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Tú que me conoces

Tú que me conoces


    El timbre del móvil lo pilló en medio de un atasco, con la vista puesta en su foto de boda. Su mujer lo miraba desde el papel, y lo hacía de una forma muy concreta. Lo había mirado así muchas veces en los últimos meses, años incluso, pero nunca al principio, o eso creía hasta que volvía a fijarse en aquella foto del salpicadero. Apartó la vista. Las gotas de lluvia se estrellaban contra la luna. Encendió los limpiaparabrisas. Los altavoces cantaban Ojalá, la maldita canción que también usaba como despertador, y él esperó unos segundos; empezaba a invadirle un mal presentimiento. Las gotas se estrellaban y se esfumaban, barridas por los látigos de goma. Activó el manos-libres.

    Escuchó una sibilancia. Preguntó. ¿Quién era? Sonó la voz de su mujer, lejana y entrecortada. Al principio no la entendió. Apagó el motor. La voz cobró sentido poco a poco: “Que me mata. Que me mata”, repetía.

    Echó el freno de mano y abandonó el coche en medio de la calzada. Seguro que le gritaron, le insultaron, berrearon las bocinas, tuvieron que hacerlo, pero solo recuerda el cielo encapotado y sus cuchillas heladas, sus piernas de fango que apenas lo sostenían y un corazón que iba a estallar. La llamó al móvil, y después al teléfono fijo de casa. Muchas veces. Todas sin respuesta.

    Corrió bajo la tormenta.

    Cuando llegó al portal, nada parecía anunciar una desgracia, todo estaba en calma, la lluvia amainaba. Subió las escaleras de cuatro en cuatro. La puerta del apartamento estaba intacta y todavía cerrada con llave: su mujer siempre lo hacía, pero él solía olvidarlo y se excusaba llamándola miedosa. El graznido de las bisagras al abrir resonó en un hall vacío. Lo atravesó deprisa y se adentró en el pasillo, a mano derecha.

    Paró en seco al ver algo en el suelo. Era la rejilla del conducto del aire acondicionado. Alzó la vista y miró el hueco en la pared, negro como una noche sin luna y sin estrellas, y un peso nació en sus tripas y bajó por sus piernas hasta convertirlas en gusanos, torpes y lentos. Pero siguió adelante, surcando el pasillo apenas bañado por la luz que entraba desde el salón, al final del todo. Ya en el umbral vio dos sillas revolcadas. Se adentró. Más lejos, el teléfono descolgado oscilaba entre las patas del escritorio, un péndulo que le hizo recordar la noche que pasó solo en casa, de niño, cuando sonó el teléfono y él se levantó de la cama, corrió hasta el despacho de su padre y descolgó en medio de la oscuridad: había línea pero nadie dijo nada al otro lado, solo una respiración, un jadeo, y él dejó el auricular y se fue a su cuarto deprisa, se tapó hasta más allá de la coronilla y ya no pudo dormir hasta que llegó mamá.

    Volvió en sí. Solo faltaban dos estancias por recorrer: una galería blanca de ventanales que daban al patio interior, y la cocina. Desde el salón accedió a la galería.

    Las prendas de ropa se agitaban, afuera en los tendederos, empapadas, como medusas asesinadas por la luz gris del peor día de su vida. Y esa luz se colaba por los cristales que agujereaban la pared, por todos salvo por el último, frente a la puerta de la cocina: aquel lo bañaba un telón granate, oscuro y espeso. Una mancha.

    Las sienes le latían. No veía el interior de la cocina, solo el marco de la puerta en escorzo, tiritaba, se paró en seco y llamó bajito. Silencio. Repitió su nombre. La respuesta fue un ronquido viscoso.

    Entonces lanzó su cuerpo estremecido hacia la última habitación.

    Lo vio todo rojo. Todo, como si una brocha enorme y bañada en pintura se hubiera agitado dentro. En frente, por un hueco negro de la pared, un conducto de ventilación desnudo de su rejilla, escapaba una masa hinchada, deforme, de largas y delgadas patas negras.

    Y en medio de todo aquel espanto yacía el cadáver. Sabía que era ella por la blusa que llevaba puesta, la misma que la cubría unos cuarenta minutos antes, cuando le dio un beso y le dijo adiós. Por lo demás, podría haber sido cualquier otra persona. Cualquier otra cosa.

***

    Fue así, joder, exactamente así, insiste, y se calla. No puede seguir hablando: se le quiebra la voz, ya no le sale. Nuestras miradas escépticas le aplastan. Yo también le estoy escrutando cuando se vuelve hacia mí. Me veo desencajado en sus ojos, qué ojos, dos cristales rotos en mil pedazos y vacíos de esperanza.

    Me grita:

    –Ellos no me creen y no me van a creer. Pero tú sí me crees, ¿verdad? Por Dios. Tú me conoces. Sabes que la quería. Sabes que no sería capaz de hacerle algo así.

    Llora y su llanto se derrama.