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El día de los indefensos

Parte sin título


EL DÍA DE LOS INDEFENSOS
(por Maximiliano Gimenez)

"Voy a hacer un pacto contigo, uno frágil, como esos que hace el gato con el ratón, cuando prefiere que la comida venga hasta él"
El elocuente Devorador de Biertan

1― Los intrusos
Estábamos con mamá en la cocina y corrimos a refugiarnos en el sótano. Ambos escuchamos el ruido de una rama quebrándose en el jardín de adelante, nadie con buenas intenciones puede acercarse a nuestra casa del campo. No pude resistir, me arrimé a la ventana con la esperanza de que sea mi padre, pero no. La leve claridad antes del amanecer me impide verlos bien, no obstante, las siluetas son inconfundibles. Hay tres hombres parados afuera, a unos 30 metros, esperando, impacientes. Uno tiene un martillo gigante y camina de costado entre los árboles; otro me ubica en la cortina que corro con la mano y se pasa el dedo por el cuello en señal clara: van a perder la cabeza. Veo el destello de un flash enceguecedor, una foto disparada en mi dirección por el fornido que está parado de frente a lo lejos, el ruido de la película saliendo de la cámara es claro. Micaela prende los regadores del parque para arruinarle la imagen capturada, el hombre la guarda entre sus ropas y mira el reloj, esperando para entrar, ya sale el sol.

―¡Cobardes! ¡Atacarnos cuando estamos indefensos! ―grita mamá y me arrastra al sótano―. Son unas horas Gabriel, tenemos lo necesario para aguantar ―susurra nerviosa.

Hace unas noches una camioneta blanca se había detenido en la carretera que pasa por la entrada, la vimos dos veces más y luego nada, nos confiamos demasiado. Tendríamos que haber sospechado, las casualidades no existen. La mencionó una vez papá, otra Emilia, me acuerdo que dijo “esa camioneta blanca acaba de pasar hace un rato y bajó la velocidad frente a la casa”, pero al final no hicimos nada, claramente un error.

En esta región tan austral y en invierno, el día es muy corto, y el sótano estaba bien asegurado para resistir. Micaela no es mi verdadera mamá, pero se merece el título y la quiero con todo mi corazón. Papá fue al encuentro de una prostituta en la noche y no regresó, a veces duerme fuera, para evitar que lo sigan y descubran que es un hombre de familia, se queda en otra propiedad que tenemos. Mamá no lo cuestiona, dice que mi padre es un romántico y no puede evitarlo. En verdad quisiera que esté aquí con nosotros, ahora debemos prepararnos para lo que viene.

Bajamos las escaleras, atravesamos la doble puerta de acero y el monitor de las cámaras se enciende apenas cerramos. El resto del sótano se ilumina, un cuadrado sin más muebles que las cuatro camas y el escritorio donde reposa la pantalla. La tía Emilia se despierta.

―Me acabo de dormir y me levantan ¿Fuimos claros o no? El que no llega a tiempo duerme arriba en el lavadero, el que no calcula la vuelta a casa se queda en la otra, pero así no ¿Qué pasó con Martín? ¿Otra vez noche de prostitutas? Es un romántico, al final tenías razón ―dijo la tía, que tampoco lo es por lazos familiares, sólo una amiga de mamá.

Golpeo con el dedo dos veces al monitor, por primera vez en mucho tiempo siento miedo. Emilia se levanta y agarra su cabeza cuando ve la imagen del fornido.

―Creo que son profesionales, tal vez sea el asesino del que oímos aquella vez en la reunión de Santa Clara ¡Mirá Micaela! ahí vienen ―dijo la tía.

El hombre musculoso detiene a sus ayudantes con una señal. Saca la foto de sus ropas, despega la pegatina y sonríe.

―¡Tenemos confirmación! ―grita y los otros dos corren a la casa.

Sentimos los ruidos de las puertas de entrada y varias cosas destrozándose por toda la sala de arriba. Golpes gigantescos del martillo en las paredes. El líder se acerca al sótano y con la cara contra el acero nos habla desde ahí, disfrutando.

