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No

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    Sobre la mirilla del portón entreabierto, una chapa rezaba Alicia Kyteler: conjuro y buena ventura.

  Entramos a un hall oscuro con olor a incienso. A la derecha, un resplandor naranja y titilante se arrastraba, a través de una puerta, por el suelo de baldosas ajedrezadas.

  Adelante, dijo una voz.

  Cruzamos el umbral. Su cuerpo se balanceaba en una mecedora, detrás de una mesa almenada de velas; era ella: Alicia: una cara redonda y sin arrugas, dos lunas teñidas de lila que nos miraban con una chispa de embriaguez. A su lado, una olla hacía gárgaras y escupía nubes de vapor.

  Hablé: ¿nacerá?

  La bruja se congeló. Desde debajo de su campanilla, ahogado, brotó un ronquido sordo que explotó en el paladar como una tormenta, una carcajada metálica que iluminó la habitación (vi los muebles cubiertos por sábanas blancas). Miré a mi chica: bajó la vista y la clavó sobre su tripa. Le tendí la mano. Lloraba.

  Y, de repente, Alicia volvió a callar. Fijó las pupilas sobre unos naipes esparcidos sobre la mesa. Las sienes le palpitaban (o acaso lo imaginé). De entre los pliegues de la blusa sacó un bulto envuelto en un chal granate intenso y, despojándolo de la tela, lo sumergió en la olla.

  Insistí: ¿nacerá? Dime que no.

  En silencio, con aquel artilugio afilado en la mano, como flotando sobre el piso, se acercó a mi acompañante, mi vida, y, con un gesto, la hizo sentarse sobre un cojín, en el suelo. Se agachó junto a ella y me dio la espalda.

  No, contestó por fin con la mirada incendiada por las velas. No va a nacer.

  Los dos suspiramos. Al tiempo de un gemido, un hilo rojo serpenteó por las baldosas.