My Stories

Cabeza de ajo

Primera parte


A veces parece que la vida es rutinaria y nada cambia. Sólo luego de que algo inesperado nos ocurre, nos damos cuenta de que hubo sucesos que fueron una bisagra en nuestro existir, añorando luego esa antigua existencia anodina donde los días parecían una sucesión de hechos repetitivos.

En ese entonces mi vida era una serie de actividades y hechos que plácidamente se repetían según el día de la semana. Envidiaba la vida de aquellos que parecían tener una existencia con altibajos. Aún cuando lo que vivieran fueran cosas indeseadas (la pérdida de un trabajo, el descubrimiento de la infidelidad de la pareja, etc.), veía esos eventos como un condimento e incentivo para hacer un cambio.

Los que me conocían me consideraban afortunada: trabajaba en una revista femenina, inventando historias románticas que nada tenían que ver con mi vida, pero que las lectoras adoraban.  Recibía decenas de correos electrónicos al mes, diciéndome cuánto me admiraban, preguntándome si alguna era autobiográfica, o queriendo saber "cómo era mi vida cotidiana". En general, la que respondía los correos era Nélida, mi secretaria, que gozaba de una gran imaginación para responder a cada uno de manera personalizada.

En el momento en que ocurrió el hecho inesperado en mi vida, tenía treinta y cinco años, un divorcio a cuestas y no tenía hijos.

Nunca había vivido ninguna tragedia ni muerte muy cercana, salvo la de mi perro Toby. Se podía decir que era afortunada, eso me lo decían todos, pero yo no lo sabía. Mi preocupación entonces pasaba por lo superficial: comprarme la ropa y el calzado de moda, salir con amigos, leer tanto autores clásicos como modernos, en fin, estar actualizada en todo sentido y ser «interesante», además de bonita.

Como dije, ni el éxito en mi trabajo, ni mi familia amorosa, ni las actividades que otros envidiaban en mí, me resultaban todo lo atrayentes que parecían.

Un día como cualquier otro en que iba a la editorial caminando las quince cuadras de distancia porque había llevado el auto al taller mecánico, me crucé en una esquina con una mujer mayor que parecía estar esperando la llegada de alguien.

—Perdón que la moleste, le parecerá raro, pero quisiera hacerle una pregunta —me dijo al pasar al lado de ella.

Sin responderle, me detuve un instante y la miré inquisitivamente.

—Tengo una cabeza de ajo entera que quisiera regalarle a alguien —dijo, sacando de su cartera una bolsita transparente con el ajo adentro y extendiendo su mano hacia mí.

La miré a los ojos y aún hoy, no sé qué me llevó a tomarla. Apenas le agradecí y seguí mi camino, como si hubiese sido natural que una persona esté parada en una esquina esperando que pase alguien para regalarle una cabeza de ajo.

Caminé unos metros y me giré para mirarla, pero ya no estaba, probablemente había doblado la esquina, pensé entonces.

Metí la bolsita con el ajo en la cartera y me olvidé del tema hasta la noche, cuando al regresar a casa y buscar las llaves la encontré.

No soy una eximia cocinera, pero soy de la comida sencilla que se prepara rápidamente. Abrí la heladera para ver qué tenía disponible y no había mucho a decir verdad, no había ido al supermercado el fin de semana y mi heladera lo sabía. Recordé la cabeza de ajo y pensé en hacer fideos con una salsa alioli.

Se me ocurrió que si mi abuela supiera que iba a cocinar con un elemento que me dio una desconocida no lo hubiese permitido, pero mi abuelita estaba en su casa y yo tenía hambre.

Piqué tres dientes de ajo que estaban perfectos, rozagantes, preparé la comida y me dispuse a comer recostada en el sillón, mientras veía mi serie favorita. De repente, durante un comercial de aceites, mencionan la palabra ajo, lo que inmediatamente me recordó el evento de la mañana. Me pregunté quién sería esa mujer que parecía no estar en sus cabales, pero sobretodo, me preguntaba cómo es que yo había aceptado su ofrecimiento.

Cerca de medianoche me fui a dormir pensando en las actividades del día siguiente y pronto concilié el sueño.

Ése iba a ser un día agitado, por lo que me levanté media hora antes de lo habitual, me bañé y me preparé para salir.

Cuando pasé por la esquina donde encontré a la extraña mujer el día anterior recordé que había soñado con ella. Un sueño breve, casi intrascendente: soñé que al pasar por esa misma esquina me topaba con la mujer, que estaba con las manos cruzadas simplemente asiendo con ellas un chal que tenía puesto sobre los hombros. No obstante, cuando pasaba a su lado me echaba una mirada enigmática, sonriendo cual Gioconda, como si ella supiera algo que yo desconocía aún.

Al llegar al trabajo ya había olvidado el sueño, atenta a los compromisos que debía cumplir ese día.

A la tarde, volviendo a casa, vi a la mujer nuevamente en la misma esquina.

—¿Quiere una cabeza de ajo? —preguntó con aparente timidez.

—No, gracias. Tengo —le respondí al pasar—.

La mujer murmuró algo que no llegué a entender del todo. 