―¡Hicimos grandes hoyos en los muros! Les informo, por si intentan salir a pelear mientras estamos acá afuera. La casa está muy soleada ahora en esta hermosa mañana, vamos a cortarlos en pedazos antes de que se ponga el sol, es una cuestión de paciencia. Sabemos que no se sienten bien, pues no los vamos a dejar en paz y en unas horas, cuando se estén arrastrando por el cansancio, volaremos las puertitas estas y les voy a cortar la cabeza ―nos dice con la seguridad que da el oficio conocido.

Golpean el acero cada cinco minutos ¡Bum! El cuarto entero tiembla, tres horas más tarde se animan y vuelan la primera de las puertas, la segunda queda dañada. Arrojan alguna especie de gas que nos quema los ojos y la garganta. Me siento mareado, asustado y débil, mamá y la tía están aún peor. Corro a abrazar a Micaela, Emilia viene también y entre las dos me cantan.

No temas muchachito, lindo de mamá. Tu padre está en el campo, ya vuelve de cazar...

La voz melodiosa me calma, mi verdadera madre cantaba eso cuando vivía, Micaela la aprendió para recordarme lo que me hacía feliz en esos tiempos. Pienso en ella, se llamaba Silvia ¡Cuánto me quería!, mientas el auto volcaba pude ver sus ojos marrones por última vez. La tía nos aleja de la puerta con una mano.

―Están pensando en romper y entrar, no más de veinte minutos, van a tener como dos horas hasta que el sol se esconda ―dice Emilia, yo siento lo mismo, mamá me protege con su cuerpo.

―Cuando vuelen esta puerta, la tía y yo vamos a correr escaleras arriba y distraerlos, enfrentarlos si podemos con las fuerzas que nos quedan, quiero que te cubras con esta manta y no pienses en el dolor, sólo corre hasta el cuarto de lavado y traba la puerta con las máquinas. Resiste, trataremos de ganar el tiempo que podamos para ti, pero no creo que la noche nos encuentre con vida ―me dice Micaela y acaricia mi cara despidiéndose―. Cuando veas a tu padre, dile que siento no haber podido hacer más.

Arrojan gas otra vez y oímos la granada caer.

2― La pregunta

La puerta se infla por la explosión y vuela hacia nosotros, mamá y la tía se ponen delante mío y pese a que el metal las golpea fuerte, se incorporan y van escaleras arriba. Las sigo, bien cubierto por la manta, apenas estoy fuera del sótano, siento un dolor insoportable, como si hubiéramos entrado al mismo infierno. Veo con dificultad que están arrastrando de los pelos a Emilia hacia el jardín, a mamá la encadenaron, ambas gritan de dolor. El del martillo me sigue con la mirada y se ríe al ver mi tamaño.

―¡Es un niño! ¡A dónde piensas que te puedes esconder! ¡te vamos a quemar todo antes de sacarte la cabeza! ―grita feliz, como si estuviera festejando un gol en la final del mundo.

Me refugio en el lavadero y trabo la entrada, el dolor para, pero los alaridos de mis protectoras hacen que estalle en lágrimas. Malditos cobardes, sólo debo aguantar unas horas y ya verán.

El jefe de los asesinos se acerca hasta la puerta del lavadero y la golpea con fuerza. Por arriba encuentra el espacio suficiente para arrojarme la foto que me había sacado mientras lo observaba por la ventana.

―¡Saliste hermoso y bien peinadito, pequeñín! ―dice sarcástico.

Tomo la fotografía, la miro unos segundos entre los sufridos aullidos de la tía y mamá, la imagen es nítida y precisa.

A estas alturas de mi relato, y si han prestado suficiente atención, sólo puede haber una pregunta que los debe estar incomodando desde el principio: ¿Cómo es posible que hayamos escuchado el ruido de una rama quebrándose en el jardín a 30 metros de distancia?

Los sentidos están mucho más desarrollados en nosotros. Ser un vampiro tiene sus ventajas. Matarnos es casi imposible, a veces podemos leer los pensamientos, algunos de ellos, si estamos cerca. La unión es el arma más importante que tenemos.

