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MISERIAS DEL RELOJ

discapacidades



Malo cargarlo a usted, mi socio, malo cargarlo a usted. Así repetía, jadeante, Lorenzo Cuesta, con el doctor Cabrales en la espalda, a pesar del arrastre inoportuno de sus piernas y del maldito viento, pero sin soltarlo. Un saco de papas, una maceta grande, cualquier cosa, menos cargarlo a usted, mi socio, se repetía Lorenzo, encabronado, para darse ánimos en la oscuridad, con la lluvia encima como alfilerazo, pero sin soltarlo.
El doctor Mario Cabrales, pesaba un mundo, carajo, parecía como si en veinte años de ausencia se hubiera tragado media España él solo, así habían dicho, varios meses antes, agitadísimos, los dos enfermeros de ambulancia que lo depositaron, como un saco de papas sobre una silla de ruedas, frente a la puerta que él les indicó, y tenían una razón tremenda. Los pobres, en el aeropuerto, por roturas mecánicas en su equipo, se vieron obligados a cargarlo con enorme dificultad, desde la silla de ruedas hasta la cama de ambulancia, y estuvieron a punto de partirse las espaldas; luego, desanimados, con dolores, como si cumplieran la peor de las penitencias, tuvieron que cargarlo otra vez, y por mucha propina que donase, dijeron, ya tenían suficiente motivo para odiar a ese gordo con maletas.
Pero ante la mirada de espanto de una esposa en delantal, ni ellos ni el doctor Cabrales tuvieron tiempo de pronunciar palabras, y la mujer, atónita, sorprendida en la mismísima puerta, con una repentina palidez, como si no pudiera creer lo que veía, solo dijo, Ay, Mario Cabrales, aparecer después de veinte años, y los camilleros se apuraron en sostenerla cuando desmayaba.
Malo cargarlo a usted, mi socio, malo cargarlo a usted. El doctor Mario Cabrales, empapado, asustadísimo, sin otro remedio que ir sobre Lorenzo Cuesta, permaneció en silencio ante esa frase, repetida como salmo para extraer fuerza interna, espantar la lluvia que los desorientaba, el viento que los detenía, el agua que los inundaba, y avanzar un paso más con él encima. El doctor Mario Cabrales, con los ojos cerrados ante la incertidumbre, se sintió el tipo más triste del mundo y, por primera vez en aquellos meses, se arrepintió de haber regresado a La Habana.
Para su esposa, Danae Torres, aquel regreso constituyó uno de los acontecimientos más impactantes de su vida. Ya recuperada del desmayo, en el comedor, con el rostro entre las manos, a punto de pellizcarse para despertar de semejante pesadilla, lo escudriñó en silencio por casi media hora, como si tratara de explicarse la presencia de aquel gordo en su casa.
Vengo a repatriarme, le dijo, estos veinte años no han sido fáciles.
Ya veo, dijo ella.
El doctor Cabrales comprendió el sentido completo de las dos palabras y sonrío, como diciéndose que a pesar de tanto tiempo sin saber de su esposa, el sarcasmo continuaba siendo el mejor de sus recursos para contrarrestarlo. ¿Esposa?, ¿acaso después de veinte años de ausencia contaba con suficiente valor para llamarla así?, ¿habría vivido ella con otros hombres como mismo había hecho él con tantas mujeres?, ¿se habría divorciado por rebeldía una de esas tardes en que se sintiera ganada por la depresión?, ¿esposo?, ¿esposa?, ¿sería posible que Danae aceptara aún semejante nomenclatura?, se dijo, y volvió a sonreír.
Luego, un poco incómodo ante aquellas dos palabras, como si las mismas hubieran hecho el efecto deseado, no tuvo otro remedio que suspirar y auto controlarse, registró en una cartera que traía ajustada a un lado de la panza, extrajo un bulto de billetes enrollados con una liga y los puso sobre la mesa, ante la mirada expectante de quien fuera su esposa.
Ahí tienes veinte billetes de quinientos euros, dijo.
¿Y eso?, dijo ella.
Es mi perdón por estos veinte años.
Hace mucho que estás perdonado, Cabrales.
¿Desde cuándo?
Desde que te olvidé por completo.
Son diez mil euros contantes y sonantes.
Anjá, como si acabaras de romper tu alcancía.
Y traigo veintiocho veces más en las tarjetas.
El dinero, por suerte, no lo arregla todo, Cabrales.
Pero calma los nervios, dijo él.
Tienes razón, ¿por qué no te compras algo en otra parte?
Esta es mi casa también, herencia de mi padre, ¿o se te olvida?
El recién aparecido doctor Cabrales, esa misma tarde, pasó algo de trabajo para convencer a Danae Torres, sobre la necesidad de auxiliarse con algunas personas del barrio, dispuestas a los trabajos domésticos, Aquí no puede faltarnos nada, dijo, les vamos a pagar muy bien, sobre todo a quien lo atendiera exclusivamente a él, lo más urgente posible, pues necesitaba bañarse, acostarse y dormir a pierna suelta, Estoy molido por el viaje, concluyó.
Una hora después el doctor Mario Cabrales estuvo sobre la cama matrimonial del último cuarto, atendido por dos vecinas dispuestas a probar suerte, a cambio de diez dólares per cápita, en la misión de bañar con esponjas su descomunal cuerpo. Ellas lo habían conocido desde sus años de estudiante de medicina, y así se lo hicieron saber, lo recordaban cuando aparecía en la cuadra, delgadito, con su bata blanca, un libro bajo el brazo y el estetoscopio en el cuello, en papel de novio feliz de Danae, con ella de manos, dueño de la destreza que ofrecía la juventud. Pero ahora, y esto no se lo hicieron saber, por mucho que lo contemplaran, desnudo e inerte de las piernas hacia abajo, a causa de tanta gordura, con aquella panza de asco y esos muslos de buey, no se podían explicar tanto cambio en una misma persona.
Trabajaron en silencio, sin comentarios ni quejas, mientras lo acomodaron de un lado a otro con demasiado esfuerzo para dos pobres mujeres. Sudaron, exprimieron, recogieron, como si fueran expertas de toda la vida en esos asuntos, siempre con el temor de que pudieran esfumarse aquellos diez dólares, medio mes de trabajo de un ingeniero o maestro, en caso de que el doctor advirtiera sus deseos de comentar, o de reír, por semejante espectáculo.
