My Stories

Dead man walking

Dead man walking


Dead man walking ©

Agustín María Palmeiro

 

            Un telegrama. Golpes en el volante del auto y en el tablero. Golpes en los asientos. Llanto de enojo. Llanto de rabia. Llanto de odio. Respiración agitada. Tristeza. Dolor. Mocos. Pañuelo. Suspiro largo.

 

            Cuando recibió el telegrama, dos días atrás, no lo esperaba, pero lo esperaba, aunque lo que no esperaba era la rapidez de su llegada. Había decidido jubilarse hacía dos meses. Sabía de lo largo del trámite, pero los tiempos, para él, se habían acelerado. Al volver al trabajo, al día siguiente de haberse enterado y sabiendo que le quedaban sólo tres días más de ir, sintió en el aire algo distinto. Miradas furtivas, saludos apurados, sonrisas forzadas. Ya lo sabían. De algún modo se habían enterado. Se miraron con su compañera, que oficiaba de su segundo en sus ausencias y asintieron. Continuaron trabajando como si nada. Como si todo fuera a seguir como siempre. Ella intentó acercarse, pero él le dijo que no, sin decírselo.

            - No quiero despedidas –le pidió, casi como una orden. Asintió, le sonrió, tragó saliva, y continuó con lo que estaba haciendo en la computadora.

            Él sólo se dedicó a cerrar trabajos que necesitaban su firma, concertar entrevistas para su segundo, que lo iba a reemplazar y con la cual habían hablado sobre el tema el último año, preparando su retiro, para algún momento, sin nunca terminar de definir ese momento. Hasta ahora, Ahora se había definido el momento, Era este. Por lo demás, con el resto todo siguió como si nada fuera a cambiar, como si nada fuera a suceder, pero este como sí, fue más acentuado que con su compañera, se acentuó más de lo habitual, al punto que rozaba lo risueño, pero no se podía reír, no le venían las ganas, no le venían las necesidades de reírse. Sí había tenido la necesidad de irse, de no trabajar más, de un, Hasta acá llegué. Lo había hablado con su mujer y habían armado planes de cosas a hacer, viajes, nuevas actividades laborales, visitas a amistades y familiares tantas veces postergadas, pero ahora… ahora que todo eso se podía concretar, ahora, todo eso había desparecido, se había ido por el inodoro, como si de golpe hubieran apretado el botón de descarga, y lo apretaron rápido y a fondo, como para que no queden dudas que todo había terminado.

            Los últimos tres días se movieron lentos, definitivos. Las miradas furtivas, saludos apurados, sonrisas forzadas se acentuaron aún más. Caminaba entre todos como si ya estuviera muerto, como si ya se hubiera ido, como si fuera un fantasma, pero no era un fantasma que asustara, era un fantasma que daba pena.

            - Dead man walking –se dijo para sí, acordándose de la película, y se obligó a una sonrisa que le salió con cierto dolor.

            Su último acto fue reunirlos a todos en el comedor. Nadie preguntó porque, no hubo temores como otras veces cuando los reunía en el mismo lugar, esta vez la reunión fue relajada, entre bromas, cafés y facturas compartidas.

            - Los reuní hoy –carraspeó para aclararse la garganta- para saludarlos y bueno –volvió a carraspear, se puso un caramelo de miel- parece que me voy a resfriar con este invierno embromado –unos pocos asintieron, nadie le aclaró que ya estaba casi terminando la primavera- un gusto, quedan con la mejor –hizo un gesto hacia su sucesora, la cual asintió.

            Fue saliendo con lentitud, como si no quisiera irse. Pocos lo saludaron, casi todos estaban apurados por dar la bienvenida a su reemplazo que quedó atrapada entre tantos saludos y no pudo siquiera darle un apretón de manos, máximo un abrazo.

            Los golpes en el volante del auto y en el tablero, disminuyen hasta desaparecer. Lo mismo sucede con el llanto de enojo, de rabia, de odio. La respiración agitada se le vuelve suave. Nuevo suspiro largo. Menos mocos. Pañuelo empapado queda en el asiento de al lado. Pone marcha atrás, luego gira a la derecha en la búsqueda de la salida.

            - Viejo de mierda –insulta a un hombre que, distraído, cruza delante del auto a la salida del estacionamiento. Menea la cabeza con disgusto-. Estos viejos…

            Al terminar de salir el sol lo enceguece, por unos segundos, dobla a la izquierda y se mete en el tráfico de la avenida.