En la fotografía no aparezco, sólo la cortina que está sostenida por una mano invisible al lente. Tampoco salimos en video, ni en los espejos. Tenemos algunas contras, la sed de sangre es sólo una, diría: importante, de esa, nos encargamos bien, cada uno a su modo. Las otras son las que me tienen acorralado ahora.

Estos tres infames son profesionales, Emilia tenía razón. Saben que, si no dormimos durante el día, nos volvemos igual de débiles que los humanos, y la luz del sol es nuestra mortal enemiga, el mínimo reflejo nos arde de una manera insoportable. Cuando las mujeres se quemen lo suficiente para hacer su piel vulnerable, van a tratar de cortarles la cabeza. Puedo leer sus pensamientos con dificultad, estoy demasiado lejos y abatido por el cansancio y el miedo, pero distingo que a los tres se les cruza la misma preocupación por la mente: en esta región y en invierno, el sol no es tan fuerte y todo está tardando más de la cuenta.
El tono naranja, que indica la llegada del final de un breve día, ya domina todo. A través del vidrio oscurecido de una ventanita mínima, puedo observar la escena espeluznante que se desarrolla afuera.

Los gritos paran, están tan quemadas por la luz del atardecer que ya no sienten dolor. La noche larga se aproxima. Uno de los hombres piensa que es tiempo de buscar el hacha del baúl del auto rural que los trajo. Una camioneta blanca para al costado y cinco hombres armados bajan apuntándole y lo conducen corriendo hasta el jardín de la casa.

3― Los rusos
Sergey mide casi dos metros y se presenta con una Marakov 9mm en mano, los tres miserables ahora reunidos, se arrojan al suelo sin entender nada.

El ruso gigante recorre con la mirada la escena y no sale de su asombro, mira los cuerpos calcinados de las mujeres y hace un silbido largo a la vez que sacude la cabeza.

―A alguien se le fue la mano con el castigo a las chicas ¿Que hicieron? ¿Le robaron a un cliente? ¿Se quisieron fugar? ―pregunta Sergey golpeándose el pecho para reafirmar cada palabra final.

―Soy Diego Estoco, cazador de vampiros y ellos pertenecen a mi equipo, lo que ve acá no son mujeres ―intenta explicar el fornido, pero recibe una patada violenta del rubio que estaba más cerca.

―¿Nos tomás por estúpidos? Cuando el primero de nosotros desapareció hace 15 meses junto con una de nuestras chicas, ¡bueno Sergey! me dije a mí mismo: gajes del oficio, enamorados que huyen, raro, pero puede ser, ¿por qué no?, este es un mundo plagado de imbéciles. Después cada dos semanas, a uno de mis muchachos se lo tragaba la tierra, siempre los que se encargaban de mantener a las chicas disciplinadas, también la prostituta se iba sin dejar huella. Hace unos días encontramos a Nikolay con el cuello y las venas abiertas flotando en el río. Sin embargo, Katia, que había desaparecido con él, volvió a su familia en Kaliningrado y nos denunció, ¡la maldita nos denunció ante Interpol!

―No tuvimos nada que ver con eso, lo juramos, seguro es uno de estos vamp... ―dijo Diego Estoco interrumpiendo a Sergey, no pudo terminar la frase porque recibió otra patada bestial.

―Ahora que hacen silencio: continúo ―le dijo serio el ruso―. Entonces lo que teníamos era la idea de que nuestros hombres, casualmente los más severos eran...digamos "castigados" por un vengador anónimo, un romántico. Alguien que no trata de quedarse con mi negocio, sólo liberar a las chicas.

―¡La noche se acerca! ¡Hay otra de las bestias adentro, nos va a matar a todos! ―alcanza a gritar el fornido antes de recibir dos patadas más.

Sergey ríe un poco, mira lo que quedaba de la casa de campo, las paredes casi derrumbadas a martillazos, el humo que sale del sótano. Igual baja las cejas y hace una ligera seña a uno de sus hombres, un chico tatuado que corre a la casa arma en mano.