Pero antes del baño, el doctor Cabrales sintió una imperiosa necesidad de dar del vientre y se lo hizo saber a las vecinas, quienes, bajo su orientación de urgencia, registraron como locas en una de las maletas. Apartaron camisas, pantalones, culeros desechables, un sin número de otras vituallas, y, por fin, dieron con un pato plateado comprado en España. El doctor les indicó con desespero que lo colocaran debajo de sus nalgas, De prisa, mujeres, que me cago, por favor, y ellas trataron de cumplir la encomienda, pero demasiado tarde; el excremento de Cabrales (pastoso al principio, licuado después) salía a chorros por el orificio, como por tubería defectuosa, como en dique con salidero, imposible de contenerse.
La sábana quedó convertida en un campo de batalla enfangado y el pato apenas pudo llenarse, pero el doctor ordenó que lo vaciaran rápido, que necesitaba continuar dando del vientre, De prisa, mujeres, que me cago, y las pobres vecinas, a pesar de sus guantes de estreno y de la necesidad de diez dólares, sintieron un asco enorme, unos deseos tremendos de vomitar, de largarse de allí, pero hicieron de tripas corazón, respiraron profundo en la ventana, volvieron con el pato medio limpio, y lograron colocarlo bajo el culo de Cabrales, quien, satisfecho, extasiado, como si no hubiera nada mejor a esa hora, pudo llenarlo otras dos veces, sin que cayera una sola partícula en la cama, hasta que sintió la paz en sus tripas, recuperó su semblante de gordo feliz y pidió a esas dos heroicas mujeres, pasar al proceso del baño.
Bajo la dirección de Cabrales las dos vecinas forraron la cama con un nylon impermeable, moviendo el cuerpo hacia el lado conveniente. Auxiliadas con un cubo de agua tibia y dos esponjas, humedecieron al doctor de arriba abajo y de lado a lado, añadieron gel al cubo y sustituyeron las esponjas por dos estropajos especiales, volvieron a la misma misión de restregarlo de arriba abajo y de lado a lado, cambiaron el agua con gel por otro cubo de agua tibia, cambiaron los estropajos por nuevas esponjas y, agotadísimas, volvieron a pasarlas de arriba abajo y de lado a lado.
Al finalizar la tarea del baño, procedieron a secarle el cuerpo con cuatro grandes toallas descubiertas en una de las maletas del doctor, quitaron el nylon de la cama corriendo a Cabrales hacia el lado conveniente, colocaron otro nylon impermeable como protección, tendieron un par de sabanas olorosas, enfundaron cuatro grandes almohadas, y, a una orden suya, se dispusieron a colocarle el enorme culero desechable, no sin que advirtieran, una vez más, las diferentes magulladuras, granos y moretones en la entrepierna, en las nalgas, bajo las axilas y en otras partes del cuerpo del doctor Cabrales, lo que las hizo comentar, después, que semejante espectáculo era algo difícil de creer si no lo hubieran visto con sus propios ojos, y que ellas, a pesar de los diez dólares, constantes y sonantes, tan necesarios y difíciles de encontrar, por ese cuarto, jamás volverían.
Danae Torres, desde afuera, pero sin atreverse a entrar, estuvo pendiente del ajetreo que duró un par de horas y cuando las mujeres salieron a punto del desmayo, esperó a que botaran los guantes, cuchichearan en el patio con afanoso misterio, acomodaran las sabanas sucias en el lavadero, exprimieran las frazadas de limpiar, se asearan con el agua de una llave bien abierta, y las indemnizó con diez dólares de más a cada una, gesto que las hizo repensar su negativa. Hasta mañana, vecina, dijeron con una extraña alegría en sus rostros y Danae las acompañó a la puerta, pero de repente las detuvo, recordó que apenas contaba con un pedazo de pan para el desayuno, Tomen estos cuarenta, por favor, y tráiganme de todo lo que encuentren, les dijo, a partir de mañana, supongo, aquí se va a comer demasiado.
El doctor dormiría a pierna suelta durante toda la noche, eso evidenciaban los ronquidos que salían de su cuarto, mientras la mujer, después de cerrar bien la puerta, ya sola en una de las sillas del comedor, intentaba responderse un sinfín de interrogantes inútiles. Cabrales había regresado a esa casa, legítima herencia de sus padres, después de veinte años, sin preocuparse por nadie jamás, eso era todo, había partido delgado, repleto de ilusiones, y regresaba inesperadamente gordo, en silla de ruedas, y dispuesto a abrirse paso, esa vez, a golpe de mucho dinero.
Danae Torres, sacó el rollo de pesos enligados y lo colocó en la mesa, El dinero, por suerte, no lo arregla todo, Cabrales, se dijo en voz alta, delante de aquellos diez mil, constantes y sonantes, y no le quedó más remedio que morirse de risa. Luego, sin poder evitarlo, se le aguaron los ojos y sintió deseos de echarse a llorar, pero suspiró y se contuvo, No puedo darle ese gusto, se dijo y sin querer fijó la vista en una de las rajaduras del techo. Miró otra en la pared, volvió al rollo de billetes y sonrió, muerta de cansancio, dueña de un sueño enorme, pero con una buena idea en la cabeza. Caminó a su cuarto, apagó las luces que encontró en el pasillo, con la convicción de que esa noche no iba a poder dormir bien, por causa de un gordo y de una silla de ruedas, pero, al menos, lo intentaría.
Justo a las siete y media de la mañana, el doctor Cabrales, en silla de ruedas, fumaba en el portal. Por sus propios esfuerzos había logrado quitarse el culero desechable repleto de orina, ponerse una bata de casa de estreno, tomar su pipa con relieves moriscos, el nylon con picaduras de tabacos cubanos y, por primera vez, luego de veinte años de ausencia, salió a fumar como si celebrara en paz su regreso. Hubiera querido recorrer la costa a esa hora, permanecer un tiempo detenido frente al mar, respirarlo profundo como no podía hacerlo en Madrid, pero aún ese deseo no era posible. Necesitaba encontrar a alguien fuerte, diestro, desenvuelto, que se mantuviera junto a él a tiempo completo y no reaccionara como esas dos pobres mujeres, que se murieron de asco ante un poco de mierda blanda, sin poder disimularlo.
La gente del barrio caminaba hacia el trabajo, algunos niños iban con sus padres a la escuela, otros lo hacían solos, uniformados, con prisa, y contrario a otros sitios del mundo, Madrid, por ejemplo, pocos automóviles se veían a esa hora. El doctor, meditabundo, absorto en la contemplación y en el placer del tabaco, se sentía feliz, como si no existiera algo más que una pipa y un paisaje, pero por causa del ruido metálico de un carrito de barrer calles, de repente salió de su marasmo, maldijo aquel escándalo de mierda y, para su buena suerte, detuvo su vista en el dueño del desmadre, un muchacho que no llegaba a los cuarenta.
