Mark y sus varios kilos de más cubiertos por un largo sobretodo gris le daban un aspecto de señor de Wall Street más que de estudiante universitario. Mi abrigo era una campera de esquí marrón casi del mismo color que mi pelo y en lugar de gorro llevaba esas orejeras símil piel. Me quedé mirando a uno de los chicos negros: me gustó su físico y noté arrogancia en su forma de llevar la cabeza levemente inclinada hacia atrás. Miré el pelo voluminoso de la chica, una aureola negra que enmarcaba su cara de nariz ancha y ojos marrón-verdosos.  No tendría más de quince años y mascaba chicle ruidosamente con la boca abierta.

Whatcha looking at? ─me dijo la chica, acercándose ─. Nice ring ─agregó, mientras asentía varias veces con la cabeza y se movía hacia mí hasta que rozó su rodilla con la mía.

El que me resultaba atractivo dijo:

Did ya see she try to hide it when us came in? Ya think we’re thieves, right?

Miré a Mark pero él y Jen seguían con la postura estática que parecía decir no jodemos, no existimos, solo queremos llegar a Grand Central.

La chica me volvió a hablar, casi a gritos:

Hey! Ma’ friend asked you a question, you deaf or sumethin’?! ─y con un brusco movimiento de su bota contra la mía pareció buscar pelea.

Stop it! ─le dije y la miré a los ojos como diciendo cortála pendeja porque te estás pasando.

No, esa parte no es cierta. No le dije nada. Tuve ganas, muchas ganas, de responder a su agresión con otra patada, una más fuerte. O mejor aún, tener la mordida de Keach para abrir la boca y amedrentarla con palabras.

Pero la protagonista en el subte siguió siendo ella:

I’d cut her fuckin’ finger off to get that ring.

Esa frase la recuerdo textual. La dijo despacio, como si estuviera compartiendo en voz alta una buena idea que se le acababa de ocurrir. Es probable que haya sido entonces que bajé la cabeza, miré el piso y sentí que la piel de mi espalda se erizaba. Dale el anillo, te va a cortar de verdad, pensé mientras rezaba un avemaría sin mover los labios, y así como estás sentada primero va un corte en la cara. Sin embargo, me mantuve inmóvil. Todo ocurrió muy rápido.

La chica tenía una de las manos dentro del bolsillo de la campera. Esa mano de repente se movió y vi asomar el filo de una navaja, ¿o fue el resplandor plateado del cierre de su bolsillo que se movió porque el tren estaba frenando? Mientras terminaba mentalmente mi rezo, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén, llegamos a Grand Central. En el instante antes de que se abrieran las puertas automáticas ella paró de mascar y, anticipando que podría escupirme el chicle en la cara, di vuelta la cabeza a un costado para evitar el impacto. Pero eso tampoco ocurrió. Los cuatro afroamericanos se bajaron del vagón. De a poco, fui recuperando el ritmo normal de mi respiración mientras oía sus risas alejarse por la plataforma.

Puede ser que el anillo haya desencadenado la agresión y así lo creí por muchos años. Pero hoy, al recordar esta historia, me inclino más por la hipótesis de que el anillo fue una excusa. Sin saberlo, mi gran provocación a la chica afroamericana y a su apuesto amigo fue mirarlos con curiosidad, como si todavía me encontrara en el teatro y ellos fueran personajes en una escena más de la cruenta historia de los Estados Unidos. Y lo cierto es que la única que no supo desempeñar su papel fui yo, una extranjera ignorante de ciertas reglas no escritas de convivencia urbana.