―Sólo quiere liberar a las chicas, pensamos y nos pusimos en la engorrosa tarea de tenderle trampas ―continuó diciendo el ruso ―Hasta que, por fin, un soplón lleva al otro y esta casa fue una de las marcadas, entonces la vigilamos. No sale ni entra ningún auto, pensamos que nuestro romántico vengador llegaba hasta la ciudad caminando por el bosque, pero hoy vimos el coche de ustedes, dejamos un vigía que escuchó las explosiones y eso apuró un poco nuestra llegada, porque cuando me dijeron que estaban destruyendo la casa, pensé en las veces que habíamos tenido que hacer eso mismo nosotros, quemar todo y huir para borrar las pruebas. Ya sabes, cuando el acuerdo con la policía se rompe o cuando se te muere una menor de edad. Y la teoría del héroe de las prostitutas se nos cayó ¿Pero esto? Esto es más sádico de lo que esperaba, amigo mío. Unos cortes, unos golpes, unos días sin comer ni beber encerrada en un armario ¿Pero para qué quemar tu propio dinero? ¡Ah, claro! es mi dinero el que estás quemando, cierto que me robas a las chicas.
De la casa salió el tatuado, trae el monitor y le indica a su jefe que hay cámaras. Sergey ordena con señas que le disparen a uno de los cazadores en la cabeza ¡Bum! y Diego Estoco mira con desesperación como a su compañero se le estalla un ojo y queda seco en el suelo con humo y sangre brotando de la nariz al mismo tiempo.

―Igual ya estamos muertos, en quince minutos se pone el sol ―dijo desde el suelo Diego y recibió otra patada.

―движется ―gritó uno de los rusos apuntando la escopeta en dirección a mamá.

―¡Esperá! ―ordenó el jefe, acercó sus dos metros hasta Micaela y le tocó la frente―. Está más fría que Lenin ¿Cómo se va a mover?

―Le juro que se movió ―insistió el de la escopeta visiblemente asustado.

―¡Esas dos no están muertas y aunque lo estuvieran, la bestia que está en el lavadero igual nos va a destrozar! ―volvió a gritar Diego, pero esta vez no lo golpearon.

El jefe hizo una seña y el tatuado volvió a entrar a buscarme. Siento que las sombras me dan las fuerzas que necesito y decido destrabar la puerta para esperarlo en el pasillo.

―¡Acá está la bestia! ¡La que nos va a matar a todos! ¡Un animal salvaje de 7 años! ―ríe el tatuado mientras me empuja hacia afuera y me obliga a tirarme al suelo junto al cazador de vampiros. Estoco me mira a los ojos y lentamente, disfrutándolo, voy dibujando una sonrisa en mi rostro, se pone pálido por completo, al mismo tiempo en que los sensores lumínicos de las lámparas del jardín indican que la noche ha llegado y encienden en la oscuridad.

―¿Qué pasa?, ¡yo también la vi moverse! ―dijo otro de los rusos. Aterrado, el de la escopeta, se la apoyó en la cabeza a mamá y disparó.

De un salto volé sobre él y clavé mi mano pequeña en su hombro, tiré con todas mis fuerzas y por primera vez, sentí la satisfacción al escuchar los gritos de un hombre, cuando su brazo se desprendió por completo con escopeta y todo. Micaela no tiene un rasguño por el tiro del arma, de hecho, su piel se recupera en segundos, la tía se para, camina hasta su lado y sonríe, ambas son bellísimas.

Los rusos aprietan el gatillo hasta quedar sin municiones, Diego Estoco aprovechó la confusión para escapar corriendo al bosque. Mamá y Emilia atacan a mordidas a cada uno de los que disparaban, sin detenerse siquiera a beber su sangre. Sergey es especial, el gigante arroja su arma vacía y se arremanga la camisa para mostrar sus puños como lo hace un boxeador profesional, Micaela ríe y camina hacia él, pero no llega. Martín, mi padre, aparece veloz y lo enfrenta, deja que el ruso arroje el primer golpe, ampuloso y al aire, papá le pega directamente en el mentón. Sergey da dos pasos adelante con la cabeza colgando y cae temblando al piso.