Iba con los escobillones acostados en un lateral del carrito, parsimonioso, más ensimismado que el doctor o que cualquier otro ser del planeta, con una paz tan auténtica encima, que llamó su atención de inmediato. Mario Cabrales, conocedor del alma humana como pocos, hombre que había vivido al por mayor, siempre en zona de riesgo, sintió envidia sana de aquel muchacho, alguien que portaba un aura limpia a distancia, ausente de oscuridades, sin nubarrones de odio, satisfecha por existir sin nada a cambio, parecía como si los terribles conflictos del mundo incidieran en cualquier otro humano, menos en él. Cabrales lo vio perderse a lo lejos en busca de la avenida y comprendió de inmediato que ese era el tipo que necesitaba.
¿Cómo se llama el muchacho que barre la calle?, preguntó a las mujeres cuando estuvo en el comedor, sentado frente a los platos, pero como si presintieran peligro, ambas se hicieron las desentendidas, encogieron los hombros, continuaron inmersas en sus labores y ninguna supo dar una respuesta.
El doctor Mario Cabrales no quiso repetir la pregunta, tenía delante un poderoso ejército de frutas (lascas de mango, plátanos maduros, naranja picada en tapas, lascas de guayabas pintonas, grupo de mandarinas, lascas de piña, lascas de mamey, papaya en trozos, tajadas de melón, racimo de mamoncillos, jugo de toronjas, jugo de guayaba, jugo de naranja, jugo de mango) y un no menos poderoso ejército de vegetales (fuente con habichuelas, berro bien picado, berenjena hervida en trozos, col o repollo, lechuga fresca, tomates de ensalada, pepino en ruedas, aguacate en trozos, cebolla en rodajas, remolacha hervida, pimientos enteros) ambos ejércitos listos para ser devorados cuanto antes. Todo lo consumió con calma, protegido por un paño en función de servilleta, sin dejar un solo plato, a pesar de la avanzada hora de la mañana, para su disgusto. Los desayunos deben ser más temprano, dijo, no es bueno que se junten con los almuerzos. Era cierto que las dos mujeres, agitadísimas, pero contentas por su buena suerte, habían tenido que comprar en el agro mercado, cargar con varias jabas de frutas y vegetales, prepararlos al gusto del doctor en la cocina, bajo la orientación estricta de Danae, a quien Cabrales notó más calmada de nervios, incluso lo trató con cierta ternura, contrario a como estuvo el primer día, menos mal.
Lorenzo, se llama Lorenzo Cuesta, el muchacho, dijo Danae.
Ah, sí, el retrasado ese, dijo una de las mujeres.
Tiene un retraso mental tremendo, apoyó la otra.
En la tarde, a la hora del baño, las dos mujeres vinieron a emplearse a fondo en la misma tarea del día anterior, pero por la propia Danae, como si no pudieran creerlo, se toparon con la nueva de que el doctor Cabrales les estaba muy agradecido, aunque por razones de fuerza mayor, teniendo en cuenta que ellas eran frágiles, mayores de edad, mujeres al fin y al cabo, en lo adelante ya no necesitaría de sus servicios, pero en retribución a sus desempeños, impagables aunque no los ejercieran, el doctor las premiaba con veinte euros, constantes y sonantes, para cada una.
Lorenzo Cuesta y Mario Cabrales, frente a frente, con un estrechón de manos, sellaron el pacto de caballeros más singular en la historia del barrio. Después de veinte minutos de conversación, en el patio de la casa para evitar chismorreos, sobre todo los de las vecinas rechazadas, tomaron varios acuerdos sin perjudicar a ninguna de las partes. El doctor Cabrales, con todo su sentido del humor puesto a pruebas, pretendió colocarse a la altura mental del muchacho y en su laptop de último modelo, como si estuvieran en alguna notaría, redactó varios acuerdos de pacto sagrado, en la medida en que dialogaban.
El primero consistía en que Lorenzo Cuesta iba a recibir al mes cuatrocientos euros, constantes y sonantes, más desayunos, almuerzos y cenas, a cambio de convertirse en la sombra perpetua de Mario Cabrales.
El segundo consistía en no afectar, bajo ningún concepto, el desempeño de Lorenzo Cuesta, en el servicio comunitario que con tanto gusto realizaba, lo que aseguraría al muchacho barrer la calle, temprano en las mañanas, e incorporarse después a su segundo oficio de sombra perpetua. Lorenzo se comprometía al barrido de su parte en la avenida, una hora antes de lo habitual, cambio que coordinaría con su jefe, el compañero Teodoro Meriño, responsable del mantenimiento de la segunda rotonda y de su fuente de agua.
El tercer acuerdo trataba acerca de la higiene y del aspecto personal, por ello se hacía necesaria la compra de dos mudas de ropas y de dos pares de zapatos que Lorenzo Cuesta vestiría sin objeciones, siempre que tocara en la puerta de Mario Cabrales, con la condición de haberse bañado, afeitado y perfumado, como si estuviera listo para salir con el doctor. Para ello recibiría un módulo de aseo con cepillo y pasta de dientes, jabones, desodorantes, perfumes, cremas y gel, sumados a un par de toallas y a algunos calzoncillos modernos. Ambos irían personalmente a la tienda, para que dicho vestuario quedara justo en el cuerpo de Lorenzo Cuesta.
Un cuarto acuerdo otorgaba cien euros de adelanto, en ese instante, si el empleado asumía el nuevo trabajo allí mismo, porque Cabrales requería de una prueba real antes de contratarlo.
Un poco más tarde, ya Lorenzo Cuesta se encargaba del aseo del doctor Mario Cabrales, algo que concluyó en menos de una hora y con tanta destreza que, según el paciente, Jamás alguien me había manejado tan bien, así dijo a Danae Torres, y ella los vio alejarse, ya bañado y vestido el doctor, de camino hacia la costa.
Cuando llegaron, Cabrales sacó la fosforera antigua de un bolsillo, la picadura de tabaco cubano, rellenó la pipa con algo de emoción y, con un poco de maña para evadir el viento, logró prenderla. Luego, soltó el humo despacio, inclinó su enorme cuerpo hacia adelante, suspiró satisfecho y dijo, Mejor, imposible. Más temprano de lo que imaginó había vuelto a un sitio añorado de su juventud, fueron incontables las madrugadas en que sus amigos de la facultad y él intentaron arreglar el mundo, cada cual con un criterio distinto, pero todos alrededor de una botella de ron, una guitarra y canciones de la nueva trova, lo mismo de Silvio Rodríguez, Carlos Varela o del aún desconocido Frank Delgado, ahora famoso cantautor, quien para colmo vivía cerca, aún sin guitarra propia y loco por aprender los acordes que Pancho Verdecia, el mejor estudiante de la facultad y amigo del alma de Cabrales, por compasión, en algunas ocasiones le enseñaba. Tantos recuerdos albergados en esa playita artificial, tantas noches que pasó junto a Danae, ambos en solitario, dispuestos a imaginarse el futuro cuando se graduaran. Allí estuvieron un día antes de que él partiera, se juraron amor eterno y lloraron juntos por última vez.
