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Aromas en la oscuridad

Aromas en la oscuridad


Faltaban un par de días para el primero de noviembre. Recuerdo a mi mamá buscar animada entre los cajones de su cuarto —yo era todavía una niña, lejos de entender los significados profundos de la vida—. Ella iba y venía, hacía espacio en una mesa en la sala de la casa. Mis hermanos le ayudaron a empujar el pesado mueble hacia la pared.
Recuerdo con muchos detalles ese día, pero sobre todo llevo tatuado en mi mente el olor a copal y cempasúchil —ahora sé sus nombres—. En ese entonces sólo invadían mis sentidos grabándose a fuego en mis recuerdos.
Todo ese día lo destinaron en mi casa a arreglar esa gran mesa. El lugar central lo ocupó una fotografía de mi papá. Mamá la colocó con lágrimas en los ojos al tiempo que decía en voz alta: «es el primer año que nos visitará».
Pero no fue lo único que pusieron sobre la mesa, que ahora tenía un nombre más digno: “altar del Día de Muertos”. Rodearon el altar con una especie de mantel hecho de papel picado.
 
—Éste es el viento que traerá las almas a este mundo —decía mi mamá en un especie de trance.
 
Luego con la ayuda de mis hermanos mayores, mamá formó un hermoso arco de flores naranjas en la pared.
 
—Ésta es la entrada al mundo de los muertos —comentaba mi hermano Juan.
 
Pedro, por su parte, se entretenía formando un curioso sendero en el piso con dirección al altar. Lo hacía con pequeñas veladoras de color blanco.
 
—La luz de las velas será su guía entre las tinieblas —me decía mamá con una sonrisa al ver mi cara de asombro.
 
—La luz y el olor del cempasúchil —completaba animado Juan.
 
Llegaba la hora de comer y mamá se fue a la cocina. Yo, como niña curiosa que era, permanecía bajo sus faldas y ella con la ternura de una madre, me daba pequeñas probadas de los guisos que preparaba. Todo estaba delicioso y no podía esperar a sentarnos a comer.
Salí satisfecha a corretear por la casa al tiempo que mis hermanos entusiasmados agregaban adornos al altar.
 
—¡Calaveritas de azúcar! —Al verlas corrí con intención de comerme una.
 
—¡No! —gritaron los dos al verme.
 
—¡Son un símbolo! Como todo lo que ves en este altar, y nos recuerdan que la muerte está siempre presente —me dijeron los dos con paciencia.
 
—¡Juan!… ¡Ven por esta jarra de agua y ponla en el altar! —gritó mamá desde la cocina.
 
Pedro me volteó a ver y me dijo con ternura:
 
—Cuando lleguen las almas estarán cansadas del viaje. El agua les calmará la sed. También sería bueno que les pongamos una toalla y un jabón, para que puedan asearse después de su largo camino. ¿Qué te parece si vas por unas arriba? —me dijo.
 
¡Vaya! Podía ayudar con la ofrenda. Corrí al segundo piso contenta. A mi regreso me ayudaron a ponerlas en un lugar menos visible, tenían que reservar los lugares especiales para unos vasos, un tequila y un enorme pan de muertos que mamá había horneado el día anterior.
El tiempo pasaba y yo, en mi inocencia infantil, me pregunté cuándo estaría lista la comida. En ese momento, como si la hubiera invocado, mamá salió de la cocina con dos grandes ollas de barro, no pude sentirme más feliz. Pero mi felicidad se tornó en asombro al ver que se dirigía directamente al altar y que los colocaba en los lugares especiales que habían estado reservando.
 
—¡Jajaja! —rieron mis hermanos.
 
—Es la ofrenda para nuestros muertos —dijo Pedro sonriente.
 
—Se les prepara lo que más disfrutaban en vida como muestra de que no los hemos olvidado y para halagarlos por su visita —completó mamá.
 
Ese día descubrí que me gustaba lo mismo que a ellos. El mole con ajonjolí estaba delicioso; los frijoles refritos con queso hacían que me doliera la panza de hambre; y el plato con tacos dorados despertaba en mí los terribles deseos de robarme uno. Esos y todos los demás platos que pusieron en el altar hicieron que por momentos envidiara su suerte.
Por fortuna, mamá guardó algo para nosotros, aunque lo comimos sin tanta ceremonia, pues mis hermanos tenían prisa por irse a su escuela vespertina y mamá quería terminar de arreglar algunos detalles. Colocó fotografías de otros familiares, ninguno que yo pudiera reconocer. Y al final colocó una cruz en el centro del arco de flores en la pared.
 
—Ya está todo listo —me dijo—. Aunque hay una foto que no puedo encontrar…
 
Y subió a su cuarto.
 
El día siguió sin prisas y llegó por fin el esperado Día de Muertos. La casa parecía flotar entre el humo del copal, dando a todo un aire de eternidad confinada. Las voces y risas de todos los invitados, a nuestro regreso del cementerio, inundaron el patio de la casa, rebotaron entre pensamientos y frases perdidas. Pláticas de adultos que me invitaron a escapar de allí y entrar a la sala.
La ofrenda del Día de Muertos robaba toda la atención y despedía serenidad, como solo la pueden tener las almas en el eterno descanso. Un hombre que se había adelantado a mí, contemplaba el altar de cerca en silencio absoluto. Al escuchar mis pasos giró y me dirigió una mirada que aún hoy guardo en mi mente. Después regresó a su posición original y se dedicó a observar con adoración el trabajo que hicieron mamá y mis hermanos en el altar. Me sentí de más y regresé al patio para dejarlo con sus pensamientos.
La tarde transcurrió y poco a poco los invitados regresaron a sus hogares, para dejarnos solos a la luz de las veladoras y con el rezo del rosario que mamá repetía una y otra vez. A la mañana siguiente, las velas a punto de consumirse parpadeaban y Pedro corrió a reemplazar a las que ya se habían apagado del todo.
 
