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El cuento de Caín

El cuento de Caín


     Tuve que irme a la cama para no flaquear. Me quité el corsé, las medias, el tanga… con un asco que casi me hizo vomitar en la alfombra rosa. Encendí la lámpara de la mesita de noche, y la tenue luz roja me pegó un puñetazo en los ojos. Saqué el paquete de tabaco de la mesita de noche. Cogí un cigarro y lo encendí dando una calada tan profunda, que el humo me llegó hasta el coño. Me toqué el pómulo, dolorido, rajado, sangrando. Me levanté y fui al baño. Me quedé de pie, mirándome en el espejo mientras me fumaba el cigarro. Me sorprendí encorvada contándome las costillas. Mi melena roja, que en un tiempo no muy lejano me había parecido hermosa… caía enmarañada tapándome la cara y los pezones. Di una calada al cigarro y lancé el humo contra el espejo. Con los dedos me retiré el pelo de la cara, y observé con indiferencia el corte que tenía en el pómulo. También quedó al descubierto un cardenal en el hombro que me duraba ya dos semanas. “A ese hijo de puta le gustaba pegarme cada vez que venía a follarme. Siempre igual. Empezaba muy dulce. Siempre me traía flores, vino o algún detalle. Pero luego el cabronazo me daba la vuelta y me cogía del pelo…”
Le encantaba agarrarme del pelo mientras me montaba por detrás. Tiré el cigarrillo al suelo y busqué la maquinilla de rapar. La puse en mi frente y rapé con rabia mi preciosa melena peliroja, mientras me asfixiaba entre sollozos, y el espejo se volvía borroso entre mis lágrimas. Sabía que aquella vida se había acabado, mi vida. Y se me salía el alma por la boca. Cogí un par de toallitas desmaquilladoras. Me quité las pestañas postizas y comencé a desmaquillarme los ojos. Al pasar la toallita por la herida del pómulo, sentí una punzada, y volví a recordar a ese gordo malnacido. Cuando me quitaba la base, la toallita se enganchó en los bellos de la barba que comenzaban a crecer. Me miré en el espejo de arriba abajo. Mis facciones masculinas. Mis NO pechos. Mis “güevos” y mi polla colgando como una morcilla. Me metí llorando en la ducha, frotándome con fuerza para limpiar toda la sangre que había quedado en mi cuerpo.

     Llené una maleta con ropa de hombre. Me vestí con ropa de hombre. Pero no tenía perfume de hombre. Cogí mi tarro favorito y puse un poco en mi cuello y en mis muñecas. Inspiré el olor a coco y jazmín, y la paz volvió a mí. Cogí seiscientas mil pesetas que tenía guardadas en el armario. Agarré la maleta y atravesé el salón de la que había sido mi casa. Mi hogar. Durante cuatro años. Allí estaba ese gordo seboso de Caín con el cuchillo jamonero clavado en su barriga, y tendido en un lago de sangre roja y oscura. Muy oscura. Cuando iba pasando por su lado, tosió y escupió un chorro de sangre. Agarré el cuchillo sin soltar la maleta. Lo saqué de su grasienta barriga y se lo clavé lentamente en el cuello. Abrió la boca y chilló como un guarro en una matanza. Ese hijo de puta ya no volvería a pegar a nadie más.

     Salí por la puerta y el sol me pegó en la cara. Inspiré el olor de la calle y caminé orgullosa hasta la estación de Atocha.