El doctor Cabrales y Lorenzo Cuesta, uno junto a otro, estuvieron bastante tiempo frente al mar, en profundo silencio, ensimismados, escudriñándose a veces por el rabillo del ojo, y el muchacho, como si no pudiera creerlo, descubrió que el doctor se ahogaba en lágrimas.
También vine a operarme, dijo, si lo hago, pronto podré caminar.
¿Operarte de qué?, preguntó Danae Torres.
Reducción del estómago, primero.
¿Y después?
Liposucción, dijo él.
¿Y después?
Las rodillas.
Lorenzo Cuesta contaba con cinco años completos encargado de la limpieza de una parte de la avenida principal de la ciudad, por donde pululaban los autos de ministros, los de embajadas, los de turismo, hasta los de la caravana presidencial, pero nunca imaginó que alguna vez sería él quien tuviera la dicha de montarse en uno de aquellos carros y contemplar la vida desde otro punto de vista. Donde más lejos había llegado a semejante contemplación, fue en la altura de algún asiento de guagua, noche por noche, lo mismo en recorrido hacia los carnavales, que al cine a ver cualquier película que proyectaran; a la Heladería Coppelia, dispuesto a una enorme cola para matar el tiempo; a caminar el largo malecón habanero hasta que se agotaran sus piernas, o a deleitarse en solitario, siempre en solitario, con la orquesta que tocara en algún baile público.
Ese día, en cambio, como si fuera un ministro, un turista, o el propio presidente del país, recorría la ciudad junto al doctor Mario Cabrales en uno de aquellos carros modernos y se sintió el hombre más feliz de la tierra. Por primera vez en su vida había estado en un asiento tan cómodo, con cinturón de seguridad, brazo sobre la ventanilla y la mirada dispuesta a contemplarlo todo, comenzando por la calle que tanto barría.
Anoche no dormí bien, dijo Cabrales, tengo un mal presentimiento.
¿Y eso?
Qué sé yo, debe ser que cené tarde.
Ah, bueno.
Tengo ganas de sonarme un trago, ¿tú tomas ron, Lorenzo?
No.
¿Nunca?
No.
¿Y eso por qué?
Preferiría no hacerlo.
Embajadas, garitas con custodios, embajadas, garitas con custodios, mansiones, mansiones, palmas, palmas, palmas, hilera de palmas en el separador, bancos de parque en la avenida, algunos destruidos, algunos desaparecidos, semáforos, semáforos, Ladas, Moscovich, Ladas, carros modernos, con chapas diplomáticas, con chapas de turismo, motos, policías de tránsito, gente deseosa de lograr botellas, aventón le decían en las películas, barrenderos con escobillones y carritos como el de él, gordos en monos deportivos en carrerita cómica por el separador, bellas mujeres con aires de burguesas, perritos peludos de las mismas mujeres, hombres trabajando con los martillos neumáticos, viejos con bastones, muchachas en licras, grupos de viejos en pleno ejercicio en los parques, hilera de estudiantes de primaria con la maestra detrás, chinos sonrientes tomando fotos, mansiones, mansiones, mansiones, embajadas, embajadas, embajadas, palmas, palmas, palmas, así era la avenida principal de la ciudad y Lorenzo Cuesta sonrió por haber tenido tanta suerte al contemplarla.
Tengo un mal presentimiento, dijo Cabrales.
¿Y eso?
Qué sé yo.
Tomaron el túnel, salieron a El Vedado, al Malecón y ambos miraron a su izquierda el Torreón de la Chorrera, la hermosura de un mar estable que se perdía en el horizonte, como obra maestra de pintor; una hilera de pescadores sobre el muro, un vendedor con ensartas de pargos que aprovechaba el semáforo para ofertar su mercancía, un crucero a lo lejos con destino a El Morro, gente que se ejercitaba en carreritas como si no les importara el tiempo; a la derecha vieron el legendario Hotel Riviera, el más reciente Hotel Cohíba, el complejo de tiendas con cristales opacos de Galerías Paseo, La Fuente de Paseo, un amplio descampado ahora repleto de nuevos restaurantes, cafeterías y cafés, edificios, edificios, residencias, residencias, El litoral (Dicen que es excelente, dijo Cabrales, ahí cenaremos cualquier noche de estas) la Oficina de Intereses, perdón, La Embajada de los Estados Unidos, perdón, la Oficina de Intereses; la famosa calle Línea, el legendario Hotel Nacional, La Rampa, el parque Maceo, y detuvieron el carro en el Hospital Hermanos Amejeiras.
¿Verdad que no tomas ron?
Preferiría no hacerlo.
Su amigo del alma, el doctor Pancho Verdecia, después de auscultarlo sobre la camilla de su consulta, ayudó a Lorenzo Cuesta a colocar a Cabrales en la silla de ruedas. El aire acondicionado estaba alto y Lorenzo sintió frío, hizo ademán de salir cuando advirtió que Verdecia se mantenía callado, tal vez en busca de privacidad, pero Cabrales le pidió quedarse.
Habla sin pena, Pancho, él es de confianza, dijo.
Entonces, su amigo del alma, el doctor Pancho Verdecia, la persona que lo mantuvo al tanto todos esos años, primero a través de correos electrónicos, luego mediante el recurso de Facebook, acerca de las virtudes y de los pesares de La Habana, sus villas y castillas, sus calamidades y grandezas, las crisis y las alegrías, el destino de los otros amigos, el desatino de los enemigos, o los detalles de la vida de Danae, sobre todo en los últimos tiempos, se echó hacia atrás en su silla, cruzó los brazos y lo miró fijo un instante que pareció un siglo.
Te queda muy poco, Cabrales, dijo.
¿Cuánto?
Tres meses como máximo.
Miserias del reloj, dijo Cabrales, miserias del reloj.
