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La Ventana

Todos los carpinteros que conozco son ladrones y aquel era de los buenos.


LA VENTANA

Esta es mi ventana. Por ella casi me caigo a golpes con un carpintero ladrón. Todos los carpinteros que conozco son ladrones y aquel era de los buenos. Decía que mi ventana le había ocasionado muchos inconvenientes, no lo dijo exactamente así porque además de ladrones los carpinteros que conozco son analfabetos, y no conocen la palabra “inconveniente”.
En su vocabulario están palabras como: serrucho, cepillo, jonrón, carnavales, después. A veces algunos logran formar algunas frases y son capaces de decir, tres mil pesos, diez metros cuadrados de madera, trabajo encargado y cosas así.
El caso es que juntando algunas de esas palabras este carpintero, sentado a una mesa redonda sin pulimentar, y sacando muchas cuentas (las matemáticas se les dan bien a los carpinteros), me dijo que mi ventana costaba cuarenta dólares y si quería llevármela tenía que pagar primero.
Yo con las matemáticas no me llevo muy bien pero conozco la aritmética elemental. Eso estaba explicándole mientras daba unos pasos dentro del bajareque y pateaba diminutas montañas de aserrín.
Le recordaba que yo había llevado las treinta y seis hojas, los tornillos y tres cuadrantes de un metro y medio cada uno, que su trabajo sólo había consistido en armar mi ventana y barnizarla.
Pero era la mar de bruto y como todo bruto que tiene oficio y se dedica a esquilmar a los demás, tenía agallas de “vivo”.
Se levantó, dejando a un lado las cuentas y caminó hacia el fondo, allá se volteó y se cruzó los brazos, me miró a los ojos con los ojos inyectados de sangre, como si algo se le hubiera quebrado en el cerebro y empezó a gritarme.
Dijo que los cuadrantes no servían, que estaban verdes y había tenido que cambiarlos, algo que no me estaba cobrando porque a fin de cuentas se quedaría con los tres y tendría la paciencia de esperar a que se secaran para trabajarlos, que yo era un malagradecido y que nunca debió aceptar ese trabajo, con lo que tú me vas a pagar por la ventana no voy a resolver nada pero es mi trabajo, mi tiempo y mi talento.
Cuando dijo la palabra “talento” recordé aquella noche en una reunión de escritores a la que me había colado porque alguien dijo que una muchacha de Cienfuegos se quitaría la ropa, y se lanzaría a la piscina a templar con un blanquito de La Habana con fama de conflictivo. Mientras los escritores leían cosas raras que dijeron eran poemas o cosas cursis que aseguraron era metaliteratura, un muchacho con cara de loco, que estudiaba Medicina, leyó un texto que se llamaba La miel de los elefantes, y cuando lo criticaron, dijo que él, como todos tenía talento. Una muchacha le dijo que talento tenía Miguel Ángel, entonces el muchacho dijo que tenía el don, que era escritor y algún día se hablaría de él.
Tenía delante de mí a un tipo que quería robarme y además me decía aquello de que tenía talento. No quise hablarle de Miguel Ángel ni de la Capilla Sixtina. No quise hablarle de nada. Sólo mirarlo a los ojos, tratando de averiguar qué tenía en la cabeza además de unas cien palabras y no estuve seguro de nada. Tenía los brazos tensos. Se balanceaba sobre el mismo pie, como una fiera en la selva, lista para caer sobre su presa.
Pero le quebré sus expectativas. No abrí la boca. No le dije nada. Sólo miré mi ventana, hermosa, reluciente, perfecta. Lista, con su doble movimiento de cierre y apertura para dominar la luz y la temperatura, alejarme de los ruidos.
Entonces no pude resistirme, quería abrazarla, olerla, acariciarla como al cuerpo de una mujer y caminé hacia ella.
— ¡No la toques! —me gritó el ladrón y por un momento, dudé.
Luego no. Ya todo fue más fácil, él vino, casi corriendo a querer golpearme y yo, con una mano, por fin, sentí la cálida textura de la ventana bajo mi palma abierta mientras que con la otra y sin que él tuviera tiempo para evitarlo cogí un destornillador y dejé que clavara su corazón en él, sin dejar de ser feliz ni de sonreír por mi ventana.
Ya en la calle, con ella a cuestas, como un caracol, volví a ser feliz. Caminé despacio. El aire me golpeaba la cara, tenía la camisa abierta y sudaba.