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    El rojo y el negro. Nunca he leído el libro pero su título me viene a la mente cuando entra en el bar con su americana roja (mi color preferido) y atraviesa la silueta negra del borracho que balbucea pegado a la barra. Qué distancia tan grande entre los dos.

    Nos presentan. Esta es la amiga de la que te he hablado. Encantado, digo. Igualmente. Pues eras más que maja. Me río. Es broma, es broma, por Dios.

    Tenemos cervezas con sabor a salmón ahumado y pedimos una para ella. Se llama Rauchbier y como poco te va a sorprender. De la cerveza pasamos a los viajes, de los viajes a las películas, de las películas a los libros, de los libros a Stendhal y de Stendhal al borracho, aunque ahora los borrachos somos nosotros: ella y yo, porque Juan, el que nos ha presentado, ya no está, y ni siquiera recuerdo cuánto tiempo llevamos sin él.

    Le toco la mano y ella no la aparta (antes no me apetecía, en cambio ahora siento que la mano me quema si no toco la suya). Nos separa una muralla de botellines y copas. Faltan dos almenaras: pido dos anises y nos los bebemos a la vez y ella me habla de un loft que tiene en el centro y yo digo que por qué no (antes no me habría apetecido; ahora sí).

    No me entero bien de qué pasa en el camino. Ella de repente tiene un pitillo en una mano y dos latas de Lager en la otra. Me tiende una. No sé beber caminando, le digo. Brindamos, bebemos (se me escurre por la barbilla y me congela la nuez: te lo dije), torcemos a izquierda y a derecha y acabamos llegando a los pies de un edificio blanco y naranja.

    En el ascensor, ella me desabrocha los botones de la camisa. Mientras, la luz del neón muere en los poros negros de su piel y surfea por sus arrugas. Caray, es mayor de lo que pensaba. Nos miro en el espejo y tengo la impresión de estar viendo una película.

    Se abren las puertas. Ya no tengo la camisa y el cinturón me cuelga como un rabo. Abrimos otra puerta, atravesamos un pasillo y un salón y estamos frente a la cama: caemos sobre ella y los muelles suenan como los violines de Psicosis (¿quién tiene todavía colchones de muelles?). Se coloca encima de mí y el escorzo de su cuerpo se deforma como el cráneo de Los Embajadores de Holbein, se quita el vestido de una sola vez, se agita y el movimiento me provoca una erección. Me arranco el pantalón y el calzoncillo como puedo. De qué te ríes, pregunta. Ay, nada, le contesto. Me da vergüenza decirle que acabo de recordar cómo, de pequeño, el pene y los testículos, cuando cuelgan sobre la tripa porque uno se pone del revés, forman los ojos y la nariz de un señor de cómic, una especie de Nabot, o Tiñoso, aquellos personajes de Érase una vez la vida que mi hermano ponía en la tele como un poseso. Llevaba tantos años sin volver a pensar aquello hasta que me, bum, me encuentro con Constantino Romero cuando me quito el calzoncillo, el de los colchones de viscolátex, los que no suenan a puñalada en la ducha cuando te tiras encima con una chica. No puedo contener la carcajada.

    Me vas a cortar el rollo, dice. Lo siento, perdón, contesto. Alzo las manos y le cojo los pechos (qué duros son). Le pregunto si tiene preservativos, porque yo no suelo llevar. Ella abre los ojos hasta que casi se le saltan de las cuencas. Mierda, la he cagado: ¿qué pasa? Espera un poco, ¿no? Sí, claro, contesto. Qué raro eres, dice, ¿dónde está tu cabeza? La agarro de los hombros y empujo, giramos como los autómatas de un reloj y ahora soy yo quien está encima. Que dónde está mi cabeza... Acaba de dar con mi maldición, la chica: cuando bailo casi nunca bailo: siempre estoy, en realidad, a otra cosa (así lo dijo Montaigne, y quién soy yo para expresarlo de otra forma). Me inclino sobre ella y le muerdo la nuez con los labios, y la beso. Sabe a muralla y almenaras, al cigarrillo del camino. A dragón.

    Eres una chica-dragón. Se ríe y tiene la lengua pálida de dragón siberiano. Es una chica-tren transiberiano. Me cubre los ojos con la mano y noto cómo se incorpora: estamos frente a frente, de rodillas sobre la cama, quietos (al menos yo), y de pronto me veo (es un decir, porque no veo nada) sin saber qué hacer. Espero a que ella mueva ficha envuelto en la negrura de la palma de su mano. Al fin decido romper el hielo: creo que yo debo de ser el chico-estrella-de-mar, ¿no? Nos reímos. Me empuja y caigo de espaldas entre agudos de Bernard Hermann, aún con los ojos tapados. Se tumba encima de mí, de abajo arriba, como un sello pegándose sobre la postal, y escucho un chasquido de lengua.

    Entonces, un dedo recorre mi escroto, me hace cosquillas, se desliza como una babosa (está húmedo) hacia el perineo, donde se detiene (pienso en la palabra "perineo", la aprendí en Torrente Uno; si no fuera por aquella película todavía la llamaría nuflo o nicunihué). Ya puedo verla: está haciendo círculos en el perineo (qué palabra), y sigue bajando. Sé hacía dónde. Me da vergüenza. Me agito. ¡Eh! ¿Qué haces? Déjate, dice, déjate. Sin querer, como en un espasmo, cierro el esfínter con fuerza. Que me da vergüenza, me da cosa, te digo. Ella se lleva el dedo a la boca y lo chupa y lo vuelve a colocar donde estaba, uf, me acaricia el ano, vuelve a dibujar espirales. Miro el techo: el gotelé dibuja un dragón, un plátano y un señor como victoriano. Me relajo y el dedo penetra por fin, tímido como la primera gota de lluvia, después con más fuerza.

    Dios, grito. Se aparecen Brad Pitt en Thelma y Louise, los vestuarios del instituto, mi primer amigo en la universidad, el chico del chat y el desconocido de la gorra en aquella terraza de mañaneo, y en medio del zoótropo de recuerdos miro al techo y no veo nada más que su blancura estallando encima de mí: un relámpago. Mis ojos están mojados, estoy mojado. Y vuelvo a gritar.

    Dios. Para, joder... ¡Para!