Danae Torres aceptó la invitación a El Litoral por no contrariarlo, pero ella no estaba para restaurantes, así dijo dentro del carro, y así repitió cuando el valet pidió la llave para ubicarlo en el parqueo, mientras Lorenzo maniobraba con Cabrales y la silla de ruedas. Entraron. Por suerte habían tenido en cuenta los accesos para discapacitados y el muchacho no pasó trabajo en subir con Cabrales. El Litoral era el mejor restaurante de Cuba, eso le reafirmó el doctor Pancho Verdecia, su amigo del alma, antes de despedirse, y no estaba equivocado, pensó Cabrales, cuando tuvo enfrente sus aperitivos. Para Lorenzo Cuesta, aquella era la primera salida a un restaurante de tanto glamour y Danae, comprensiva, como madre que enseña a su hijo, lo auxilió con el pedido a la carta, con la servilleta, y hasta con el uso de los cubiertos. Comieron croquetas de la casa como aperitivo, acompañadas con aceitunas rellenas de pimiento, jamón serrano de Teruel, dados de queso Entrepinares de Valladolid y rodajas de pan de lechuguino, tomaron cervezas Cristal, vino blanco de Rueda y jugos de naranja Taoro, comieron camarones enchilados, camarones al ajillo, langostas termidor, langostas grillé, arroz blanco en mantequilla, frijoles negros bien dormidos, calabazas rellenas, plátanos borrachos, papas a la irlandesa, ensaladas mixtas de estación, con habichuelas, quimbombó, tomates, pepinos y aguacates, comieron de postre flan de maní, tortas negras de coco, bizcochuelo camagüeyano, tomaron helado de almendras, de fresa, de guanábana, tomaron café expreso, pagaron una costosa cuenta y, satisfechos, extasiados, con grandes deseos de volver, partieron de El Litoral.
El mejor restaurante de Cuba, dijo Danae, ojalá se mantenga, por mucho tiempo.
A mí me han contado, Lorenzo Cuesta (el doctor Cabrales, en la terraza, tenía un vaso repleto de ron en una mano y la botella de Havana Club en la otra), que usted ha sido siempre un tipo deseoso de que lo premien, de que lo vean cumplidor en el trabajo; a usted le encanta que el Secretario General del Sindicato, mencione su nombre como obrero ejemplar en las asambleas, que lo tengan siempre en las listas de los trabajadores destacados; por eso usted jamás llega tarde ni se va más temprano, usted es el típico hombre nuevo que necesita este país, Lorenzo Cuesta; usted se siente muy bien cuando en esas reuniones lo aplauden con delirio, mientras emocionado, erizado de pies a cabeza, usted se levanta de la silla, camina despacio hasta la presidencia, recoge su diploma muy serio, ofrece apretones de manos a los dirigentes (en especial, a su jefe inmediato, el compañero Teodoro Meriño, quien le consiguió ese trabajo y quien atiende, además, la segunda rotonda y su fuente de agua); usted también ofrece besitos en las mejillas a las compañeras de la presidencia, se detiene ante la multitud que lo aplaude, muestra el diploma de trabajador ejemplar como si fuera Ronaldo, o Messi acabado de meter un golazo; usted baja los escalones de la presidencia, vuelve a su silla con un regocijo difícil de explicar, mientras lo felicitan; usted contempla el diploma con tanta fijeza, con tanta emoción, aunque no sepa leer lo que dicen las palabras, que a usted le brota una lágrima de uno de sus ojos y, antes de que venga el mar de llanto, usted se marchar rápido de la asamblea, Lorenzo Cuesta; entonces, con discreción, con disimulo, aprovechando el alboroto en la entrega de diplomas, alguna compañera también se levanta a auxiliarlo; ella corre a alcanzarle un vaso plástico con agua, o con refresco instantáneo de polvito, que usted se bebe despacio, ahogado en pucheros, pero sin contener las emociones; la compañera de trabajo, igual de conmovida por su sensibilidad, por su convicción de trabajador destacado, recuesta la cabeza de usted sobre su pecho, No llores más, mi cielo, no llores más, a ver, tomate un trago de ron, a ver, pero usted se niega rotundo, Preferiría no hacerlo, le dice, con el intenso calor de esas tetas gordas de la compañera desajustándole el alma, e imagina que se interna en un campo de flores por el que se avanza muy bien; usted siente una erección tremenda, inevitable, martillante, y la compañera comprende que para su buena suerte, usted ha tenido una erección tremenda, inevitable, martillante, mientras en la reunión continúan los aplausos a otros compañeros destacados; entonces, a la compañera de usted, tan bondadosa, tan sensible, tan entregada, tan solidaria, no le queda otro remedio que sonreír y acariciarle, con inmenso placer de hembra en celo, el bulto enorme que a usted se le ha formado allá abajo.
Danae Torres tenía previsto un viaje a Holguín, necesitaba visitar a su madre, ya había reservado pasaje en la Terminal de Ómnibus, pero esa misma mañana, Radio Reloj confirmaba la cercanía inevitable de un peligroso huracán. Las provincias orientales del país debían pasar a fase de alarma informativa. Danae Torres, frente al televisor, escuchaba explicaciones de los meteorólogos y maldecía al dichoso huracán, de fuerza cinco, que ya había destrozado a las pobres islas Vírgenes, tanto inglesas como norteamericanas, y, por probabilidades geográficas, dentro de poco podría recorrer el norte de toda la isla. Danae miraba las rajaduras del techo y las de las paredes, arrepentida por no haber comenzado las reparaciones aún, cuando apareció Cabrales con Lorenzo detrás.
Pronto tendremos huracán, dijo ella.
¿No jodas?
Lo dice Rubiera, el meteorólogo.
Ah, sí, Rubiera, dijo Cabrales.
Ese huracán es un peligro, arrasó con esas islas chiquitas.
No te preocupes, eso aquí no llega, dijo Cabrales.
Ojalá no pase, dijo Lorenzo Cuesta.
Ojalá no pase, repitió Danae Torres.
Lorenzo Cuesta, a punto de barrer la última cuadra, se enteró de que a su jefe, Teodoro Meriño, justo en la segunda rotonda, lo había matado un carro. Al principio, el muchacho no supo qué hacer, un extraño zumbido se apoderó de su cabeza, pronto fue ganado por sudoraciones, y nervioso, lo mismo continuaba barriendo, que se detenía. Mantuvo esa actitud de desconcierto por varios minutos, hasta ver que otro compañero iba con prisa a la segunda rotonda, entonces, no lo pensó más, guardó la pala y el escobillón. Era la primera vez, en cinco años completos, que abandonaba el trabajo antes de terminarlo.
Echó a correr detrás del compañero y cuando llegó, agitado, difícil, a la segunda rotonda, pudo ver el cuerpo de su jefe, Teodoro Meriño, cubierto con una sábana, junto a un charco de sangre. Varios policías no dejaban acercarse al cadáver y se comentaba que los del carro eran dos jóvenes que se habían dado a la fuga. Maricones, gritó Lorenzo Cuesta, desconsolado, como si hubiera perdido a su padre por segunda vez, y se sentó a llorar.