4― El reencuentro con el pasado
Nos abrazamos los cuatro, Micaela le contó a mi padre lo que había pasado y salimos corriendo hacia el bosque, Diego Estoco no puede estar muy lejos.

En la noche más cerrada mi visión es perfecta, lo encuentro entre los árboles y lo alcanzamos en menos de un minuto, papá lo derriba.

―¿Así que te hacés llamar cazador de vampiros? ―dice Emilia y le rompe el abrigo con las uñas. Caen tarjetas al suelo.

―"Diego Estoco, investigador, cazador de vampiros"―lee mi padre― ¿Y a cuántos cazaste?, ¿si se puede saber?

―Tres, sólo tres ―contestó

―Somos muy pocos, sabemos el nombre de casi todos, ¿quiénes eran esos tres? ―pregunta Micaela y le corta la mejilla con las uñas.

―Mi esposa Rosa y mis dos hijitos: Francisca de doce años y Miguel de cuatro. ―respondió llorando.

Hicimos silencio, nunca hablamos de este caso en particular, pero Emilia, papá y yo, sabemos que Micaela hacía esas cosas, hace mucho tiempo ya, pero las hacía.

―Calle Faber y Patricios ―dice mamá y el hombre se enfurece e intenta golpearla sin éxito, ella lo lanza contra un árbol y le pone un pie arriba.

―¿Por qué? ¿Por qué a Rosa? ¿Qué mal te hizo Francisca? matame si querés, pero contestame, Miguelito, mi bebé ¡Era mi pequeño! ¿Por qué? ―preguntó ya sin esperanzas y entregado por completo al dolor. Micaela aceptó responder, más por nosotros que por el caído en desgracia que lloraba a sus pies.

―Fue hace casi 20 años, Martín y yo éramos novios, quería una familia, la deseaba con toda mi alma ¡Estaba tan segura que me iba a decir que sí! Viajaba una noche en el tren y en mi mente todo era claro y perfecto: le confesaría a él que yo era una mujer vampiro, pero una profundamente enamorada ―dijo mamá señalando a mi padre y continuó―, no era sencillo, aparento quince años, pero he vivido mucho y siempre he deseado lo que ante mí veía, esa familia preciosa. Era una mujer charlando con su hija, reían mucho, me cambié al asiento de al lado y pude ver que también había un pequeño niño que estaba en silencio comiendo chocolates. Era muy parecido a Martín, casi no lo pensé, una distracción de la madre y me lo llevé a paso veloz. Los gritos de desesperación consiguieron que un hombre y su mujer los asistieran, encontraron mi cartera en el asiento. Sin darme cuenta había olvidado todo, mi dirección estaba en uno de los papeles. Yo sólo corría presa de la fascinación por el niñito que lloraba aterrado, mientras lo ingresaba a la casa le di una mordida profunda en el cuello y en las muñecas. La madre y la hermana llegaron atrás mío junto al matrimonio que los acompañó. Puse al pequeño en la cama, en su mano tenía todavía el chocolate bien apretado. Le di de beber mi sangre, quería que fuera nuestro hijo, para siempre.

―¡Vas a ir al infierno! ¡Hija de puta! ¡Bestia! ―le gritaba el cazador, mamá no prestó atención y sus ojos claros se clavaron en los míos.

―Pensé que Martín me diría que sí, y una vez que lo convirtiera a él también, formaríamos una familia, estaba obsesionada ―continuó Micaela―. Vinieron a rescatar al niñito, abrieron la puerta y me sorprendieron en el cuarto, trataron de golpearme, pero para mí fue sencillo. Maté al matrimonio y bebí la sangre de la mamá hasta que se desvaneció. Sentí mucha piedad por la hermana, traté de calmarla y la desnudé para darle un baño caliente, la sumergí y le canté una canción, pero no dejaba de llorar a los gritos. Entonces la mordí también. Pensaba dormir y cuando la noche renazca nuevamente, saltar la tapia del fondo para caer en el jardín de mi amado novio, como siempre. Pero Martín se me anticipó y abrió la puerta mientras dormía para darme un regalo que me había comprado, impaciente, no pudo esperar. Allí encontró la escena y los cadáveres. Confesé y él aceptó ser convertido, todo con tal de no perderme, tanto así nos amábamos. Irónicamente el niñito de cuatro años que pensé nos uniría para siempre, fue lo que terminó alejándolo. Cuando estaba por morder al amor de mi vida, lo vio tendido sobre la cama, con el chocolate en la mano y fue demasiado para él. Se alejó de mí.

