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El mejor de los deseos

El mejor de los deseos


La familia Jenkins era infeliz, en el sentido particular que, según Tolstoi, las familias desgraciadas tienden a serlo. El señor Jenkins, un cobarde que llevaba veinte años trabajando como vendedor de coches en una concesionaria, y la señora Jenkins, de figura atractiva pero pésimas costumbres, habían alcanzado ese género de pacto silencioso donde el amor adquiere un (casi) incestuoso aroma a fraternidad. Se diría que era un caso de amor-dependencia pero sin demasiado amor.
Sin embargo, ante los ojos de sus vecinos y conocidos, el señor y la señora Jenkins eran un matrimonio ejemplar. Nunca los habían visto pelear y si los veían en dificultades, tenían la certeza de que se debía a uno de sus dos problemáticos hijos o a algún incidente fuera del alcance de los Jenkins. En definitiva, los consideraban una relación inquebrantablemente sólida.
El hecho fantástico que trastornó la cotidianeidad de esta familia, al menos por un tiempo, sucedió un caluroso día, que anunciaba la llegada de otro ardiente verano, cuando la señora Jenkins hizo saber sus deseos a su marido:
—Cariño, sabes que no pienso aguantar otro verano sin aire acondicionado.
Naturalmente, el señor Jenkins trató de convencerle de que el ventilador que habían adquirido el año anterior aún podía serles de utilidad, pero la testarudez de su mujer era una bestia con la que él no podía luchar, de modo que no se opuso. Contactó entonces a un vendedor de electrodomésticos, a quien le había hecho un favor tiempo atrás, y le pidió un presupuesto.
—Ya sabes, que sea bueno, pero no tan caro —aclaraba el señor Jenkins.
—No te preocupes —respondía el joven vendedor—. Es la mejor inversión que vas a hacer en tu vida. ¿Sabes? El aire acondicionado que te llevaré cambiará tu vida... te lo juro por la pata de mono que descansa en mi escritorio.
Aunque aquellas palabras habían confundido en cierto grado al señor Jenkins, este no le dio importancia y accedió a la compra.
El dispositivo de aire acondicionado –cuya marca no será develada para salvaguardar la buena fe de la compañía que tan buenas unidades produce–, fue instalado en el hogar de la familia Jenkins y desde ese preciso instante sucedió una angustiosa sucesión de fenomenales sucesos sucesivos. Así, por ejemplo, esa misma tarde, cuando ya disfrutaban del refrescante aire del aparato, alguien llamó por teléfono con un mensaje digno de Las mil y una noches.
—¿Hablo con el señor Jenkins? —dijo la voz.
—Habla con la señora Jenkins, que viene a ser lo mismo: dígame.
—Buenas tardes, soy un agente representante de la compañía que produce los aires acondicionados como el que se instaló recientemente en su hogar —se presentó la voz—. En otra ocasión no hubiese existido ningún inconveniente en hablar con usted, señora Jenkins, pero es preciso que hable con el señor… déjeme ver… Robert Jenkins. Eso es. Según la factura «El propietario del aire acondicionado instalado el día bla, bla, bla en la calle blo, blo, blo es el señor Robert Jenkins», a quien debo remitir un comunicado importantísimo. ¿Me haría el favor?
A regañadientes, la señora Jenkins ofreció el teléfono a su esposo, no sin antes asegurarse de que quedara en altavoz.
—¿Señor Jenkins?
—Sí, soy yo.
—Tengo el agrado de comunicarle que, aunque a primera vista no presenta nada en particular, su dispositivo de aire acondicionado posee una cualidad única.
—Ajá —atinó a decir el señor Jenkins sin demasiada curiosidad ni entendimiento.
—Pero antes, permítame sugerirle que no confunda esta peculiaridad científica con un artilugio mágico o con un producto de la hechicería. Se trata simplemente de una tecnología en extremo avanzada.
—Sí, sí, bueno —respondía el señor Jenkins con disimulado desgano, mientras lanzaba miradas a su mujer que a las claras expresaban: «¡hay cada loco en este mundo!»—. Gracias por llamar.
—Veo que no me cree y hasta sospecha que estoy hablando de un cuento de hadas o de ciencia ficción.