Esa noche, el doctor Mario Cabrales, acompañó a Lorenzo a la funeraria de setenta y veintinueve, pero no quiso bajarse del carro, para no hacerle pasar trabajo con la maniobra de su cuerpo y la silla de ruedas. Si te preguntan, dijo, diles que soy tu tío. Estaban presentes, la mayoría de los compañeros de la sección sindical; Lorenzo, ahogado en lágrimas, los abrazó uno por uno, pero todos quedaron boquiabiertos, como si no lo pudieran creer, cuando asociaban al muchacho, tan bien vestido, con el lujoso carro con gordo sentado.
Lorenzo Cuesta caminó hasta el féretro y vio a su jefe por última vez. La mujer y la hija de Teodoro Meriño lloraban desconsoladas y a Lorenzo lo sorprendió el mismo zumbido de por la mañana. Sintió un terrible dolor de cabeza y muerto de llanto, espantado, contaminado por los alaridos de aquella familia, salió corriendo de allí.
Ese muchacho no anda bien, dijo Danae.
Mataron a su jefe en la avenida, no es para menos.
Pobrecito, es un cordero de Dios.
Cálmese, compadre, dijo Cabrales, con un vaso repleto de ron en una mano y la botella de Havana Club en la otra, cálmese, la muerte es algo natural en todos los seres vivos, considérelo como un cambio de forma, como una mutación de la materia, míreme a mí, me fui flaco y vine gordo como una bestia, en silla de ruedas, con mucho dinero, pero con necesidad de usted para valerme, en Madrid yo vivía a mis anchas, tenía mi consultorio, mis negocios, mis amiguetes, mis putas, mis bares predilectos, pero lo mandé todo a la mierda y vine a repatriarme, hasta llegué a ser amiguísimo de Joaquín Sabina, nos íbamos de copas y de tapas como dueños de la noche, vivíamos en la misma calle, en el mismo edificio, fui su médico de cabecera incluso, solo me faltaba ponerme a cantar, no niego que me fue bien en España, que fui feliz hasta cierto punto, pero lo mandé todo a la mierda, a mal tiempo buena cara, vamos, hombre, tenemos la obligación de vivir por nuestros muertos, mi amigo del alma, el doctor Pancho Verdecia, sin pelos en la lengua, me ha dicho que me quedan pocas semanas en el barrio, yo tengo los días más contados que los de Teodoro Meriño, vine con tantos planes, con tantos proyectos y ahora debo cambiarlos, la vida es cambio, corregir el tiro es nuestra tarea, a la mierda las operaciones, a la mierda la liposucción, a la mierda mis rodillas rotas, usted tiene tremenda suerte, hermano mío, su aura limpia lo ilumina en cualquier territorio, las ruindades de este mundo nunca logran lastimarlo, yo lo envidio a usted, Lorenzo Cuesta, ojalá hubiera tenido yo la suerte suya, viviría intenso y sin complicaciones, sin temor alguno a las adversidades, con una paz tremenda rebosando este cuerpo, cambie esa cara, vamos, a mí me queda poco y quiero que la pases bien cuando me vaya, no tengo a nadie más en este mundo, solo a Danae Torres y a Lorenzo Cuesta, así que ya usted sabe, les dejo todo lo que tengo, también les dejo el tiempo, todo el tiempo, hablaré con ella para dejar las cuentas claras, pronto los tres iremos a un notario, papelitos hablan lengua dice un chino, pero bueno, que no se diga, hermano mío, pórtese bien, así es la vida, puro cambio, qué pasa.
Han albergado a miles de personas en oriente.
Eso aquí no llega, mujer, no te preocupes.
Tengo miedo, Cabrales, ese huracán me asusta.
Carmen.
¿Qué?
El huracán, mujer, se llama Carmen.
Lorenzo Cuesta necesitaba estar solo, era mucho el tiempo ocupado en atender a Mario Cabrales, esperó con calma a que llegara la sesenta y nueve, y logró un asiento con ventanilla en la zona de atrás. El aire golpeó su rostro mientras disfrutaba la noche y se sintió mejor. Contempló la calle ochenta y cuatro, brillosa por causa de la lluvia, luego detuvo su mirada en la calle diecinueve, en la panadería de setenta y ocho, en la Casa de los Combatientes, en la gasolinera de setenta y cuatro, en el antiguo cine Cosmos, en el separador de la calle setenta, en el semáforo de sesenta y en la esquina de cuarenta y dos. Lorenzo cerró los ojos aunque no tenía sueño, le gustaba aquel aire húmedo, se sentía pleno, feliz, pero pronto debía cambiar de guaguas, cuando llegara a la avenida cuarenta y uno, y tuvo que bajar con prisa, por poco se pasa de paradas.
Lorenzo Cuesta caminó bajo la llovizna, cruzó cuarenta y uno con calma, no había nadie esperando la otra guagua, esa ancha calle estaba tan desierta como las anteriores, pero necesitaba salir solo, recuperar su antiguo estado de ánimo. La muerte de Teodoro Meriño no lo dejaba dormir, el cadáver de su jefe se le aparecía cubierto con sábana en los sueños, luego se destapaba en medio de la avenida, junto a la segunda rotonda con fuente de agua, se ponía de pie empapado de una sangre que se limpiaba con ayuda de la propia sabana, pero continuaba saliéndole a borbotones; su jefe se sentaba junto a él, para decirle, Compay, no llore tanto, no sea llorón, esto le pasa a cualquiera, como dice el doctor, y Lorenzo despertaba ahogado en llantos y en gritos, algo que nadie sabía, pero ese sueño constante, como si no pudiera creerlo, lo estaba matando.
En el Yara tampoco había mucha gente, la taquillera, con cara de pocos amigos, le vendió el ticket, tal vez extrañada de que alguien entrara a esa hora y con semejante película. Lorenzo entró, agradecido por su buena suerte, pocas veces se había visto en un cine para él solo, pero no, no estaba solo, pronto descubrió a dos o tres extraviados en las diversas lunetas, tipos con ánimas tan solitarias como la de él, tan especiales como él, tan incomprendidos como él. Nunca tuvo claro si la película era de amor o de misterio, si los personajes hablaban en ruso o en inglés, él no podía leer aquellos subtítulos que cambiaban tan rápido, pero en realidad no le importaba, jamás había leído una película subtitulada, él no sabía leer; en la escuela, por mucho que sus maestros se empeñaron, nunca había logrado concentrarse en la lectura de algo. Lo importante era el cine en sí, pagar la entrada con categoría, recibir un ticket para perderse en aquella oscuridad, permanecer sentado un par de horas en las lunetas del medio y dejarse llevar por los acontecimientos que les ocurrían a otros, aunque no los entendiera. Total, la vida era así, un cúmulo de acontecimientos que nadie entendía.
