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Una broma pesada

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Lo hice porque era mi deber, aunque resultó ser una de las pruebas más difíciles; le avisé a mi mejor amigo que su mujer había sido asesinada. Un tipo la quiso asaltar, y ella, al negarse, recibió un balazo en el pecho, el cual la mató casi al instante.
Llegué a su casa y antes de tocar, fumé el cigarrillo más amargo del mundo. Él salió confundido al escuchar ruidos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
No me animaba a decírselo.
—¿Qué tal?
—Parece que viste a un fantasma, pásale. Vamos a tomarnos unas frías.
Entré y tomé asiento. Él me dio una cerveza, la abrí y casi me la acabé de un tirón.
—Tengo que darte una mala noticia —dije.
—No me asustes, cabrón. ¿Qué pasa?
—Tu esposa murió… lo siento.
—Ehhh...
Tosió con desespero, miró el techo, luego el piso, sacudió la cabeza, vio el almanaque de la pared y finalmente soltó una risotada.
—¿Estás bien? —pregunté.
Se levantó de su silla y empezó a masajear su pecho, mientras daba pasos tambaleantes.
—Oye, te pasas, qué susto me diste. Esas bromas ya no se hacen a nuestra edad, en serio.
No sabía qué decir. Aclaré la garganta.
—Pero…
—Por poco caigo en tu trampa. Hoy es veintiocho de diciembre; día de los santos inocentes.
—Lo que te dije es cierto, amigo. Debemos afrontar la situación.
—¡Ja, ja, ja, ja! No sigas, no voy a caer.
Fue por otras cervezas y seguimos bebiendo como cuando éramos adolescentes. Se estaba haciendo tarde.
—Por favor, créeme, hermano. Al mal trago hay que darle prisa.
—Oye, ya es noche y mi vieja no regresa. Las mujeres pueden tardar mil años en la peluquería.
—Así son ellas.
—Voy a llamarla. No, tengo que darle su espacio.
—Ella murió. No sé cómo decirlo para que me creas.
—No digas mentiras que me partan el corazón. Mejor disfrutemos el momento.
—Ok.
Me exigió un cigarrillo y fumó en silencio. Las lágrimas quedaron atrapadas en sus ojos funestos.
—Me alegra que hayas venido —dijo de repente con voz quebradiza—. Quédate un rato más, por el amor de Dios.
Quizá él no quería aceptar la realidad. Faltaban treinta minutos para las doce. Pronto acabaría el fatídico veintiocho de diciembre y el día veintinueve le repetiría la pésima noticia.
—A mí también me da gusto verte —dije—. Aquí estaré para lo que sea.