My Stories

Mi gran vicio

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Mi vicio

Un colega del trabajo, me dijo que la tenía que probar cuanto antes, que me haría sentir mejor y que acabaría con mis problemas, o que por lo menos, los dejaría de lado por una buena temporada. Empecé con unas cuantas líneas en la mesa del comedor la primera ocasión, luego fui aumentando la dosis hasta que perdí la noción del tiempo y del espacio. Era algo poderosamente adictivo que me volaba la cabeza. Por las noches no pensaba en otra cosa que no fuera el vicio que me atrapaba entre sus garras. En la compañía fui advertida varias veces. El jefe me informó tajantemente que de ninguna manera lo hiciera en la oficina, que afuera podía hacer con mi trasero un papalote si yo así lo deseaba. Cuando llegaba a casa, me daba una ducha con agua helada para tranquilizar mis locas ansias e inmediatamente después, me dirigía a la mesa a preparar el ritual. Encendía la laptop y empezaba a escribir relatos. Mi esposo me ordenaba que fuera a la cama, que porque ya era tarde, que lo que hacía no generaba dinero ni nada de utilidad para nuestras vidas y cosas por el estilo que me hacían enfadar. Simplemente no era posible, pues era imperativo capturar la idea que pasaba ante mis ojos como una luciérnaga en medio de la oscuridad.

En ocasiones, debo admitirlo, entraba al baño, y haciendo mis necesidades, seguía escribiendo en una pequeña libreta que guardaba para las emergencias. No me interesaba publicar un libro o un cuento, ni mucho menos un poemario (no por el momento). Mi verdadero interés, era sacar todo lo que tenía atorado en el cráneo y que gruñía y que rasgaba mis entrañas con tal de fugarse de mi organismo; era una especie de catarsis que necesitaba mi cuerpo o una válvula de escape que expulsaba vapor y que amenazaba con hacer explosión.

Una tarde, hacía cola en el banco para hacer un depósito, en el instante en que me tocaba pasar con la cajera, la mujer que estaba detrás de mí me empujó, mientras yo escribía en el teléfono un haiku, me disculpé a regañadientes y pasé.

A veces, en la cocina, tenía una mano en la cuchara con la que batía la olla y la otra en el lápiz. Probaba bocado del caldo de verduras al tiempo que garabateaba en alguna servilleta alguna ocurrencia. La situación se salió de control cuando el jefe no aguantó más, pues en lugar de laborar, utilizaba la computadora de la empresa para terminar mis textos.

Regresé a casa y al comentarle a mi esposo que me habían despedido, él, alarmado, me sugirió que tenía que ir a Escritores Anónimos para dejar la dependencia que estaba destrozando mi vida.

El grupo no sirvió de nada, ya que sólo acrecentó más mi adicción a las letras y entonces decidí publicar una novela que exhibiera mi tormentoso vicio. Con el transcurso de los meses, llegué a esconderme en callejones oscuros de la ciudad para escribir sobre los muros. Por las noches me escapaba de las cobijas con el objetivo de transcribir algún chispazo que brotaba de mi cerebro y que deseaba caer dentro de un contenedor de gasolina.

El acabose aconteció cuando me internaron a la fuerza en un centro de rehabilitación para adictos a la escritura. Estuve encerrada; sin lápices, hojas, ordenadores de textos o cualquier cosa que sirviera como instrumento para escribir. La recuperación resultó lenta y dolorosa. Al cabo de un año, los especialistas aseguraron que ya estaba curada de mi trastorno mental, sin embargo, yo fingía cordura, con tal de salir y volver a las andadas.

De modo que continúe mi libertinaje literario hasta que llegó el momento trágico en el que me encerraron en un manicomio. Fue necesario atarme las manos a la camilla para que no arrancara mi piel y luego usara mis dedos y sangre para escribir en las paredes lo que los demonios me dictaban.

Mi salida de la casa de la risa sucedió cuando mi esposo me sacó de aquel sitio, argumentando que él se haría cargo de mí. Resulta que mandé algunas copias de un manuscrito a varias editoriales cuando recién salí del centro de rehabilitación, y lo había olvidado por completo. Mi esposo me comentó en el coche que un agente literario quería que firmara un contrato millonario por diez novelas.

—Te servirá de terapia —dijo mi esposo—. Es momento de explotar tu potencial y de que lo uses para algo de provecho.

—Ajamm —dije yo, entrecerrando los ojos.

Ahora resultaba que si tenías dinero, dejabas de ser un loco de atar para enseguida convertirte en un excéntrico millonario.

—Vamos a casa —dijo mi esposo—, te compré una computadora nueva y te acondicioné un estudio.

Resoplé como un globo pinchado por el gran alivio que sentí en ese instante. Todo lo que tenía atrapado dentro de mi alma ya había salido expulsado como el corcho de una botella de champagne. Era tiempo de volver a la vida rutinaria, ya que otros vicios estaban haciendo fila para meterse a mi loca cabeza.

—Creo que ya me harté de escribir... Volvamos a casa y sigamos como antes.