Arrasó en oriente, Cabrales, ¿cómo estará mamá?
Cálmate, Danae, por favor, aquí los huracanes no matan.
Trae vientos terribles, fuerza cinco, acabó con las casas.
Tranquila, mujer, por favor.
Sí, como no eres tú.
A mí me han dicho, hermano mío, que usted quedó desconsolado cuando perdió a su madre, dijo Mario Cabrales, junto a un vaso repleto de ron y una botella de Havana Club, le pasó parecido como con Teodoro Meriño, pero con menos experiencia, y se trataba de su señora madre que no es igual, por suerte para usted, ella lo enseñó a valerse por sí mismo desde chamaco, aprendió a cocinar frijoles y arroz, a freírse una tortilla, a preparar congrí, carne de puerco, a zurcirse la ropa de la escuela especial, y todo, por si algún día llegara a faltarle, como sucedió después, dicen que cuando a ella le dijeron en el policlínico, Compañera, su hijo no es normal, se resistió a creerlo y ya ve, muchos quisieran vivir como usted vive, tan dueño de su paz interior, una paz envidiable, con un aura limpia, sin odio, sin remordimientos, sin rencores, usted quedó solo como si lo pusieran a prueba, ni madre, ni padre, ni hermanos, ni nadie que pudiera consolarlo, a no ser esas vecinas bondadosas que siempre aparecen, para su buena suerte, pero de ellas hablaremos después, a mí me han contado, Lorenzo Cuesta, que su madre le inculcó, además, una profunda devoción por el trabajo, ser disciplinado al máximo, llegar temprano como el primero e irse tarde como el último, le mostró el camino para obtener diplomas de trabajador ejemplar en cualquier empresa que estuviera, daba lo mismo la construcción que comunales, pero siempre llegar temprano, cumplir sin quejas, coleccionar diplomas, sentir aplausos en reuniones sindicales, a mí me han contado, Lorenzo Cuesta, que en cierta ocasión, cuando usted trabajaba construyendo el Hospital Pediátrico, usted se levantó temprano como siempre, bebió su taza de café y salió camino a la parada, le extrañó que estuviera sin un alma, pero subió a su guagua que también estaba casi vacía, si acaso el chofer y un par de personas, algo que a usted le encantó al no tener que sentirse apretujado por los demás trabajadores, dicen que cuando llegó al trabajo usted tampoco vio a nadie, ni un alma había, mejor que mejor, se dijo usted, mientras se cambiaba de ropa en la taquilla, luego avanzó con cincel y mandarria hacia la piedra que le habían asignado, la peor de las piedras posibles, y comenzó a golpearla, a abrirle huecos mortales con todas sus fuerzas, esa piedra no podría con usted, ni con su mandarria, ni con su poderoso cincel, usted sudaba a chorros olvidado del mundo, abstraído en la contundencia de sus golpes, como si estuviera en un campo de flores donde se sentía muy bien, pero de repente, la voz de un custodio lo sacó del ritmo, ¿Quién anda ahí?, dijo, detrás de usted, con el revólver cargado y a punto de sonarle un balazo, Soy yo, qué pasa, no ve que estoy trabajando, ¿Y qué haces tú trabajando, compadre?, le dijo, aún muerto de susto, mientras enfundaba el revólver, ¿Cómo que qué hago trabajando?, usted llegó a pensar que a ese custodio le faltaba un tornillo, Pero si hoy es el Día de la Patria, compadre, es día feriado, nadie viene a trabajar, le dijo, entonces usted recogió su mandarria y su cincel, regresó a casa en otra guagua vacía y se acostó a dormir como un santo, ¿ser así, tan diferente, con tanto autocontrol, es o no es envidiable, Lorenzo Cuesta?, pero vuelvo al asunto de las mujeres, muchas coinciden en que usted resulta poderoso en la entrepierna, que se manda mal con su paquete, eso a ellas les saca a flote sus instintos aunque traten de evitarlo, las alborota como a gatas en celo, las pone lelas cuando en su mente lo sustituyen a usted por sus maridos, entonces, a la menor oportunidad, aparecen solidarias y tocan a su puerta, me han contado que en una ocasión, reciente el fallecimiento de su madre, la vecina más encantadora del edificio, vino a saber de usted con un plato de pudín entre las manos, y usted, sin poder evitarlo, miró sus bellas piernas, su bata de casa, ella entonces, entalcadita en el cuello, en los hombros, le sonrió al descubrirle la mirada, dijo que su marido andaba en asuntos de movilizaciones, en ejercicios de defensa, y solidaria, tan sensible como aquella compañera de trabajo, cruzó una pierna sobre otra, dejó ver todo ese muslo desquiciante y ya usted no se pudo contener, corrió desesperado hacia la silla, descruzó ese muslo, inclinó su cuerpo en el lugar que le mostraban, e hundió su cabeza como pudo, con los nervios de punta, acalambrado, eufórico, en el oloroso centro que su vecina separaba, con un perverso gusto, para usted.
La Habana está en fase de alarma, dijo Danae.
Tranquila, mujer, tranquila, aquí estamos protegidos.
Pero yo tengo miedo, Cabrales, ese huracán nos viene encima.
Carmen.
¿Qué?
El huracán se llama Carmen, Danae.
El doctor Mario Cabrales dio del vientre sentado en la taza, como ocurría desde que, para su buena fortuna, Lorenzo Cuesta se había convertido en su sombra perpetua. Nada más rico que cagar, dijo, muerto de risa, frente al muchacho, quien también estaba sentado, pero en la cama, en espera de que terminara la función con mucha peste de todos los días. Mario Cabrales pujaba como toro en aprietos, una y otra vez, mientras el ruido de sus tripas evidenciaba la salida estrepitosa de una montaña de excrementos.
Era la primera parte de todo un ritual, después vendría el asuntico del baño allí mismo, estirar la ducha con agua tibia y ponerse a regar ese cuerpo como si fuera la fuente de la segunda rotonda, el sitio donde trabajaba su jefe Teodoro Meriño. Luego tocaba el turno al gel con las esponjas, la frotación intensa hasta llenarlo de espumas, levantarlo apoyado en sus hombros para limpiar el culo, volver a pasarle la ducha con agua tibia, evitar con la escoba que el agua saliera del baño hacia el cuarto, secarlo con dos o tres toallas enormes. Llevarlo despacio y con esfuerzos tremendos a la cama, untarle cremas diversas, entalcar la penosa entrepierna, el cuello, las axilas, colocar el gigantesco culero desechable, perfumarlo como si fuera un bebé, sentarlo en la silla de ruedas, limpiar el baño y el cuarto, escucharlo hablar sobre esas mierdas baratas, chismes que los otros le contaban todo el tiempo.