Ya en casa terminé una historia de amor que debía entregar en un par de días. Suelo evitar situaciones de estrés y, por lo general, termino mis trabajos antes del plazo requerido.

Recién casi a medianoche me liberé para cocinar. Tenía una prepizza en el freezer, solo era cuestión de ponerle un poco de salsa de tomate y queso. Se me ocurrió agregarle ajo picado a la salsa de tomate y fue en ese momento en que sucedió el primer hecho inusual. Los dientes de ajo estaban secos, todos absolutamente achicharrados.

Me llamó la atención porque los que había usado el día anterior estaban perfectos, pero en ese momento no le di mayor trascendencia y puse la pizza en el horno sin el ajo.

Esa noche volví a soñar con la mujer. Se repetía la última escena, donde me ofrecía el ajo, yo le decía que todavía tenía y ella me respondía algo ininteligible que en el sueño comprendí. Me había dicho: "ya no tenés", como si hubiese sabido lo que pasó.

Por la mañana recordé el sueño y pensé que si no fuera una escritora de novelas románticas, lo de esta mujer bien podría ser la trama de una historia.

En mi camino al trabajo, no pude evitar pensar en la mujer de la esquina. Al pasar por allí mire hacia los lados, como si esperara encontrármela. La vi entonces a unos ochenta metros caminando a paso acelerado hacia donde yo estaba. Apuré entonces mi andar y, aunque estuve tentada a mirar hacia atrás, no lo hice y a la mujer no la volví a ver ese día.

Por la tarde retiré mi auto del taller y sentí una íntima satisfacción al pensar en la mujer que quizás estuviera esperándome en la esquina con la cabeza de ajo.

Todo el tema se estaba convirtiendo en una locura. Pensar en esa mujer, que no era nadie para mí, pero que comenzaba a infestar mis pensamientos.

Los días sucesivos transcurrieron sin sobresaltos hasta que en la revista para la que trabajaba, la directora había tenido un ofrecimiento de otra editorial y había optado por aquélla.

Su puesto quedaba vacante y varios fantaseábamos con ocuparlo. No quería hacerme ilusiones porque había gente con más experiencia, pero me gustaba jugar con la idea. Sin embargo, pareció que los planetas se alinearon a mi favor porque un día que llegué tarde (el auto nuevamente no arrancó y tuve que ir a pie), me estaba esperando el presidente de la editorial para ofrecerme el cargo.

Fue el día menos pensado, por lo cual mi sorpresa ante la noticia fue genuina (aunque mis compañeros pensaran que estaba actuando). Volví a mi casa casi de noche, pues me había quedado después de hora reunida con la directora que me daba indicaciones para que comenzara con parte de sus funciones antes de que dejara la editorial.

Volvía pensativa caminando, cuando a unos treinta metros antes de llegar a la esquina del ajo (como la llamaba para mis adentros) veo parada a la extraña mujer.

Hubiese querido cruzar la calle, pero ya estaba demasiado cerca e iba a parecer que le temía, así que decidida pasé por delante de ella sin mirarla.

—Te espera otra sorpresa —me dijo cuando pasé.

Hice caso omiso y seguí de largo. Sólo cuando llegué a casa y encendí el celular (lo había apagado en la reunión con la directora), encontré varias llamadas perdidas de mi madre.

La llamé inmediatamente. Mi abuelita materna había fallecido. Me parecía imposible, no estaba enferma, vivía tranquila en la casa contigua a la de mis padres, había almorzado con mi mamá, fue a dormir la siesta a su casa y no despertó. Tuvo un paro cardíaco mientras dormía.

Esa noche fue el velorio y al día siguiente fui a trabajar sin dormir. Era la primera vez que fallecía alguien significativo para mí y ni siquiera podía tomarme el tiempo indispensable para pensar en ello ni para acompañar a mi madre que estaba quebrada de dolor. Dadas las circunstancias, ni siquiera le conté que sería la próxima directora de la editorial.

Entre las nuevas tareas a cumplir y las pendientes, casi no pude pensar en lo sucedido con mi abuela. Por momentos me venían recuerdos que pasaban rápidamente ante la urgencia de lo cotidiano.

Ese día regresé a casa en taxi, cargada de papeles para ver tranquila y no tener que estar a primera hora en la oficina. Quería irme a desayunar al día siguiente con mi madre, quizás para alivianar la culpa de haberme ido a trabajar igual el día en que ella seguramente hubiese preferido que la acompañara.

Recién en el desayuno le dije a mi mamá lo del nombramiento, sin entusiasmo de mi parte, y también con poco de la suya al felicitarme, aunque trató de disimular y mostrarse contenta.  En ese momento pensé que serían ironías de la vida, una de cal y una de arena, como solía decir mi abuela, todavía no tenía idea de qué se trataba esa aparente coincidencia.

En los días sucesivos no tuve más tiempo que para el trabajo y la búsqueda de un nuevo auto.  El salario como directora me iba a permitir pagar la cuota de un auto mucho mejor que el que tenía.

El viejo automóvil me lo compró el mecánico y, mientras esperaba que estuvieran los papeles del nuevo, iba y venía del trabajo caminando o en taxi, según la urgencia.

 

Continuará...