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Una apuesta estúpida

por Maximiliano Gimenez


Una apuesta estúpida
 

 

―Perdoname chiquita ¿Quién sos para hablarnos así, pararnos en la calle y decirnos semejante estupidez?

 

―Me llamo Clara ―dijo muy tranquila la niña.

 

―¿Nos podrías repetir lo que dijiste recién, para que entendamos? ¡Porque no sé de qué hablas! ―le pedí con honestidad.

 

―Presten atención esta vez: van a hacer una tonta apuesta, donde nadie, nadie, nadie, ninguno de ustedes va a ganar nada ¿Entienden? Repito: ninguno va a ganar ni un centavo de la apuesta. Se desafiarán y entrarán al cementerio, allí hay un espíritu muy malo, uno de los dos va a morir, pero no puedo saber cual ―dijo Clara y agregó―: Lo siento es todo lo que veo ahora, eso debería bastar para que no lo hagan. Puedo percibir que son buenos, lástima que no muy inteligentes, no se desafíen…adiós.

 

La dejamos seguir caminando hacia el centro, miro a Ernesto, todavía está con la boca abierta, larga una carcajada y asombrado dice:

 

―Juan, ¡esa es la niña!, es Clara, la del video, la del fantasma “Leo el Botellero”, es famosa, como una médium o algo así, estoy seguro de que es ella, sólo que está mucho más grande.

 

―¿El video del fantasma con uñas de vidrios rotos?, ya sé cuál es, ese que mata a mordidas a un flaco ¿Vos estás seguro? El video está dañado y apenas se ve bien ―dije y la verdad, estaba en la duda, pero Ernesto es fanático de esos virales supuestamente reales y el de “Leo el botellero” es uno de los más famosos, así que le seguí la corriente.

 

―Amigo, si Clara lo dice te tengo que desafiar, hagamos una apuesta ―dije fingiendo entusiasmo.

 

Ernesto me miró, me miró, me miró, yo inmutable. Saqué la billetera, entonces inesperadamente aceptó:

 

―Hecho, 400 es todo lo que tengo, poné vos tus 400 y entremos al cementerio, el que llegue vivo al amanecer se queda con los 800, así no se puede cumplir lo que dijo Clara: Porque si alguien muere, el otro gana algo.

 

Este es el punto donde una estupidez deja de serlo y los egos y la hombría se llevan de viaje al cerebro.

 

―A dos cuadras está el cementerio, conozco mi barrio y sé que está cerrado a esta hora de la noche, los paredones de los nichos tienen 5 metros de alto. Creo que tenemos que ir por el otro lado, donde hay un alambrado bajo que podemos trepar ―dije a Ernesto tratando de desalentarlo, “el otro lado del cementerio” significa rodearlo y es gigante, al menos 20 manzanas, pero mi amigo no iba a quedar como un cobarde.

 

―Andando, ¡que increíble! Vamos a vivir una aventura, ¡vas a morir virgen, estúpido! ―bromeó.

 

Llegamos al alambrado y lo trepamos no sin dificultad. Caímos del otro lado en el sector más antiguo, compuesto por dos filas de bóvedas, mausoleos y un océano de tumbas al ras de la tierra, una pegada a la otra. Para hacer la escena más siniestra, hay una leve niebla.

 

Apenas mis ojos se estaban acostumbrando a la oscuridad, veo algo moviéndose entre las lápidas. Distingo una figura humana corriendo a toda velocidad, pasando de costado, como escurriéndose hacia las bóvedas, da pasos cortos y veloces, está esquivando las tumbas.

 

―¿Qué es eso Ernesto? ―dije retrocediendo hasta el alambre.

 

―Me parece que es uno de los cuidadores, si, si ¿no? Está vestido de verde, como todos los empleados del cementerio ―dijo Ernesto y me tranquilizó.

 

La corrida lateral que hacía la figura cambia bruscamente de sentido y viene directo a nosotros, sin decir palabra se acerca a toda velocidad evitando las lápidas.

 

Ahora sí, ya estoy a la mitad del alambrado, subí sin darme cuenta por el miedo, Ernesto no se mueve, se ríe aliviado.

 

―Sí, es un cuidador, tiene una pala y la remera de la municipalidad ¡Cómo me asuste! ―dice mi amigo y avanza gritándole al hombre.

 

―¡Hola señor!, oiga ya nos vamos, no quisimos molestarlo ni robar nada, solo visitar a una abuela, que está enterrada acá, pero ya nos vamos ―repite confiando en su carisma.

 

Ni una palabra del cuidador, sólo levanta la pala como si fuera una lanza y nos corre enfurecido, no nos dio tiempo.

 

A Ernesto le clavó la pala en el estómago, luego lo dio vuelta y se la enterró con más fuerza en el medio da la espalda. Los gritos que soltaba eran estremecedores.

 

―¡Juan por favor, no me dejes sólo, me duele! ―rogaba y se intentaba arrastrar con los brazos sin lograrlo.

 

Yo estaba tan desesperado por subir, que casi no me di cuenta cuando el maldito me amputó el pie derecho, fue tan limpio el corte justo sobre mi bota, que sólo sentí un ardor cuando se desprendió.

 

Llegué al borde del alambre como pude, se escuchan sirenas acercándose rápidamente, antes de dejarme caer para el lado de la calle salvadora, lo vi bien.

 

Era un hombre común, de unos 50 años, estaba muy transpirado y respiraba agitado, escuchó las sirenas y me miró sonriendo.

 

―¡Como te salvaste! ¿No vas a volver mañana? ―Me preguntó sarcástico–. Dale, te invito a comer ―dijo y agarró la mano de mi amigo y pese a la resistencia y a los gritos, logró llevársela a la boca y comerle los cinco dedos.

 

El cuidador lo tomó de una pierna y lo arrastró hasta una bóveda mientras lo picaba con la pala filosa una y otra vez. Mi amigo murió gritando y retorciéndose de dolor.

 

Me tire hacia la calle casi convulsionando por el miedo, distingo que las sirenas pertenecen a una ambulancia, que llegando a toda velocidad, se detiene bruscamente justo frente a mí.

 

Bajaron dos hombres vestidos con ambo y fueron directamente a vendarme la pierna, me subieron al vehículo y el chofer partió sin perder tiempo. Antes de desmayarme por la pérdida de sangre escuché a un enfermero decir:

 

―Unos minutos más tarde y estaría muerto, tuvo suerte que esa niña nos llamara para avisarnos, te juro que pensé que era una broma al principio, pero acá está, sin un pie, exactamente como dijo ella que lo encontraríamos.

 

Cuando desperté en el hospital la familia de Ernesto, mi padre y la policía se peleaban por conocer los hechos.

 

Por cierto, no gané nada de la apuesta: Había guardado los 800 en esa bota.