—¡Más bien parece una broma de mal gusto! —intervino la señora Jenkins.
Un silencio extraño flotó en el aire. El señor Jenkins reprochó con la mirada a su esposa por la desatinada intromisión mientras ella se justificaba con silenciosos pero altaneros gestos.
—En fin —dijo el agente—, sin más rodeos, como apoderado de la compañía, les comunico que el dispositivo de aire acondicionado instalado tiene el poder de cumplir el más profundo deseo del beneficiario.
El señor y la señora Jenkins dibujaron una mueca que al mismo tiempo expresaba sorpresa, incredulidad y desagrado.
—Cabe aclarar —siguió el agente desde el otro lado del teléfono— que el propietario no deberá expresar su deseo verbalmente, pues el dispositivo inteligente está programado para reconocer los deseos más recónditos. Y aún cuando el beneficiario lo indicase en voz alta, este solo tendrá efecto si coincide con el verdadero y único deseo.
—¿Y cuándo se cumplirá? —preguntó el señor Jenkins sin dar crédito a sus palabras—. En caso de cumplirse… —aclaró.
—El séptimo día del séptimo mes a las siete de la tarde, el dispositivo hará realidad el deseo de su propietario, el señor Robert Jenkins. ¿Alguna pregunta más?
—Y si no queremos que nos cumpla ningún deseo —intervino de nuevo la señora Jenkins.
—Bastará con que el propietario no esté en la casa el día convenido a la hora precisada.
Otra vez se quedaron callados. El señor y la señora Jenkins se miraban sin saber qué hacer ni qué decir.
—Agradezco, entonces, la atención prestada y les deseo el mejor de los deseos —terminó el agente.
Al extraño silencio le siguió una cascada de quejas e improperios por parte de la señora Jenkins.
—Nos han tomado por estúpidos —decía—. Un aparato que concede deseos, ¿quién puede creer semejante cosa en nuestros tiempos?
—¿Y si fuera cierto? —comentó el señor Jenkins.
—Qué va.
—¿Pero si fuera verdad? ¿No seríamos tontos al perdernos de una oportunidad como esta?
—Pues…, si fuera cierto…, pues…, se pide un deseo y se acabó —sentenció ella con la misma fuerza que utilizaba para terminar discusiones desagradables.
Convencidos de que algún jovencito les había gastado una jugarreta, la familia Jenkins siguió con su normal e infeliz vida. Como cada día, el señor Jenkins volvía cansado a casa después del trabajo y la señora Jenkins se quejaba de que su vida era aburrida y monótona y de que no había hecho nada sino entregarse a su marido y a sus hijos; hijos que, a su vez, lamentaban haber nacido en semejante núcleo familiar sin las increíbles perspectivas que muchos de sus compañeros de colegio tenían.
«Quizás mi mujer tenga razón», reflexionaba el señor Jenkins, mientras seguía con los ojos el vaivén hipnótico de las aletas del aire acondicionado. «Cariño, eres un perdedor», le había dicho su esposa en más de una ocasión, pero con ternura y sin ánimos de ofenderle. Claro, al señor Jenkins le hubiese gustado responder que si no tuviera que mantener a una mujer pretenciosa que se pasa todo el día en casa pensando en cómo volverse rica sin trabajar, tal vez, entonces, podría haber invertido sus pocos ahorros en bienes inmuebles o en acciones de empresas norteamericanas. Pero nada de esto dijo nunca. Y ahora le pesaba.
Una noche, el señor Jenkins tuvo un sueño esclarecedor. Se vio caminando en una habitación cuyo suelo, profundamente ondulado, le recordaba a una película que había visto en su juventud. Aunque en aquel cuarto se respiraba una atmósfera mística, el hombre que se le apareció era en todo «natural», «normal», vestido con pantalones vaqueros y camisa a tono.
—Qué maravilloso es el inconsciente, ¿verdad? —dijo el hombre—. Como un huésped extraño de la conciencia, que no deja de manifestarse.
—¿Quién eres?
—¿Acaso importa? Tal vez sea el retrato de Andréi Tarkovski, de Arthur C. Clarke, de William W. Jacobs, de los hermanos Arkadi y Borís Strugatski o una mezcla de todos ellos. ¿Cuál quieres que sea?
—¿Cuál quieres ser tú?