Mi padre me abrazó y completó su historia.

―Me alejé caminando, ella prometió encontrarme donde sea, pero me oculté muy bien. Con el tiempo me casé con Silvia y naciste vos Gabriel. Hace dos años cuando volcaron con el auto y quedaste tan mal herido, me dejé encontrar por Micaela. Ella me convirtió a mí y a vos, enseguida despertaste del coma y todas tus lesiones habían desaparecido. Le debemos tu vida a ella, por eso me alegra que le digas mamá. ―dijo emocionado papá y lo abracé yo también.

―¡Los voy a matar a todos! ―gritó Diego y Emilia lo agarró de una pierna y lo arrastró hasta mis pies, bajo la luz de las estrellas, la tía se dio cuenta que el hombre tenía rasgos similares a mi papá.

―El niño que mataste era parecido a Martín, acá está la razón ―dijo Emilia señalando al hombre. Notamos que decía la verdad, misma talla, la forma de la cara y el físico eran similares, papá tenía unos 10 años menos.

―Pará, yo no lo maté, sólo lo convertí, fue este mismo desgraciado que dice amarlo el que dijo que lo asesinó ―aclaró Micaela―. Una vez que Martín huyó de mí, supe que tenía que desaparecer un tiempo, el niño despertó una media hora después y la sed que tenía lo estaba consumiendo, su hermana y la madre aún tenían débiles latidos, así que las convertí también, en un intento por arreglar las cosas. Estaba confundida y desolada. El primer policía que apareció les sirvió de cena inicial a los tres, luego el segundo y el tercero. Cuando su sed primaria se calmó, dentro de la casa ya no había lugar para más cadáveres de uniformados. Escapé hacia Europa como siempre. La mujer, la niña y el pequeño se fueron antes del amanecer con dirección a su casa, nunca mencionó que tenía un marido.

―Estábamos divorciados, al otro día me correspondía visitar a mis hijos, cuando llegué me cansé de tocar timbre, finalmente ingresé y los encontré durmiendo ―dijo Estoco―. Los tres estaban en el mismo cuarto, con las persianas cerradas, tomé en mis brazos al pequeño y lo quise llevar hasta el auto, al salir del cuarto, el sol lo comenzó a quemar y sus gritos corriendo a las sombras hicieron que mi corazón se detuviera. Cuando las chicas despertaron por el ruido, me lo contaron todo.

Emilia le acomoda la ropa con la misma mano con la que lo sostiene contra el suelo, su historia no la conmueve y piensa asesinarlo de todas maneras.

―Yo trabajaba en una fábrica en las afueras, las cité allí en la noche, soborné al sereno para que se vaya. Cuando llegaron conduje a las chicas y a Miguelito a una trampa. Usando un engaño, maté a los tres, confiaban en mí. Les había dicho que dejaría que me conviertan en un monstruo también, sin embargo, usé una máquina con rodillos que estiran acero para atraparles las manos. Puse la mía primero y Rosa, Francisca y Miguel me siguieron, sus palmas heladas sobre mi mano, cariñosos y sonrientes. Entonces solté el rodillo y saqué de golpe mi brazo, ellos quedaron aprisionados ahí. Probé de todo, martillos, sierras, nada les hacía daño. Me puse tapones en los oídos para no escuchar sus ruegos y usé un casco con visera que acomodé bien abajo, para no verle los rostros inundados de lágrimas ¡Esas cosas no eran mi familia!, cuando llegó el sol bien temprano y su piel se quemaba poco a poco, vi que podía destruirlos así. Con una de las grúas pequeñas derribé el techo y luego de horas de luz plena, la sierra y el martillo funcionaron al fin, cuando los decapité todo acabó.

