My Stories

Del cuento a la novela

Lo sucedido


Apenas hacía unos días que había acabado de escribir un cuento titulado Lo sucedido cuando sufrí el infarto de miocardio que me produjo graves daños en el ventrículo izquierdo de este corazón mío que aún late con la ayuda de fármacos varios, severa mi insuficiencia cardíaca desde entonces, desde que vivo —en terminología balompédica—sancionado con tarjeta amarilla, con ese miedo de esclavo al que se refiere el inolvidable androide en Blade Runner poco antes de morir.

Cinco días monitorizado en el hospital («¿La palmo o no la palmo?», «Parece ser que, de momento, no», «Ah») y luego para casa con mi amplia necrosis ventricular y el amenazante trombo que en mi corazón continúa, pobre de mí —embolia segura— como se escape de su encierro como hizo la paloma bajo la lluvia incesante en la genial película de Ridley Scott tras fenecer el androide al que su dios no pudo concederle más vida.

Transcurrió un mes, y luego otro, y nada, seguía yo sin palmarla. Sin diñarla pero sin poder hacer casi nada —leer y poco más— por prescripción facultativa. Hasta que me rebelé. Me hallarás en pie, parca de Joan Manuel Serrat: me hallará tu guadaña ensangrentada con una pipa bien cebada y humeante en la boca y mis dedos sobre el teclado del ordenador, me hallará en el proscenio aunque el teatro esté vacío, nada grato para mí lo de permanecer entre bambalinas incluso en defensa propia.

De modo que, entre idea por aquí e idea por allá, fui a dar con el último archivo creado, con Lo sucedido, el cuento preinfarto.

Comenzaba como ahora comienza la novela homónima, así:

«Había escrito Fabián: Mi esposa en una tumba de agua desde hace tantos años que el recuerdo me parece una mentira y yo en una tumba de nieve desde hace tantos días que he perdido la cuenta. Ella muerta en algún lugar de las profundidades de aquel embalse y yo todavía vivo cerca de la cumbre de una montaña entre montañas. Pero no por mucho tiempo más. Ya no».

Y finalizaba como ahora no finaliza la novela, así:

«En la última hoja, también había escrito Fabián: No la perdoné. La ahogué en aquel embalse y ni siquiera ahora, en esta tumba, me arrepiento.

Y no había escrito más, Susana.

¿Qué ocurrió, Fabián? Porque esas escuetas palabras que tal vez escribiste cuando ibas a cortarte las venas tras no se sabe cuántos días enterrado en vida, esa confesión atroz, afilada como un bisturí, me corta a mí el aliento, me aturde al recordarte y de algún modo me condiciona cuando pienso en mi propio futuro sentimental».

Concluí que el relato de diez páginas no era un cuento: era una especie de sinopsis de una historia sin escribir.

Consulté el asunto con los personajes implicados en lo sucedido tras el alud que cubría mucho menos de lo que permitía descubrir y ellos y ellas —lo mismo que el fílmico Roy Batty a su dios de carne y hueso— me pidieron más vida. Y más vida les concedí.