My Stories

Tócala

Tócala


     Dejo el vaso vacío encima de la mesa (bueno, no es una mesa, aunque lo parece. Es, en realidad, la cola de un piano enorme que ocupa toda la sala principal del bar). Los hielos se agitan como si hubiera un T-rex en los alrededores. Tendría que pedirme un gin-tonic para acompañar al músico, que está making love with his tonic and gin justo delante de mí.

      Y, justo detrás, ella le cuenta a él, a mi amigo, que una vez tuvo una cita con un chico que era gay pero que todavía no lo sabía (tiene gracia; yo lo he pensado muchas veces de mí mismo). Hace no tanto, también ella me contó aquella anécdota. Me la escribió, más bien.

      Son las cuatro de la mañana, grito Sing us a song, you're the piano man mientras el viejo golpea el instrumento y el teclado se convierte en una ola, en una alfombra sacudida, y voy la barra; un camarero de unos cincuenta años con el pelo alisado hacia a atrás, como un señor de los años veinte o un macarra de los de ahora, de chaleco granate, terciopelo basto, me sirve una copa de ron y para ella algo más suave: un vermú: si bebe mucho, al día siguiente llora sin saber por qué, il pleure dans son coeur como en el de Verlaine, aunque la cosa es más prosaica: en realidad, son las reservas de dopamina, que se agotan de borrachera y después notas el vacío (se lo expliqué así cuando me lo confesó).

      Vuelvo a la sala del piano de cola. Ella y él siguen hablando. Dentro del marco que forman sus dos siluetas, un señor alto de barba se pasea despacio, se coloca junto al músico y le entrega una servilleta arrugada con la discreción de quien pasa un pollo de cocaína. El pianista lo mira de reojo y asiente sonriendo como un sapo de cuento, el Señor Sapo de Disney, así sonríe, y agita los brazos y la mesa entera (el piano) se hechiza y canta como Serrat.

      Ya me ha dicho lo del vermú, ya, deja caer mi amigo cuando me acerco a ellos con mi ron y su vermú en las manos. Y justo me estaba contando ahora cómo os conocisteis. Yo le digo que sí, como si no se lo hubiera explicado ya, como si no le hubiera mentido, que me dio el número en el autobús. Me lo pediste tú, contesta ella. Bueno, sí, claro, las chicas no dais números así como así.

      No nos habíamos visto nunca en persona. Solo a distancia, en Whatsapp o por teléfono. Para ella, éramos como los protagonistas de Her. ¿Has visto Her? Lo entenderías, tío. Se lo dije antes de que me acompañara dentro del bar, porque yo estaba muerto de vergüenza y no quería ir solo a conocerla. Quizá era mejor en la distancia y a través de una pantalla.

      Hoy, ahora, junto al piano, le veo las pecas y me doy cuenta de que es más baja de lo que la imaginaba, pero y qué: me gusta. Y no me atrevo a darle un beso. Una vez escribí una poesía espantosa donde describía un metro, cien centímetros, de mil maneras distintas, para ilustrar cuánta distancia separa a un chico que no se atreve a besar a la chica que le gusta. Bien que me avergüenzo de aquellos versos adolescentes pero me sigue pasando, mierda, cojo una servilleta y me acerco al señor del vestido azul, el que le ha dado al pianista la orden de tocar la Fiesta de Serrat (no dije señor lleva un vestido azul. ¿Qué más da? Además, si lo olvidé es porque aquí no desentona. También lleva zapatos de tacón).

      Le tiendo la mano. Vengo a por un boli. Creo que tienes uno, ¿no? Le voy a pedir a este (señalo al viejo del piano) Fix You, la de Coldplay, ¿la conoces? Se queda callado unos segundos. Cómo sois los heteros, contesta; no te doy la mano, que a vosotros no os la doy. Sonríe y sigue: la canción la conozco; a ella (guiña un ojo, la raya es azul), no. Me da el boli y se marcha del bar para siempre.

      Escribo el título en mayúsculas para asegurarme de que se entiende bien. F, I, X, Y, O, U. Le enseño el manuscrito al pianista, que sigue tocando, ni me mira, sus dedos son como el delta de un río visto desde una avioneta, levanta una mano y la mano dice "espera", y vuelve al piano y el piano canta y suena a radio vieja y cabaré. Cuando termina su trance, está sudoroso y brilla. Ni me la enseñes, que hay cambio de turno; dásela al compañero después.

      Entonces se hace el silencio, y huele más que nunca al serrín del suelo y a la gomina de pelo y a las toneladas de maquillaje del grupo de señoras de junto a la puerta del baño. Todo el mundo habla (ella y él también, ella se ríe y pone los ojos en blanco) y yo me meto el papelito en el bolsillo y me pido una absenta esperando el cambio de turno. El camarero del chaleco (joder, si parece de El Resplandor) corta una salchicha en rodajas y me sirve un plato, te veo triste, chaval, no tienes edad para llevar esa cara, te voy a regalar otra absenta para que no te siente mal la salchicha, y sonríe como unos cascabeles, y yo sonrío también. Me las bebo de un trago, las dos, uf, podría dibujar mi esófago en tres dimensiones. Se esfuma el olor a serrín, maquillaje y gomina. Empieza a sonar el piano y la melodía atraviesa el aire, despeina, dobla la esquina, se convierte en flecha, se me clava.

      Do mayor, Mi menor, La menor séptima... Sol cuatro seis...  When you try your best but you don't succeed.

      El vaso estalla en mi mano igual que un llanto.

      Es Fix you. Menudo hijo de puta.