―¡Que emocionante! ―dijo irónica Emilia que estaba dispuesta a sacarle el corazón, mamá se acercó al hombre.

5― El pacto
―No voy a pedirte disculpas, pero te daré a cambio la posibilidad de elegir. ¿Quieres que te mate aquí mismo?, será rápido, sin dolor. Si lo deseas puedes irte, vivir una vida larga; tranquila; dedicarte a pescar; hazte policía; abogado; lo que te guste más. Vuelves a poner un pie cerca de mi familia y voy a convertirte en vampiro, en ese monstruo que tanto odias, extrañarás a los tuyos para siempre y te arrepentirás eternamente de haberlos asesinado. Elige y nuestras deudas quedarán saldadas ―le dijo Micaela extendiendo su mano para sellar el pacto.

Emilia hace gestos de desaprobación, papá me abraza, respeta lo que mamá ofrece, yo me siento orgulloso de todos ellos. Quiero decirle algo al cazador antes de que elija su destino.
―Sólo me alimento de personas que están en las terapias de los hospitales, no sienten nada, igual iban a morir, yo nunca mato en vano ―le confesé.

―Muy bien ―dijo el fornido.

El hombre me sonrió, le dio la mano a Micaela y dijo "elijo irme, no volveremos a vernos" me acarició la cabeza y partió camino a la ciudad.

―Yo nunca, nunca, mato en vano ―le repetí, casi como un ruego. Luego se perdió en el bosque.

Abrazados y a campo traviesa nos dirigimos hacia Olfeci, donde tenemos una propiedad modesta pero bien oculta, le decimos "la casa secreta", llegaremos antes del amanecer.

Diego Estoco bebió unos tragos fuertes y cayó desmayado en la cómoda cama del hotel, se despertó recién para cenar. Fue al espejo a afeitarse, había bailado con la muerte y sobrevivido, su reflejo proyectaba cierta aura de inmortalidad, se sintió invencible, necesitaba hacer unos llamados y arreglar sus cosas, entonces se secó la cara velozmente. Cuando salió del baño yo estaba parado junto a la cama, corrí y le atrapé un brazo, con fuerza mis dientes se clavaron en la carne y comencé a beber ese néctar rojo que salía a borbotones. Gritó, me golpeó y trató de aplastarme contra la pared, pese a tener sólo 8 años y aparentar menos, el musculoso cazador de vampiros no es rival para mí, él lo sabe, pero intenta pelear. Cuando llegué con los dientes al hueso lo solté y me prendí a su cuello, las venas gruesas me facilitan la tarea, duele, lo que le hice duele demasiado, lo noté en la desesperación del rostro. Lo dejo bien muerto sobre el suelo de madera, los músculos rígidos le dan una expresión espantosa, los gritos iniciales invitaron al conserje a tocar la puerta, reviso entre sus cosas hasta dar con lo que busco en una carpeta y salgo antes de ser descubierto.

Me dejo caer por el balcón y cruzo dos calles hasta los pastos altos, rumbo a Olfeci, sin ser visto, no voy a mencionar ni una palabra de esto a mis padres ni a Emilia. Creo que el hecho de dejar con vida a Diego los había vuelto más humanos y me gusta eso, no quiero que lo pierdan, esa fe en las personas; ese romanticismo, como dice Micaela, tratar de hacer el bien, aunque sólo traigamos la muerte.

Créanme que nada me gustaría más que haber respetado nuestra parte del pacto, pero cuando el cazador de vampiros me tocó la cabeza al despedirse, sus pensamientos y los míos se vincularon; se me presentaron muy vívidos. El maldito no dio dos pasos y ya se imaginó a mamá encadenada al sol, con su cabeza cayendo al césped de un jardín cuidado y bien florido. No me dio opción, atrás de Micaela en esa visión, estaba nuestra casa secreta de Olfeci, en llamas y con grandes hoyos en las paredes. Las fotos de la propiedad que encontré en su carpeta confirman que ya sabía la ubicación, yo nunca, nunca, mato en vano.