—¿Yo? Ninguno. Eres tú el que debes decidir. ¿Qué deseas?
El señor Jenkins respondió con una sonrisa complicada y, enseguida, agregó:
—¿Cómo sabes qué desear?
El hombre guardó silencio y caminó entre las dunas de cemento. Y dijo:
—Desear por desear es fácil, lo difícil es estar seguro de lo que deseas. ¿No deseabas una mujer, tener hijos, una casa, un coche?
—Supongo que sí —respondió el señor Jenkins—, como mi padres. ¿Acaso no está bien?
—¿Sabes? La gente va por la vida creyendo que desea algo, cuando en realidad ese deseo corresponde a otra persona, a los padres, a la pareja, a las expectativas sociales, religiosas… Viven como en una obra de teatro donde nadie sabe quién es el autor ni en qué consiste el argumento y, sin embargo, todos actúan como si lo supieran. «¿Qué quiero yo? ¿Cuál es mi deseo más profundo?». No te preocupes, aquí y ahora te lo diré…
En ese preciso instante la voz de la señora Jenkins lo despertó:
—¡Vamos, despierta, hoy es el día! ¿Qué vas a hacer?
—Ah, ¿es hoy?
—Siete de julio. Es hoy. ¿Has pensado qué vas a hacer? Yo sigo pensando que es una broma. Malditos niñatos, una broma de muy mal gusto.
—¿Qué desearías tú?
Aquella pregunta suya retumbó en la cabeza del propio señor Jenkins como un cañonazo que anuncia el inicio de una batalla.
—¡Si vas a pedir, pide dinero, hombre! —continuó la señora Jenkins sin siquiera sospechar los pensamientos de su marido—. Con el dinero seremos la familia más feliz del mundo. ¿No lo crees? Podemos mudarnos a una casa más grande, enviar a los chicos a la mejor universidad del país o, qué digo, a la mejor universidad del planeta, ¿cuál es?, podrías comprarte ese coche que siempre querías y que yo no te dejo; ¿te imaginas cómo serán las cenas en esos restaurantes que salen en la tele?
Aquellas sencillas palabras indignaron al señor Jenkins. Se le antojaban vacías y mezquinas. ¡Vaya matrimonio había construido! ¡Qué días insignificantes y desprovistos de interés! Se aburría en su trabajo, se aburría con los hijos. No tenía ganas de salir con su mujer ni de hablar de nada. ¡Qué vida más absurda! ¿Cómo escapar? ¿A dónde huir?
Llegada la hora, a las casi siete de la tarde, el señor Jenkins tuvo la convicción de que por fin comprendía su deseo: anhelaba un cambio. Movió el sofá y se sentó frente a la unidad de aire de acondicionado. Mientras, la señora Jenkins había aprovechado para salir con sus hijos: «Vamos, vamos, lo dejemos solo». El movimiento vertical de las aletas del aparato, que escaneaban todo de arriba abajo como los ojos de una fisgona inteligencia artificial, estremeció la voluntad del señor Jenkins pero este no titubeó. Por un momento, temió las consecuencias. Se concentró en su deseo. Imploró que si lo liberaban de su mujer que no fuera a través de la muerte ni la enfermedad; que si recibía algún dinero no fuera a cambio del alma de sus hijos ni de ninguno de sus parientes.
A las siete en punto, el aire acondicionado emitió una luz deslumbrante, un poderoso destello que se consumió en un instante. En verdad parecía magia.
Durante las horas siguientes, a pesar de la ilusión de la familia Jenkins, nada cambió. Nada. Luego, tras aceptar que sus días seguirían siendo exactamente iguales a los anteriores, el señor y la señora Jenkins recobraron su desgraciada rutina y, en la intimidad, pasaron a echarse la culpa el uno al otro con graciosas acusaciones por haber caído en semejante broma. «Eres un perdedor, pero tienes una familia que te quiere», le repetía de vez en cuando la señora Jenkins, dándole una caricia en el rostro como hacía años no lo había hecho.
Entretanto, como una suprema divinidad del viento, el aire acondicionado continuaba brindándoles un reparador y refrescante soplo, mientras los observaba desde arriba con especial condescendencia, pues conocía bien el más profundo deseo del señor Jenkins.