Ya terminé, dijo Mario Cabrales, sentado en la taza del baño, pero cuando Lorenzo Cuesta intentó levantarse de la cama para comenzar su faena, lo sorprendió un zumbido idéntico al que había estado sintiendo desde que vio en la calle el cadáver de Teodoro Meriño. Logró ponerse de pie apoyado en la cama, intentó dar un paso, pero la multiplicación del zumbido provocó que pusiera los ojos en blanco. Lorenzo Cuesta torció los brazos en plena combustión, cayó al suelo temblando, pataleando, soltando espumas por la boca, ante la mirada de espanto de Mario Cabrales.
Epilepsia, dijo el doctor. Luego, pegó un grito de auxilio, pero comprendió que era inútil, Danae a esa hora no estaba en casa y con todas las puertas cerradas nadie podría oírlos. Por causa de los golpes que su cabeza daba contra el piso o por la lengua torcida, el muchacho podía morir, había casos en que los epilépticos partían la lengua con los dientes y casos en que llegaban a tragárselas. El doctor Mario Cabrales no lo pensó más y se dejó caer al suelo, después, con extrema lentitud, comenzó a arrastrarse como babosa enorme en un baño con peste. A duras penas logró llegar al cuarto, pasó mucho trabajo para alcanzar la boca del muchacho, metió su mano hasta la lengua, y pudo enderezarla, a pesar de recibir una mordida como de guillotina francesa. Los temblores fueron cediendo de a poco hasta que quedó dormido, inerte, como un ángel cansado que se salva y el doctor Cabrales, con la mano aún sangrante, se dejó caer junto al epiléptico, maldiciendo por tanto susto, a la hora de su baño.
Quitaron la electricidad en toda La Habana, dijo Danae.
Carmen pasará en un rato, dijo Cabrales, maldito Huracán.
Han albergado a casi toda Centro Habana.
Pobre gente, las casas son pésimas allí, menos mal que esta aguanta.
Es un fuerza cinco, no te confíes, Mario Cabrales, son unos vientos terribles.
Tranquila, mujer, las casas por acá aguantan eso.
Debimos haber reparado el techo y las paredes, dijo Danae.
Tranquila, mujer, tranquila.
Tengo miedo, Cabrales, hace un viento terrible, ¿no lo sienten?
Malo cargarlo a usted, mi socio, malo cargarlo a usted. Así repetía, jadeante, Lorenzo Cuesta, con el doctor Cabrales en la espalda, a pesar del arrastre inoportuno de sus piernas y del maldito viento, pero sin soltarlo. Un saco de papas, una maceta grande, cualquier cosa, menos cargarlo a usted, mi socio, se repetía Lorenzo, encabronado, para darse ánimos en la oscuridad, con la lluvia encima como alfilerazo, pero sin soltarlo. El doctor Mario Cabrales, pesaba un mundo, carajo, parecía como si en veinte años de ausencia se hubiera tragado media España él solo.
En cuestión de minutos la parte de atrás de la casa se había ido abajo, por causa del Huracán Carmen, de fuerza cinco, con vientos sostenidos de trescientos kilómetros por hora, y por allí, por el último cuarto, andaba Danae Torres, pobrecita, ni llegó a gritar cuando tuvo el techo encima, debió haber muerto al instante, pero a Lorenzo Cuesta le alcanzó el tiempo justo para echarse a correr, con el doctor Mario Cabrales en silla de ruedas, mientras la casa continuaba el declive de atrás hacia adelante y ellos llegaban al portal.
De repente, el viento del Huracán Carmen cesó, permitiendo una extraña calma, un insoportable calor, y ellos advirtieron que otras casas, resistentes en apariencias, también estaban en el piso, y que, para complicarse aún más, el agua de mar comenzaba a amenazarlos. Los árboles de la cuadra, arrancados de raíz, yacían sobre la calle junto a un enredo de cables del tendido eléctrico y varios vecinos, algunos con heridas en las cabezas, con gente en las espaldas, apoyada en hombros, ensangrentados, adoloridos, desesperados, trataban de alejarse chapoteando en el agua. Oigan, ustedes, dijo alguien con un niño en brazos, salgan rápido de aquí, estamos en el ojo del huracán, en minutos regresarán los vientos, si quieren salvarse corran a la escuela, es lo más seguro.
Malo cargarlo a usted, mi socio, malo cargarlo a usted. El doctor Mario Cabrales, empapado, asustadísimo, sin otro remedio que ir sobre Lorenzo Cuesta, permanecía en silencio ante esa frase, repetida como salmo para extraer fuerza interna, espantar la lluvia que los desorientaba, el viento que los detenía, el agua que los inundaba, y avanzar un paso más con él encima. El doctor Mario Cabrales, con los ojos cerrados ante la incertidumbre, se sintió el tipo más triste del mundo y, por primera vez en aquellos meses, se arrepintió de haber regresado a La Habana, Danae Torres, su esposa, acababa de morirse bajo los escombros; la calle era presa del destrozo total, sentía gritos de dolor por todas partes, el jadeo inconforme del muchacho, un calor intenso, pesado, como de horno de crematorio y el agua que ya subía por sus piernas.
Lorenzo Cuesta, sin que nadie pudiera creerlo, logró llegar al edificio de la escuela, con el doctor Mario Cabrales encima y toda la pesadumbre de los tiempos en su cabeza, otra vez a punto de estallar por los zumbidos. Varios vecinos, a pesar de tantos sinsabores, aplaudieron su temible osadía y lo palmearon en la espalda, como si hubiera obtenido el mejor de los diplomas sindicales. Cargar un peso así, por tantas cuadras, no era fácil, bromearon algunos y él se sintió orgulloso de su fuerza interna, pero cuando fue a comprobar cómo andaba Mario Cabrales, su mejor amigo en los últimos tiempos, sintió un dolor tremendo en el pecho y cayó al suelo. Minutos después, ante un grupo de vecinos, crispados por tanto infortunio, el doctor Cabrales informaba, ahogado en llanto, que el muchacho, como si nadie pudiera creerlo, había muerto de un fulminante infarto del miocardio.
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Alberto Guerra Naranjo. La Habana, 1963. Licenciado en Historia y Ciencias Sociales. Escritor, guionista, profesor, promotor cultural. Algunos cuentos suyos aparecen en revistas y antologías junto a los de Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Nabokov y Tarkovsky, y varios han sido publicados al idioma inglés, francés, alemán, italiano, finés, portugués, checo, croata y chino mandarín. Con Miserias del reloj, el autor obtuvo el segundo premio del III Certamen de Relatos Cortos sobre Discapacidad, convocado en Valladolid, España.