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No me visites esta noche

(Por Maximiliano Gimenez)


No me visites esta noche
 

 

Menos de un mes de novias a escondidas y los padres de Mari se iban por dos semanas. Me llamo Analía y tenía en ese entonces 16 años. No podía esperar hasta que llegue la tarde para conocer por fin su casa ¿Por qué a la tarde?, sencillo, ella se puso muy seria cuando me pidió:

―No me visites esta noche.

Para ese entonces mi madre insistía en que me vista lo más señorita posible, aunque sospecho que yo no dejaba lugar a dudas. Era delgada y de brazos fuertes, tenía el pelo muy corto y cuando mis compañeras del Sagrado Corazón hicieron una votación para elegir al chico más lindo del pueblo, mi nombre salió segundo entre Pablo Vargas y Juan, el cartero. Aunque se habían puesto de acuerdo en hacerme la broma, las monjas se lo contaron a mamá.

A las 17 estaba de pie junto a la puerta blanca de Mari, una mansión enorme y lujosa en Ciudad Alta. Abrió y comenzamos a besarnos ni bien entramos. En segundos me di cuenta que había alguien más en la casa.

―¿Llegué temprano? ¿Tus padres no se fueron todavía? ―le susurré espantada.

Me miró fijo sin responder, se paró, caminó alrededor de la mesa, empezó a sonreír. ¡Qué bella es!, pensaba, me apretó la mano y dijo:

―Es el hermano de mi abuelo, vive con nosotros, en el piso de arriba está. No baja nunca las escaleras, no te preocupes. ¿Escuchaste los quejidos? ―me preguntó.

―En verdad sentí algunos ruidos o me pareció, al menos, que estaba alguien más ¿El hermano de tu abuelo? ¿Cuántos años tiene?

―5 años ―dijo y noté que no esperaba esa pregunta porque tardó en continuar, como dudando si debía contarme la historia.

―Un antiguo empleado de la casa lo mató a esa edad, está acá desde entonces. Es una especie de fantasma, por las noches se enoja, por eso no podés quedarte. Nada me gustaría más que lograr callarlo de una vez.

Mari de veras que hablaba en serio, pero yo no pude evitar reírme un poco. Creo que la inesperada situación me alteró y casi le hago una broma, fue entonces cuando escuché los tres golpes fuertes en las paredes ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! y un lamento atroz.

―No te asustes Ani, no baja, pero a veces hace eso. Creo que mejor te vas y nos vemos si querés en otro lado, mañana. Disculpame, no lo cuentes, bueno, sé que no lo vas a hacer, pero igual, prometelo.

¡Dios es hermosa!, no puedo creer tener tanta mala suerte. Había soñado este momento, sus ojos marrones oscuros y el pelo rubio lacio me pierden, no puedo pensar.

―¡Pará no quiero irme! Te juro que no creo en fantasmas.

―Te cuento esta historia terrible y ¿no me crees?, deberías irte o subir conmigo ―me contestó.

Le pedí perdón, la hice reír y nos besamos otro rato en el sillón enorme. Como no me iba, tomó mi mano y me condujo por las escaleras hasta el piso de arriba, se detuvo delante de un cuarto y me pidió que espíe por el ojo de la cerradura.

―Si no crees en fantasmas, dale agachate y fijate vos misma.

Sonreí confiada, me incliné a mirar y mis ojos verdes se volvieron blancos del susto. El fantasma de un nene es lo que vi, tenía algo de sangre sobre la piel, estaba encadenado, dio vuelta la mirada hacia mí y me pareció que tenía la boca pegada, como le hacen a los muertos en sus ataúdes. Se escucha el quejido y que patea la pared ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!

Bajé corriendo, me rogó que me fuera y esta vez no me opuse, pero le prometí volver con alguien que ayudara a sacar esos espíritus. No me dejó, me pidió de nuevo que guarde el secreto y me besó antes de cerrar.

Estoy asustada y triste, en el pueblo no hay lugar para chicas como nosotras. No podemos estar juntas de la mano porque corremos riesgo que el Padre Laurent nos queme en la hoguera, así que meter a la iglesia en esto de limpiar la casa de fantasmas no era una opción. Por otro lado, quiera Mari o no, sé que en las afueras vive Clara, una chica que tiene fama de poderosa médium, sólo que no trabaja gratis.

Junté $ 700 de mis ahorros y partí a verla, quería que, a más tardar, la noche siguiente, esa casa esté despejada de toda entidad que impida llevarme a la cama a Mari Santos.

La puerta de la vidente estaba cerrada, no se hallaba en casa, pero nadie mentía sobre ella, era muy poderosa.

Juan, el cartero, que pasaba por ahí, frenó su moto al verme.

―¿No es muy de noche para hacer el reparto? ―lo anticipé para evitar preguntas sobré qué hacía en la casa de una psíquica a esas horas.

―¿No te enteraste? Salimos todos a ver si encontramos al hijo de Torres, el psiquiatra de Ciudad Alta. Desapareció esta mañana, tiene cinco años. Si buscás a la rara de Clara no la vas a encontrar, hace tres días que se fue, pero tengo una carta para vos, seguro viniste a buscarla, nos la dejó a nosotros antes de irse, sólo que no repartimos hoy por este tema del chico ―me dijo.

No sólo tenía mi nombre, también mi rostro perfectamente dibujado en el sobre, quedé maravillada, era de Clara, la vidente.

Lo abrí y leí la carta, que resultó tan desoladora como breve:

"Huye de Mari, ya ha matado antes"