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Feliz Cumpleaños, Mono

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Mono patea la ropa hasta el rincón del baño y se mete bajo la ducha helada: tiembla, refriega su cuerpo con alegría. 

Su hermana, que no vuelve del trabajo hasta más tarde, le juró que el padre vendría a verlo. Mientras lo espera, Mono se pregunta si quedará algo del pegamento que le regalaron en el corralón. Desde que su madre murió, fabrica imanes para decorar heladeras; pide radiografías en el hospital, las recorta con forma de mariposas -rara vez de otros animales-, las pinta, les pega el trozo de imán rescatado de viejos motorcitos de la fundición… ¡y listo! Las pocas ganancias lo salvan de la vergüenza frente a la hermana, que, limpiando casas, trae la mayor parte del dinero. A veces a Mono lo llaman de la Municipalidad y lo llevan de noche a barrer salones, es lo que más le gusta, el sonido de la noche reverberante. 

A las siete y media ve por la ventana las ruedas de una bicicleta y dos zapatos en el césped del jardín. Es el padre. La última vez que lo había visto fue cuando Mono lavaba parabrisas. Su padre manejaba un Gordini casi nuevo.  Fue tres años atrás. Mono le gritó, y corrió hasta el auto sin poder ganarle a la luz verde del semáforo: el hombre aceleró y se perdió entre una Renoleta y el 159. 

Ahora Mono mira al hombre: no recuerda sus rasgos. 

         —Vamo’, pendejo, dale.

Mono trepa a la bici. Está recién bañado y se ha puesto la chomba roja, la de salir. La secó el día anterior en el alambre del patio, cuidando que las palomas no la arruinen. Luego la planchó bajo el colchón al dormir, como vio una vez hacer a su madre. 

De pie en el portaequipaje, lleva la cabeza en alto y la cara al frente. La brisa lo ensueña. Las casas de chapa se suceden a los lindes. Algunos vecinos los ven pasar. Su padre lleva un traje blanco estrecho: a las luces de la tarde vira a celeste claro como saco de heladero. Dos broches sostienen las botamangas, impiden el engrase con la corona de la bicicleta, o el enredo y la caída. No son tantas cuadras, pero alcanzan para insultar de cansancio varias veces. Desmontan en el bar cerca del río, apoyan la bicicleta en el poste de alumbrado y entran. 

El bar mantiene un pedazo de pared revocada, un pool, un foco colgando de un cable manchado con saña por las moscas, una vitrina y poco más. Es un lugar fresco, las ventanas y la puerta de calle están abiertas, las luces apagadas. Afuera hay dos mesas, una ocupada por el dueño y la mujer, la otra vacía. Se sientan adentro, junto a la ventana. El padre enciende un cigarro y le ofrece. Mono dice que no fuma. 

Un viejo gordo habla como recién llegado de una maratón, levanta el pedido. Son dos ginebras con Coca, y Mono no se anima a contradecir. Es mucho, apenas si aguantó la cerveza de tres cuartos en la canchita por la apuesta contra el Tati.

—Feliz cumpleaños —dice el Gordo—. ¿Cuántos cumple el pendejo? 

—Once, ¿no? O doce… 

—Doce, cumplo. 

—Bueno, el trago va de parte mía. 

—No, Gordo, dejá: es mi regalo de cumpleaño’. A la ginebra del pibe la pago yo. 

—Dejá, dejá. 

—Es mi hijo, Gordo, rajá. Se la regalo yo. 

Padre e hijo, en silencio, miran a dos hombres jugar al pool. El de pelo canoso y largo fumó casi entero el cigarrillo sin sacarlo de la boca ni soltar ceniza a pesar de meter bola tras bola. El otro sigue los tiros apoyado contra la pared con el taco esperando su turno. De a ratos, Mono observa tímidamente la cara arrugada de su padre: con pudor le ve mover los labios, largar el humo, arrugar la frente. Es un señor que apenas recuerda. 

Traen las bebidas. El cielo decae, el dueño enciende las luces. Hace calor del tipo húmedo y extremo de la pampa gringa. Baten los ventiladores de techo con lentitud asombrosa. Mono sorbe cortito creyendo poder dejar la ginebra como la comida fea que lo descompone. Siente un pequeño mareo, lo entristece la tira de salames atrás de ese mostrador agredido durante décadas por varios tipos de filos. En las paredes hay pósters de la revista El Gráfico sostenidos con cintas y clavos. Más abajo, una vitrina con cuatro o cinco trofeos de bochas, masticados por el siglo. Su padre le golpea la nuca, le pregunta si está bien. Mono asiente.

A la tercera vuelta de ginebra, Mono no ha tocado la mitad pendiente de la primera. Su padre fuma y bebe, el humo y los vahos estomacales caen en cascada por la ventana. No dice palabra. Mono pide una ficha de pool al Gordo, que logra agacharse y tira de la palanca. 

—Es así —dice—, sin ficha. 

Ruedan las pesadas bolas, retumba el estómago. Un sonido hermoso, un decantamiento de la felicidad. Mono juega solo, mirando de reojo a su padre. Mide el magistral tiro y se asegura de que su padre lo vea: golpeará a la tres, baranda a ambos lados de la tronera, golpeará a la cuatro que entrará en la tronera opuesta, y a la cinco, despacito que lo hará en la contigua. La blanca quedará girando sobre su eje cerca de caer, pero no lo hará. 

Mono apunta y tira con fuerza. La bola salta y rebota contra el piso, alarma a todos. Lo ven colorado ir hasta el rincón a buscar a la blanca antes que se detenga. Su padre bebe el cuarto vaso, aprueba con gestos desinteresados las jugadas de su hijo y voltea nuevamente. 

Después de renegar bastante, Mono mete la negra de baranda.

—¿Vamo’, papi? —dice. 

—Una más y vamo’ —responde una lengua resbaladiza. 

— ¡No, papi, vamo’ ahora,  ya es tarde!

—¡Hacéte hombre, carajo! Tomate una más —y pide otra; que toma rápido, acercando el vaso que Mono dejó a la mitad. 

         —Tomá, hijo, no dejés el vaso así.


Mono mira a los autos de los oficinistas volver del centro hacia el otro lado del río. Pasa una ambulancia sin sirena, con las luces encendidas coloreando las casas. Gatos ocultos -que ahora son encandilados, petrificados, egipcios- emprenden la fuga alucinada a lo alto de las tapias apenas la luz los abandona. Chicas con el pelo húmedo, la ropa nueva, olor a desodorante y hebillas increíbles, llevan botellas de Coca-Cola a alguna fiesta. 

El padre de Mono duerme desparramado sobre el platito de maní. Lo había visto igual en brazos de la abuela. Era Navidad o Año Nuevo. Mono, muy niño, llegó corriendo desde la esquina con una estrellita en la mano y lo vio dormir como un nene gigante en los brazos de la abuela Chocha. No entendió la imagen, algo no encajaba. El tío Julio le metió una pasa de uva en el oído, y al instante su padre despertó desesperado por sacar esa cosa de su oreja a manotazos. Explotaron las carcajadas. Recién ahí Mono se tranquilizó, aunque sin entender mucho lo ocurrido. 

Ahora su padre duerme entre las botellas, la noche jamás terminará. Alguien se acerca. Mono levanta la cabeza hacia la sombra. Es el Gordo, que le pone la mano en el hombro: 

—¿Adónde vivís, pibe?