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De nuevo el silencio

De nuevo el silencio


Profanaban el alba tres lánguidas figuras jalando una mula, los colores despuntaban la mañana y el frío aturdía sus pasos. Al mirarlos se ponía al descubierto su expresión ausente y lo tosco de sus rasgos.

 
Ropas sucias y rasgadas demostraban su condición de humildes campesinos. Parecían llevar caminando toda la noche, su pies surcaban el campo en un arrastre lento y doloroso. Uno de ellos lucía varias heridas en el rostro, secas a la luz de la luna. El polvo  y el sudor le daban un aspecto que provocaba asco.

 
El silencio, compañero de su trayecto, se sobresaltó al escuchar un grito en la distancia. Alguien agitaba su mano y cabalgaba hacia ellos llamando su atención. Absortos se encontraban los tres, hasta que el jinete se detuvo frente a ellos. No fueron capaces de pronunciar palabra, su mente lenta sólo les permitió abrir cada vez más unos ojos desorbitados, mirándose esquivamente entre ellos.

 
—No deberían andar solos y desarmados a estas horas, en este campo desierto. Una granja cercana sufrió un terrible asesinato. ¡Toda la familia brutalmente destrozada! Del único que no  hay rastro es del hijo mayor.

Estamos todos en la comisaría buscándolo, es el principal sospechoso. Y estos rumbos son un escondite natural. ¡Sean precavidos y vuelvan a su casa! Parece que el muchacho perdió la razón y es capaz de todo.

¡Matar a su familia a golpes con sus propias manos! Será mejor que apresuren su paso… 

 
El jinete se perdió en el horizonte sin esperar respuesta. El bulto que cargaba la mula comenzó a producir sonidos que enloquecieron  a los campesinos. Se miraron embrutecidos. Dos de ellos iban y venían nerviosos. El tercero se acercó a la mula y atestó un codazo certero al pesado bulto que llevaban…

Después de eso, reinó de nuevo el silencio.