— Deben permanecer encendidas, pues sus almas pasarán todo el día de hoy con nosotros y las necesitan para su regreso al otro mundo —me dijo.
 
El día pasó con normalidad y por la tarde, mientras buscaba una muñeca, encontré a mamá sentada en su cama, lloraba mientras abrazaba una vieja fotografía. Me acerqué curiosa y brinqué a su lado, tratando de adivinar en la foto la respuesta a sus lágrimas.
 
—¡Qué alto es ese señor mamá! —dije al ver la foto que sostenía.
 
Ella me miró extrañada y dijo con voz sollozante:
 
—¿Y cómo puedes saberlo si esta foto es sólo de su rostro? Niña, mejor ve abajo a jugar con algo.
 
—No mami. Es que pude verlo ayer mientras admiraba lo bonita que dejaste la ofrenda.
 
Mi mamá se levantó de un salto y yo corrí tras ella. Bajó a colocar la foto en el altar junto a las demás.
 
—Perdone por favor, padrino Enrique. No encontraba su foto, pero no me he olvidado de usted y le puse sus cigarros y esos dulces de leche que tanto le gustaban.
 
Después de decir eso se inclinó a mi altura y abrazándome me dijo al oído:
 
—Era mi padrino de bautizo. Siempre estuvo al pendiente de mí. Murió poco antes de que tú nacieras.
 
Esas palabras zumbaron en mi mente muchos días de mi vida. Siempre acompañadas de esos ojos penetrantes y ausentes, que ahora sé parecían verme a través de un grueso vidrio anhelante. Siempre me pregunté por qué el destino me hizo cruzarme con el padrino Enrique. Viví molesta por no haberme encontrado con papá en quien pensaba día y noche y a quien sí habría reconocido. Imaginaba entre nosotros mil conversaciones donde respondía todas mis preguntas no dichas.
 
—La muerte no está para cumplir encargos —me decía una y otra vez mi mamá. Luego, me daba un beso y susurraba a mi oído:
 
—Tu papá estuvo aquí linda, eso lo sé. Al igual que nuestros demás familiares. Siempre vienen y están entre nosotros, disfrutan sus platillos, e incapaces de comerlos le roban el sabor como prueba de agradecimiento. Mi padrino Enrique debió extrañarse al no ver su fotografía entre las demás. Además de que seguramente tenía ganas de conocerte.
¿Cómo podía mi mamá hablar de los muertos con tanta naturalidad? ¿Cómo podían todos a mi alrededor convivir con ellos en un profundo respeto íntimo? A partir de ese año, todo lo que pasaba en esos días me parecía siempre como parte de un sueño, envuelto entre niebla y eternidad, cargado de olores y sabores contenidos, esperando atraer a las almas y partir con ellos.
Y no fue hasta tres años más tarde que comprendí todo. El camino efectivamente es largo y obscuro. Tenía razón mi hermano en estar pendiente de las veladoras, pues aún las más pequeñas son como un inmenso faro que guía a través de las tinieblas más profundas. El fuerte olor de esa bella flor naranja es en verdad capaz de penetrar el más allá y despertar los sentidos perdidos de un alma errante.
La puerta en forma de arco es motivo de alegría entre los difuntos porque es la entrada al mundo que dejaron tiempo atrás y que les motiva a hacer este tortuoso viaje. Y bien decía Pedro que al llegar agradecerían agua, jabón y una toalla para su limpieza. Los pequeños placeres de la vida lo son todo en la lejanía de la muerte.
En esta ocasión puedo sentir el amor con que mamá y mis hermanos prepararon este altar; lo veo incluso más bonito que el de hace tres años. Los colores fuertes del papel picado son lo único que brilla y da vida a un entorno por demás árido y gris; su eterno vaivén al compás del viento marca un ritmo entre el presente y la eternidad. El olor y el calor de la comida me permiten revivir todas las veces que vi a mamá yendo y viniendo en la cocina, mezclando ingredientes. No falta nada. El mole, los tamales, el atole y otros guisos junto a un tazón de dulces, me dan la certeza del tiempo que ocuparon este año en preparar el altar.
Mis hermanos y mamá están sentados al pie de la ofrenda en completo silencio. Veo su mirada ausente, perdida en un mundo que se escapa a su vista. Es como si buscaran a alguien más allá de sus pensamientos. Y aquí estoy a su lado, disfruto el altar de muertos en compañía de mi familia. Siento la calidez ausente en el perpetuo frío de las tinieblas. Me sé amada pero sobre todo me gusta la fotografía que eligió mamá para recordarme. Una grande en la que me abraza papá, justo como lo hace ahora mismo.
Y por cierto, ahora sé por qué aquella vez no pude ver a mi padre; es la misma razón por la que ella no ve mi presencia en este momento a pesar de estar a su lado. El dolor ciega y la esperanza lo opaca. Me consuela tener la certeza de que mamá siente que estamos aquí, que venimos a decirle que no se culpe por un accidente que nunca habría podido evitar. La vida es así, y en la muerte se nos escapa. Pero sabemos que con el tiempo lo entenderá.
Estaría feliz de saber que su padrino Enrique fue de los primeros que me recibió en el otro lado. Y que ahora sé por qué fui capaz de verlo hace tres años. Lamento no pueda oírme para contárselo yo misma. Secretos entre los muertos, rio su padrino cuando me lo contó por primera vez.
Ahora soy yo la que me inclino a su oído y digo unas palabras que estoy segura entenderá, aunque no sea capaz de escucharlas.
—Gracias mamá, gracias por no olvidar a mi muñeca y hacerle un pequeño espacio en el altar.